
Me llamó la atención la idea luego de ver un video publicado en Youtube por Reuters, donde aparece un mecánico cubano que modificó un Fiat de 1980 para que funcione con carbón vegetal. El video se volvió viral en minutos. Y con razón. Porque la escena parece sacada de otra época: un vehículo circulando por las calles de Cuba, con un armatoste metálico instalado en la parte trasera, mangueras, tanques improvisados, y una jarra de acero inoxidable rellena de ropa vieja haciendo de filtro. Parece una locura, pero el auto funciona.
El hombre detrás del invento se llama Juan Carlos Pino, mecánico de 56 años del pueblo de Aguacate, al este de La Habana. En una de sus primeras pruebas, el vehículo recorrió 85 kilómetros y alcanzó una velocidad de 70 km/h. No con gasolina, sino con carbón.
Y todo esto, claro, tiene un contexto. Cuba atraviesa una de sus crisis energéticas más severas de los últimos tiempos. Desde principios de 2026, Venezuela —su principal proveedor histórico de petróleo— dejó de suministrar crudo tras la captura de Maduro. A eso se sumó que Estados Unidos, bajo la administración Trump, emitió una orden ejecutiva amenazando con aranceles a cualquier país que vendiera petróleo a la isla. El resultado: gasolina racionada, colas de días en las estaciones de servicio, suministro solo en dólares y con un tope de veinte litros por persona. Una isla entera buscando cómo moverse sin combustible.
En ese escenario, el ingenio cubano volvió a aparecer. Y lo que hizo Pino no es un capricho ni un experimento raro. Es una tecnología real, con más de un siglo de historia. Se llama gasógeno.
Cuando la necesidad inventa el combustible
El gasógeno es, en esencia, un aparato que convierte combustibles sólidos —como leña, carbón vegetal o casi cualquier residuo orgánico— en un gas combustible. La magia está en el proceso: al quemar madera o carbón de forma parcial, con poco oxígeno, se genera una mezcla de gases, principalmente monóxido de carbono e hidrógeno. Ese gas, una vez filtrado y enfriado, puede alimentar directamente un motor de combustión interna convencional, como el que tiene cualquier auto a gasolina.

El sistema tiene nombre y apellido. Fue el ingeniero químico francés Georges Christian Peter Imbert, nacido en 1884, quien lo perfeccionó en los años veinte para uso móvil. Su diseño, producido en masa desde 1931, fue tan eficaz que terminó cambiando la historia de la movilidad en Europa entera.
El proceso, visto de cerca, funciona así: la leña o el carbón se introduce en un reactor metálico (una especie de caldera hermética). Ahí se quema de forma controlada, con un suministro limitado de aire. La combustión incompleta genera esa mezcla de gases que luego pasa por un sistema de filtros y enfriadores antes de entrar al carburador del motor, exactamente donde iría la gasolina vaporizada. El motor no nota mayor diferencia. Bueno, sí nota una: pierde potencia. Aproximadamente entre un 30% y 50% de rendimiento se va al piso. Así que velocidades de Fórmula 1, no. Pero el auto anda. Y en Cuba, eso es suficiente.
El momento en que el mundo entero lo hizo
Lo más fascinante de esta historia es que esto no es un invento de crisis. Ya el mundo lo vivió. Y a escala masiva.
Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la gasolina era un recurso de guerra y los civiles europeos simplemente no tenían acceso a ella, los gasógenos se convirtieron en la solución universal. Se calcula que solo en Alemania circulaban más de 500,000 vehículos a gasógeno al final del conflicto. Para abastecerlos, el gobierno alemán instaló una red de 3,000 “leñeras” distribuidas por todo el país, donde los conductores podían recargar su combustible sólido antes de seguir viaje.

