<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Memorias &#8211; Neomano.com</title>
	<atom:link href="https://neomano.com/en/category/memorias/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link href="">https://neomano.com/en</link>
	<description>Technology, curiosities and history blog</description>
	<lastbuilddate>Tue, 13 Feb 2024 04:40:41 +0000</lastbuilddate>
	<language>en-US</language>
	<sy:updateperiod>
	hourly	</sy:updateperiod>
	<sy:updatefrequency>
	1	</sy:updatefrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=5.7.2</generator>

<image>
	<url>https://neomano.com/wp-content/uploads/2021/05/cropped-icono-32x32.png</url>
	<title>Memorias &#8211; Neomano.com</title>
	<link href="">https://neomano.com/en</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>Cigarrón y su carruaje intelectual</title>
		<link href="">https://neomano.com/en/cigarron-y-su-carruaje/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Edgar Landivar]]></dc:creator>
		<pubdate>Mon, 12 Feb 2024 23:31:18 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Memorias]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://neomano.com/?p=7509</guid>

					<description><![CDATA[<p>Allá por los años 80s había un reducto en Guayaquil, donde se exhibían sobre la vereda un sinúmero</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/cigarron-y-su-carruaje/">Cigarrón y su carruaje intelectual</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Allá por los años 80s había un reducto en Guayaquil, donde se exhibían sobre la vereda un sinúmero de chucherías: basura inservible para unos, tesoros invaluables para otros. Ese era el tianguis de la PPG (acrónimo de Pedro Pablo Gómez, nombre de la calle donde se ubicaba). En el 2004 la Alcaldía de la ciudad lo desapareció, reorganizando a algunos de los vendedores informales en un mercadillo de dos pisos no muy lejos del lugar original. El pretexto de la alcaldía era el de acabar con el desorden e informalidad, pues, entre las chucherías sin duda se escondían también artículos robados. </p>



<p>Lo cierto es que el nuevo edificio recién construido y con todas las comodidades, nunca atrajo a la concurrencia en el número anterior. A lo mejor ese aire de informalidad, caos callejero y ruido de alboroto eran el atrayente invisible para los asiduos visitantes, quienes, como yo, acudían a buscar &#8220;tesoros&#8221;.</p>



<p>Los domingos esperábamos con ansias para ir con mis abuelos y mi tía. Le llamabamos el mercado de &#8220;los fierros viejos&#8221;. Con el tiempo conocimos a algunos vendedores, unos de libros, otros de antiguedades, otros de máquinas desbaratadas. Recuerdo aquella vez que mi abuelo compró una antigua sumadora rusa de color verde, no funcionaba, pero el precio era prácticamente un regalo. La pasamos reparando por meses hasta que funcionó con la presición de una pieza de relojería. Cabe recordar que estamos hablando de un artefacto totalmente mecánico, con un intricado mecanismo que permitía a su poseedor realizar las cuatro operaciones matemáticas básicas. El tiempo que duró la reparación lo disfruté muchísimo, era como armar un rompecabezas, solo que este rompecabezas multiplicaba y dividía. Magia!</p>



<p>Uno de los vendedores más visitados por mi y mi abuela era Cigarrón. Un tipo extrovertido, que llevaba una montaña de libros al tianguis en una carreta inmensa de madera, de esas que se usaban para vender carbón hace décadas. Le decían así porque siempre estaba fumando un gran cigarro. Vestía guayabera, sombrero de vaquero y cargaba siempre un brillante y mayúsculo escudo del Club Sport Emelec, que colgaba de la carreta sobre un costado. Por algún inexplicable mecanismo neurológico, siempre he recordado aquel escudo con mucho detalle.</p>



<p>Entre la ruma de libros nos sumergíamos a buscar tesoros. Supongo que hoy me diera temor buscar entre tantos libros viejos. Las bacterias y virus han tenido mucha publicidad negativa en años recientes; en aquella época sólo le temíamos a los clavos oxidados, donde se ocultaba, según una extraña e injustificada teoría, el voraz virus del tétano. Bueno, ahora que recuerdo, también le temíamos a los perros rabiosos, so temor de recibir el tenebroso antídoto, que consistía en 21 dolorosísimas inyecciones en el ombligo, una diaria.</p>



