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Ciencia del pasado·Curiosidades·Historia··9 min de lectura

¿Quién robó el cerebro de Einstein y luego lo paseó en la cajuela de su auto?

El cerebro de Einstein desapareció durante su autopsia y cruzó Estados Unidos en una cajuela durante 40 años. Esta es la historia del patólogo que lo robó.

Por Edgar Landívar

¿Quién robó el cerebro de Einstein y luego lo paseó en la cajuela de su auto?

Albert Einstein fue sin duda uno de los personajes más conocidos del siglo XX. Cierta veneración por su imagen de genio absoluto y mesías científico orbitaba a su alrededor. Fue una era interesante de culto por la ciencia allá por los años 1920s y 1930s. Einstein se convirtió en una suerte de oráculo a quien se le preguntaba toda serie de cuestiones, mucho más allá de lo científico. Le preguntaron de religión, del holocausto judío, de su vida personal, de política, prácticamente de todo y él, manifestó más de una vez, lo que quería era tiempo a solas para pensar, sin distracciones.

A Einstein no le agradaba mucho esa admiración generalizada. La detestaba. Detestaba estar en la “mira” de todos. Pero era inevitable. Cuando le ofrecieron la presidencia de la recién nacida nación de Israel, rechazó la propuesta, diciendo que no sabría cómo dirigir un país. Todo este tipo de peticiones, exaltaciones y distinciones lo abrumaban. Se aseguró entonces de poner explícitamente en su testamento que no quería ser enterrado sino cremado y que sus cenizas se esparcieran, para que no existiera tumba alguna que visitar. En concreto, había comentado en vida “Quiero que me incineren para que la gente no vaya a adorar mis huesos”.

Un día antes de su muerte, en Abril de 1955, le había dicho a un amigo cercano “he terminado mi labor aquí”. Se preparaba para morir. Pretendía pasar desapercibido, convertirse en cenizas y esparcirse como una anónima nube de polvo.

Pero los planes no iban a salir exactamente como Einstein lo había calculado.

El día de la autopsia de Einstein

El día de la autopsia, dos profesionales, amigos entre sí, el Dr. Harry Zimmerman y Dr. Thomas Harvey (quien había sido alumno del primero), conversaban acerca de quién realizaría el trabajo. Al final la tarea recayó en Harvey. Quería tener el honor de trabajar con el personaje más admirado de la época y Zimmerman pensó que era justo dejar que su ex-alumno tuviera ese honor.

Harvey se topó cara a cara con Einstein, determinó que la causa de su muerte fue un aneurisma de aorta abdominal; cosa que ya habían advertido en vida al Físico que podía ocurrir si no se sometía a una operación. Pero Einstein se negó rotundamente a operarse y decidió que no quería alargar su vida.

Durante la autopsia Harvey se encontraba en concentración absoluta, vivía su momento, su momento con el genio. Había sido la persona elegida entre todos los humanos para atender a un ícono de la historia en su último trámite corpóreo, antes de convertirse de nuevo en polvo de estrellas. A pesar de que habían un par de personas más observando, para él no hubo nadie excepto él y su inerte visitante.

Harvey cortó el pericardio y la arteria pulmonar, separó la traquea y el esófago; había realizado cientos de autopsias antes, pero esta en particular se estaba demorando, le daba vueltas al asunto, la cavidad peritoneal estaba llena hasta tres cuartos de su capacidad de coágulos de sangre. La causa de muerte estaba clara, pero él volvía a revisar otras cavidades, curioso, una y otra vez, sin saber por qué le daba largas a la situación. Ya tenía todo listo para escribir el informe, pero quería pasar más tiempo con el genio. Un poco más. Sin duda era el momento más intimo posible de un ser humano, tenía en frente de sí las entrañas mismas del personaje, un Einstein ya indefenso, desnudo, entregado a la potestad de Harvey. El patólogo seguía ensimismado.