Y no era solo Alemania. En Suecia había 73,000 vehículos adaptados; en Francia, 65,000; en Dinamarca, 10,000; en Finlandia llegaron a 43,000. En total, se estima que más de un millón de vehículos en toda Europa corrían con gas de madera durante la guerra. Camiones, autobuses, tractores, motocicletas. Hasta 600 barcos en Finlandia. El ejército alemán incluso desplegó más de 50 tanques Tiger con gasógeno en 1944.
Una curiosidad que no me puedo guardar: Volkswagen fabricó una versión del “Escarabajo” que salía de línea de montaje con el gasógeno ya instalado, con todo el equipamiento oculto dentro de la carrocería. La única pista era un orificio en el capó para cargar la leña. Eso sí es diseño industrial con creatividad de guerra.
Y cuando terminó el conflicto y la gasolina volvió a estar disponible, ¿qué pasó? Lo mismo de siempre: la tecnología desapareció casi de la noche a la mañana. Nadie quería cargar leña cuando podías simplemente ir a la gasolinera.
¿Cómo se le “alimenta” a un auto así?
Aquí viene la parte práctica que me parece interesante explicar, porque uno se imagina que es complicadísimo, pero en realidad no lo es tanto.
Adaptar un motor de gasolina para funcionar con gasógeno no requería ser un ingeniero aeronáutico. Un mecánico con algo de maña podía hacerlo en pocas horas con materiales básicos. El sistema básico tiene tres componentes principales:
- El reactor o caldera: un cilindro metálico hermético donde se introduce la leña o carbón y se inicia la combustión controlada.
- El sistema de filtrado: los gases producidos contienen partículas y alquitranes que dañarían el motor. El filtro los captura. En versiones improvisadas —como la de Pino en Cuba— una jarra de acero con ropa vieja hace perfectamente ese trabajo.
- El enfriador: el gas sale caliente y necesita enfriarse antes de entrar al motor. Suele ser una serie de tuberías expuestas al aire exterior.
Una vez frío y filtrado, el gas entra al carburador mezclado con aire, igual que la gasolina vaporizada. El motor lo quema y listo.
Eso sí, el ritual de arranque no era como girar una llave. Había que encender la leña, esperar a que la combustión se estabilizara, ventilar el sistema, y recién entonces el motor podía arrancar. El proceso podía tomar entre 10 y 20 minutos antes de cada viaje. Nada para el impaciente moderno.
Y el consumo: unos 3 kilos de madera equivalen aproximadamente a un litro de gasolina. Los vehículos de la guerra alcanzaban cerca de 2.5 kilómetros por kilogramo de leña. No es exactamente eficiente, pero cuando no hay alternativa, funciona.
El lado oscuro del invento
No todo es romanticismo de guerra y creatividad popular. El gasógeno tiene sus peligros reales, y vale la pena mencionarlos.
El principal es el monóxido de carbono: uno de los gases que produce el sistema. Es incoloro, inodoro y extremadamente tóxico. Una fuga mínima en las conexiones puede ser suficiente para intoxicar al conductor y los pasajeros en minutos, sin que nadie se dé cuenta hasta que sea tarde. En versiones bien construidas el riesgo es manejable. En versiones improvisadas con chatarra y mangueras de segunda mano, el margen de error se reduce bastante.

La otra desventaja es el peso. El sistema es voluminoso. En algunos vehículos pequeños no cabía en el maletero y había que instalar el reactor en un remolque aparte que el auto arrastraba. Imagínense circulando por la ciudad con una carretilla a fuego lento como apéndice.
Y luego está el tema ambiental a largo plazo. Durante la Segunda Guerra Mundial, en Francia, el apogeo de los vehículos a leña coincidió con una merma seria de los bosques madereros del país. Un millón de autos consumiendo kilos de madera por kilómetro pueden deforestar bastante rápido si no hay un plan de gestión forestal detrás.
De vuelta al futuro, involuntariamente
Lo que está pasando en Cuba tiene algo de espejo roto. No es solo un mecánico ingenioso. Es un país entero adaptando panaderías para funcionar con leña y carbón, instalando paneles solares improvisados, sembrando su propia comida. El Fiat de Pino encaja perfectamente en esa lógica de supervivencia colectiva.
Y lo que me genera esa imagen, más allá de la admiración por el ingenio, es una pregunta incómoda: ¿cuántas tecnologías hemos archivado simplemente porque el petróleo las hizo innecesarias? El vehículo eléctrico existía antes que el de gasolina —como lo conté en otra entrada de este blog—, y también pasó décadas en el olvido hasta que el petróleo empezó a fallar. El gasógeno vivió su esplendor, fue descartado, y ahora reaparece en una isla caribeña como solución de emergencia.
La tecnología no muere. Hiberna.
Y parece que cada vez que el petróleo nos falla, despertamos a mirar el pasado buscando las respuestas que ya teníamos.
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