<p>Cigarrón no solo vendía libros, sino que se los había leído todos, o al menos eso decía. Lo cierto es que con mi abuela hablaba de dietas y salud. Con sus amigos, que siempre lo rodeaban, hablaba de fútbol y anécdotas de política (también les vendía revistas deportivas); conmigo hablaba de los temas más diversos; la mayoría con buen criterio, otros pocos se los inventaba, pues un intelectual no puede darse el lujo de parecer ignorante. Debió haberle evocado cierta ternura ver un niño lector, pues siempre me facilitaba un taburete de madera para que me tomara mi tiempo ojeando sus libros.</p>



<p>Le perdí rastro a Cigarrón por muchos años, hasta que un día, mucho tiempo después de la desaparición del mercado de la PPG, lo vi con su carreta, estacionado en una esquina al frente de la maternidad Enrique Sotomayor. Allí estaba, igual como lo recordaba. Incluso me pareció que no había envejecido en lo más mínimo (eso me llamó muchísimo la atención). Lo saludé. Supongo que me devolvió el saludo por cortesía, no creo que se acordara de mi, antes un niño de 12-14 años y aquella vez ya con más de 35. No le compré libros en esa ocasión. Los títulos que tenía ya no me llamaron la atención; sus temáticas se habían vuelto más mundanas, supongo que tuvo que adaptarse al mercado; sus libros me parecieron desprolijos o más sucios que de costumbre. Al final del día, pensandolo mejor, quizá eran los mismos libros de siempre y era yo el distinto.</p>



<p>Su carreta estaba pintada de aquella pintura de esmalte con la que se pintaban, indistintamente, las picanterías y los baños públicos. Los bordes de la carreta habían merecido un especial azul chillón. Eso sí, el escudo del club deportivo estaba allí, intacto y brillante. De las cuatro esquinas de la carreta salían ahora unos palos de escoba de los que había colgado unos cordeles donde exhibía antiguas revistas Estadio y Buen Hogar. También vendía lotería. Me dio gusto verlo. </p>



<p>Pasaron varios años más, hasta que hace no mucho, en plena pandemia, visité un viejo puesto de libros cerca del mercado central. Era un local que no había visto antes, puerta enrollable, de frente estrecho, pero muy profundo y a medida que uno ingresaba se iba poniendo más oscuro. Sentí que ingresaba a una mina. En mi cabeza comenzó a engendrarse una historia; que aquel local había nacido de los saldos rematados de alguna librería que cerró. Pensé esto porque muchos de los libros estaban polvosos, pero intactos y además repetidos. También había ejemplares de segunda mano y algunos de historia. Me quedé un rato, tome un par y me dirigí a la salida para pagarlos, cuando de pronto, con el rabo del ojo vi algo que hizo clic de inmediato en mi cabeza. El escudo de Cigarrón, estaba allí en la pared, colgado, intacto, exacto, menos brillante, pero el mismo.</p>



<p>Me apresuré a preguntarle al encargado cómo había obtenido el escudo y cuál era su historia. Me contó la historia de Cigarrón. Era más triste de lo que uno se podía imaginar detrás de la fachada de intelectual de carretilla. Cigarrón murió sólo, de cáncer al pulmón. El tabaco destruyó su organismo poco a poco. Luchó por muchos años contra la enfermedad y al final del día, sus amigos, los escuchadores de historias junto a la carreta organizaron un bingo y una colecta para pagar sus gastos médicos. Languideciendo en el hospital y ya casi sin poder respirar, regaló a sus benefactores el único activo que aún le quedaba: su brillante escudo del Club Sport Emelec.</p>



<p>Este escrito es un homenaje a aquel personaje guayaquileño, cuyo nombre nunca supe, pero que sus amigos apodaron como Cigarrón, el intelectual de la carretilla.</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/cigarron-y-su-carruaje/">Cigarrón y su carruaje intelectual</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Los relojes &#8220;inteligentes&#8221; de antaño</title>
		<link href="">https://neomano.com/en/the-clocks-of-yesteryear/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Edgar Landivar]]></dc:creator>
		<pubdate>Fri, 04 Jun 2021 19:46:23 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Antigüedades]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia y Tecnología]]></category>
		<category><![CDATA[Computadoras Antiguas]]></category>
		<category><![CDATA[Memorias]]></category>
		<guid ispermalink="false">https://neomano.com/?p=5735</guid>