Sintió que era su deber resolver algunos misterios. Las preguntas ya eran un enjambre de preguntas en su cabeza. ¿Qué había hecho diferente a Einstein del resto de mortales? ¿Dónde radicaba su capacidad de resolver enigmas de la ciencia? ¿Dónde estaba el motor de esa genialidad? ¿Acaso las respuestas estaban a un par de incisiones de distancia? ¿Acaso, la posibilidad de resolver este misterio, estaba a punto de ser incinerada? Él no lo podía permitir. No podía dejar de averiguarlo!

Trabajando hábilmente con sus herramientas hizo una incisión desde la parte de abajo de una oreja hasta la otra, por detrás del cuello. Peló la piel y luego se adentró en el cráneo. Allí estaba, el cerebro, el núcleo, el motor, repleto de ecuaciones, teorías, verdades, galaxias, agujeros negros. Lo tenía en sus manos, él y nadie más.

La polémica por el robo del cerebro

Al día siguiente de la autopsia, cuando la familia de Einstein esparció las cenizas en el río Delaware, creyeron que en efecto, habían esparcido todas las cenizas, cumpliendo el deseo del fallecido. Ni siquiera el hijo primogénito del científico, Hans Albert, había sospechado que alguien guardaba el cerebro de su padre en algún lugar.

Lo que sí es seguro es que, de algún modo, alguien lo comentó. Seguramente Zimmerman, conocedor del “robo”, se lo contó a alguien más, y bueno, no era un rumor con características de pasar desapercibido, así que se hizo viral de inmediato. De un momento a otro todo el mundo estaba hablando de que alguien había robado un cerebro, el cerebro de nada más y nada menos que el científico más famoso de la historia.

No pasó mucho hasta que el rumor llegó a los directivos de la Hospital de Princeton, donde se realizó la autopsia. También llegó a oídos de Hans Albert, el hijo de Albert Einstein, quien se enfureció de inmediato al ver que la última voluntad de su padre, de ser reducido a una apariencia cenicienta e invenerable, no se había cumplido. Los directivos del hospital se escandalizaron y despidieron a Harvey de inmediato. La prensa se enteró y se rumoraba que Harvey sería acusado de robo. Harvey tuvo que portarse astuto. En lugar de devolver el cerebro explicó a la prensa que no había sido un robo sino un acto por la ciencia y que era común en hospitales quedarse con órganos de vez en cuando, para estudios científicos. Luego le tocó lidiar con la familia. Contactó a Hans Albert, le prometió que sólo usaría el cerebro para fines científicos e imploró lo dejara conservarlo y de algún modo lo convenció jurando que haría llegar muestras del cerebro a importantes y renombrados investigadores para su estudio.

Los meses siguientes Harvey se dedico a cortar el órgano en delgadas rebanadas que luego metía en recipientes de vidrio de mayonesa, la cual consumía casi compulsivamente. Luego enviaba las muestras a diferentes institutos para que expertos pudieran hacer estudios. Él mismo corría con los gastos. Preparó cientos de muestras y se quedó con una buena parte también. Esperó meses y meses, esperando que alguno de los científicos le respondieran con resultados, con el descubrimiento del santo grial de la neurología, pero nadie lo hizo. Su motivación inicial se convirtió en desánimo, luego en tristeza y finalmente se derrumbó. Pasó él mismo revisando tejidos con el microscopio en su sótano para ver si encontraba la respuesta por sus propios medios. Se hizo huraño y sombrío. Su obsesión por el cerebro rebanado le costó su tranquilidad y matrimonio. Su divorcio fue la gota que derramó el vaso y una especie de símil a aquellas leyendas de maldiciones que caen sobre los profanadores de tumbas farahónicas. Harvey, había profanado algo sagrado.

De allí en más Harvey optó por esconderse. Se alejó de todo y pocos supieron de su paradero y del paradero de lo que quedaba de cerebro.