					<description><![CDATA[<p>Ayer tuiteé una foto de un reloj de pulsera, marca Casio, de los años 80s que encontré olvidado</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/the-clocks-of-yesteryear/">Los relojes &#8220;inteligentes&#8221; de antaño</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Ayer tuiteé una foto de un reloj de pulsera, marca Casio, de los años 80s que encontré olvidado en un cajón. Se trata de un CASIO DATABANK, por algunos considerado <strong>el primer smartwatch</strong>. El tweet fue bien recibido y varias personas compartieron fotos de sus relojes. Me pareció tan chévere que decidí escribir esta entrada aquí, compartiendo los tweets y las fotos.</p>



<figure class="wp-block-gallery columns-3 is-cropped"><ul class="blocks-gallery-grid"><li class="blocks-gallery-item"><figure><img loading="lazy" width="800" height="1328" src="https://neomano.com/wp-content/uploads/2021/06/casio1.jpg" alt="" data-id="5736" data-link="https://neomano.com/?attachment_id=5736" class="wp-image-5736"/></figure></li><li class="blocks-gallery-item"><figure><img loading="lazy" width="800" height="1328" src="https://neomano.com/wp-content/uploads/2021/06/casio2.jpg" alt="" data-id="5737" data-link="https://neomano.com/?attachment_id=5737" class="wp-image-5737"/></figure></li><li class="blocks-gallery-item"><figure><img loading="lazy" width="800" height="1270" src="https://neomano.com/wp-content/uploads/2021/06/casio3.jpg" alt="" data-id="5738" data-link="https://neomano.com/?attachment_id=5738" class="wp-image-5738"/></figure></li><li class="blocks-gallery-item"><figure><img loading="lazy" width="800" height="1285" src="https://neomano.com/wp-content/uploads/2021/06/casio4.jpg" alt="" data-id="5739" data-link="https://neomano.com/?attachment_id=5739" class="wp-image-5739"/></figure></li></ul></figure>



<p></p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/the-clocks-of-yesteryear/">Los relojes &#8220;inteligentes&#8221; de antaño</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Mr Ramon</title>
		<link href="">https://neomano.com/en/don-ramon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Edgar Landivar]]></dc:creator>
		<pubdate>Sat, 27 Jun 2020 02:05:44 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Memorias]]></category>
		<guid ispermalink="false">http://neomano.com/index.php/2020/06/27/don-ramon/</guid>

					<description><![CDATA[<p>Hace casi 20 años que murió mi abuelo Julio y aun conservo vívidos los recuerdos de aquella mente</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/don-ramon/">Don Ramón</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>Hace casi 20 años que murió mi abuelo Julio y aun conservo vívidos los recuerdos de aquella mente inquieta, vivaz, apasionada, metódica. Dicen que &#8220;tuvo su genio&#8221; cuando joven, pero yo conocí al viejito trabajador, al inventor, el reparador de todo, que en su taller transformaba cosas viejas en cosas útiles. Al alquimista. El que me hacía horquetas (resorteras) con ramas de árbol para que jugara. Aquel que soldaba con estaño, el que me enseñó a usar el esmeril y a fabricar tarritos con latas de aceite. El que me construyó mi primera caja de herramientas de hojalata y me hizo prometer que sus viejas máquinas quedarían en mis manos cuando muera. El que me fue a ver al colegio caminando y me llevaba a comprar chatarra al tianguis dominical, con su periódico de ayer bajo el brazo y su pluma Parker en la guayabera. El que coleccionaba máquinas sumadoras, cerraduras y revistas de Mecánica Popular, y me enseñó a apreciar lo hermoso de lo antiguo. &#8220;Ya nada se fabrica como antes&#8221;. El que practicaba caligrafía por las noches y anotaba todo a puño y letra. El que me enseñó a mitigar mi alergia al polvo oliendo aguardiente de caña y a hacer rompope con un tenedor. De quien aprendí a preparar la cola de carpintero, a cepillar madera, a reparar duchas eléctricas, a hacer líquidos misteriosamente útiles con ácido muriático. Quien me contó para qué se usaba el borax y el que me contagió, sin saberlo, el amor por las locomotoras de vapor que aun conservo&#8230; Quien vio en mi el retrato de su hijo que extrañaba.</em></p>



<p><em>Contador de historias, sus anécdotas siempre guardaban algo de magia. Las hazañas de la época del ferrocarril, cuando ganó la competencia de mecanografía, cuando se disfrazaba de fantasma, cuando fue telegrafista, cuando construyó su fábrica de gaseosas de la nada, cuando puso el negocio de la planta de luz en el pueblo, cuando dormía con su revolver bajo la almohada para cuidar la casa de la montaña. Sus emprendimientos eran historias de aventura para mi. Contador de chistes, su risa a las 6 de la mañana viendo Tres Patines. Su conversación después de la merienda. Fue la única persona que conocí que tomaba café cargado para poder dormir. Le copié la costumbre de derretir una viruta de mantequilla en el café caliente.</em></p>



<p><em>No supe darle homenaje en su momento a todo lo que me dejó. La muerte no me gusta. Pero semanas después de su partida el homenaje vino de parte de una persona cercana que me compartió, conmovida, un escrito en honor a su memoria. Lo leí una sola vez. Noté los nombres cambiados de los personajes y supuse una suerte de camuflaje de emociones. Era lo justo. No lo volví a leer, pero lo recordé claramente hasta hoy, casi 20 años después, que le dije &#8220;aun tendrás por ahí aquello que escribiste&#8221; y como si lo hubiera escrito ayer me lo envió en ese instante. Lo tenía allí guardado para siempre. Gracias Muoi.</em></p>



<p>&#8212;&#8211;</p>



<p><strong>DON RAMÓN</strong></p>



<p>by Muoi Tran</p>



<p>Don Ramon, I saw you. I saw your eyes looking at the ceiling. The light was dim in your room, and there was a strong smell of puro and herbal honey tea. There you were, reclining lazily on a bed of pillows. Ready to take a long nap after you grew bored with your faded book, pages torn from routine.</p>



<p>But I saw your pinched nerves under the blanket. And the yellow blood under your skin that betrayed the truth of immobility. I saw your eyes beneath the clouds, looking up only, waiting. Not bearing to look straight ahead at us or inwardly at yourself.</p>



<p>*****<br>“Go to the kitchen, Luisito,” Tia Rosa yelled in a whisper. “You know your</p>



<p>Grandfather Ramon can’t drink anything.”<br>“But I’m thirsty,” Luisito said again. “He can’t hear us. Grandfather doesn’t know</p>



<p>that I’m thirsty.”<br>“Keep the light on,” Tia Rosa said. “He is afraid of the dark. Let’s keep the light on</p>



<p>for my beloved Father. Let’s keep him company.”<br>After we fell like dominoes, heavy limbs criss-crossing one another, you didn’t dare</p>



<p>to blink. The artificial light didn’t fool you, Don Ramon. The neighbors’ kids were silent. The darkness from outside penetrated.</p>



<p>“Take his left hand,” Tia Rosa said. “It’s the one that works.”</p>



<p>You did not let go of whatever was in its clutches. You grabbed onto us for dear life, your life, one that was slipping out from under you and through us. We pulled our hands away. Your eyes began to weep single drops. But your hand gripped. You wanted life. We could not give you ours.</p>



<p>“Scream if he stops breathing,” Tia Rosa said. “I’m tired and I need to rest. I’m the only person here who is with him night and day, every day. I have to take care of everything. Tia Berta does not even call. She doesn’t send a dime.”</p>



<p>Your breathing made a funny sound. In and out. In and out. Our mouths feed us, quench our thirst and allow us to speak our minds. Your mouth, Don Ramon, was denied of all three functions. But it gave you air. In and out, in and out. We continued to talk and to laugh because we heard your breathing.</p>



<p>*****<br>Forgive us if we stared sometimes. Forgive us if we asked you questions you could</p>



<p>not answer. Forgive us if we talked about ourselves in loud voices and about you in tiny ones. Between tears and laughter, we turned to you.</p>



<p>“Remember how Don Ramon always walked with his eyes down, looking for discarded keys and other metallic objects?”</p>



<p>“Remember that lamp that Don Ramon built out of the broken antenna? Ha! It’s telescopic.”</p>



<p>“That was Don Ramon. Our Grandfather. My Father.” Look up now, Don Ramon. Look up now.</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/don-ramon/">Don Ramón</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
		<item>
		<title>Our contextual reasoning doesn&#39;t always help</title>
		<link href="">https://neomano.com/en/our-contextual-reasoning-doesnt-always-help/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Edgar Landivar]]></dc:creator>
		<pubdate>Sat, 27 Jun 2020 01:54:19 +0000</pubdate>
				<category><![CDATA[Cerebro]]></category>
		<category><![CDATA[Ciencia y Tecnología]]></category>
		<category><![CDATA[Curiosidades]]></category>
		<category><![CDATA[Memorias]]></category>
		<guid ispermalink="false">http://neomano.com/index.php/2020/06/27/nuestro-razonamiento-contextual-no-siempre-ayuda/</guid>