El viaje más extraño de Estados Unidos

Durante casi cuarenta años, el cerebro de Albert Einstein viajó con Harvey de mudanza en mudanza, dentro de dos frascos guardados en una caja de sidra, escondida a veces bajo una nevera de cerveza. Harvey rodó por el país, cambió de trabajos, perdió en 1988 su licencia médica tras reprobar un examen de competencia, y en el camino el cerebro más célebre de la ciencia terminó alojado en el armario de un apartamento cualquiera, junto a una autopista de Kansas.

La historia volvió a la superficie en 1997, y de la manera más insólita. Un joven periodista, Michael Paterniti, convenció a Harvey —ya de más de ochenta años— de cruzar Estados Unidos en auto para llevar el cerebro a California, a casa de Evelyn, nieta de Einstein. Y allá fueron los tres, en un Buick alquilado: el anciano patólogo, el periodista, y Einstein viajando a pedazos en el maletero, dentro de un recipiente de plástico. De aquel viaje delirante salió un libro entrañable, Driving Mr. Albert («Conduciendo al señor Albert»), que convirtió a Harvey, por fin, en lo que siempre había querido ser sin saberlo: no el descubridor del secreto del genio, sino el guardián de una reliquia imposible.

¿Y qué tenía de especial el cerebro?

Conviene responder la pregunta que originó toda la odisea, porque la respuesta es modesta y a la vez fascinante. Las muestras que Harvey sí logró repartir terminaron, con los años, en manos de investigadores serios, y arrojaron algunos hallazgos —siempre con la misma advertencia: es un solo cerebro, sin un grupo de comparación riguroso, y la prudencia obliga—.

En 1985, la neurocientífica Marian Diamond, de Berkeley, reportó que en ciertas zonas el cerebro de Einstein tenía una proporción inusualmente alta de células gliales —las que nutren y sostienen a las neuronas— por neurona. En 1999, la investigadora Sandra Witelson publicó en la revista The Lancet el hallazgo más citado: los lóbulos parietales inferiores de Einstein —regiones asociadas al razonamiento matemático y espacial— eran cerca de un 15% más anchos de lo normal, y le faltaba parcialmente un surco (la cisura de Silvio), como si esas áreas hubieran crecido más juntas e interconectadas. ¿Lo hizo genio eso, o fueron décadas de pensar en geometría las que moldearon su cerebro? Nadie puede decirlo con certeza: la gallina y el huevo de la neurología. El motor que Harvey buscó toda su vida nunca apareció como él lo soñaba, porque casi con certeza no existe un único motor que encontrar.

El regreso

En 1998, un Harvey ya anciano hizo lo único que le quedaba por hacer: devolvió lo que conservaba del cerebro al Hospital de Princeton, de donde había salido cuarenta y tres años antes. Cerró el círculo. Murió en 2007, a los noventa y cuatro años, recordado no por un descubrimiento sino por la travesía más extraña de la historia de la medicina.

Einstein quería desaparecer sin dejar huesos que adorar. Lo consiguió casi del todo: sus cenizas se perdieron en el río Delaware y no hay tumba que visitar. Pero su cerebro, contra toda su voluntad, se convirtió en lo que él más temía —una reliquia— y en algo que quizás no le habría disgustado tanto: la prueba de que ni siquiera el órgano más estudiado del planeta entrega fácilmente sus secretos. El genio, al final, se llevó la mejor parte del misterio consigo.

Referencias

  1. Marian C. Diamond, Arnold B. Scheibel, Greer M. Murphy Jr. y Thomas Harvey, «On the brain of a scientist: Albert Einstein», Experimental Neurology, vol. 88, n.º 1, 1985, pp. 198-204. doi.org
  2. Sandra F. Witelson, Debra L. Kigar y Thomas Harvey, «The exceptional brain of Albert Einstein», The Lancet, vol. 353, n.º 9170, 1999, pp. 2149-2153. doi.org
  3. Michael Paterniti, Driving Mr. Albert: A Trip Across America with Einstein's Brain, Nueva York, The Dial Press, 2000.
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