					<description><![CDATA[<p>Hace un par de meses estuve de paso en el aeropuerto de Santiago de Chile y mientras esperaba</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/our-contextual-reasoning-doesnt-always-help/">Nuestro razonamiento contextual no siempre ayuda</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Hace un par de meses estuve de paso en el aeropuerto de Santiago de Chile y mientras esperaba mi vuelo sentado en la sala de embarque noté que alguien, a lo lejos, me hacía de la mano. No supe quién era pero por cortesía respondí levantando también mi mano mientras ponía una cara de &#8220;un gusto verlo&#8221;, que debe haber lucido más a &#8220;quién es usted!?&#8221;.</p>



<p>Pasé todo el vuelo de regreso a Guayaquil tratando de descubrir la identidad del personaje. Lo más mortificante era que la cara se me hacía conocida.</p>



<p>Debido a que me encontraba haciendo escala (en tránsito) de un vuelo desde Buenos Aires comencé a barajar la posibilidad de haberlo conocido en dicha ciudad, pero no recordaba nada que me permitiera descubrir su identidad.</p>



<p>Vale la pena mencionar que no es común, al menos para mi, encontrar a un conocido en un aeropuerto de una ciudad lejana así que se me ocurrió que a lo mejor lo conocí en el vuelo de ida, pero de nuevo no pude relacionar la cara con ningún recuerdo.</p>



<p>Supongo que muchos habrán tenido aquella sensación de tener un nombre en la punta de la lengua&#8230; Pues así anduve yo durante los días posteriores al viaje, hasta que supongo que inconscientemente decidí rendirme y dejar este asunto para &#8220;misterios sin resolver&#8221;. Un amigo una vez me dijo que en estas situaciones era mejor no tratar de recordar y que el <a href="https://neomano.com/quien-robo-el-cerebro-de-einstein/" data-type="post" data-id="5039" class="rank-math-link">cerebro</a>, con suerte, se encarga de acomodar las cosas por sí mismo. Nunca me convenció esa teoría pero terminé pensando que era lo mejor en esta situación. Para qué darle más vueltas al asunto.</p>



<p>Habrán pasado al menos unas cuatro semanas, cuando una tarde salí de mi casa y vi a mi vecino (que vive a 3 casas de la mía) subiéndose a su vehículo. Inmediatamente lo reconocí, era el sujeto del aeropuerto, mi vecino! Cómo podía ser yo tan bobo para no haberlo reconocido en el aeropuerto!</p>



<p>Luego de la alegría de haber finalmente resuelto el acertijo comencé a sentirme algo apenado por haberlo saludado un tanto fríamente en el aeropuerto. Tampoco es que éramos amigos de toda una vida, pero al menos lo saludaba cordialmente cada vez que lo veía y habíamos conversado brevemente en alguna ocasión.</p>



<p>Toda esta situación me llevó a reflexionar acerca de la manera en que funciona nuestra mente cuando trata de reconocer un objeto o un personaje. Parece acertado suponer que las conclusiones a las que llega nuestro cerebro dependen del contexto en el que nos encontramos. Así fue como pude reconocer a mi vecino casi inmediatamente cuando lo vi en mi barrio, pero me fue muy difícil reconocerlo en el aeropuerto de Santiago.</p>



<p>Recuerdo hace algún tiempo haber leído en una revista acerca de un algoritmo de reconocimiento de voz que utilizaba una técnica similar para incrementar su efectividad. El algoritmo en cuestión trataba de relacionar una conversación con un tópico, dependiendo de las palabras empleadas en la conversación. Previamente el algoritmo había &#8220;aprendido&#8221; la probabilidad de encontrar una determinada palabra en una conversación dependiendo del tópico.</p>



<p>Por ejemplo, es más probable que escuchemos la palabra &#8220;altar&#8221; si estamos en una iglesia que si estamos en el estadio viendo un partido de fútbol.</p>



<p>En general parece ser una astuta táctica de nuestro cerebro, pero a mi me quedó claro que no siempre ayuda.</p>
<p>The post <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en/our-contextual-reasoning-doesnt-always-help/">Nuestro razonamiento contextual no siempre ayuda</a> appeared first on <a rel="nofollow" href="https://neomano.com/en">Neomano.com</a>.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>