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Ciencia del pasado·Ciencia y Tecnología·Curiosidades··5 min de lectura

Experimentos misteriosamente interminables. ¿Pueden funcionar indefinidamente?. Uno de ellos funciona desde el siglo XIX.

Una campana que suena sin parar desde 1840 y una gota que cae cada década: dos experimentos que llevan más de un siglo desafiando al tiempo.

Por Edgar Landívar

Experimentos misteriosamente interminables. ¿Pueden funcionar indefinidamente?. Uno de ellos funciona desde el siglo XIX.

Parecerán dos historias de ciencia ficción, pero no lo son. Se trata de experimentos o dispositivos que, incluso luego de la muerte de quienes los comenzaron, aún continúan funcionando hasta nuestros días, funcionando pacientemente después de décadas o hasta siglos de haberse iniciado. El movimiento perpétuo no es posible, pero estos aparatos se mantienen tercos, “tratando” de desafiar las leyes de la física, al menos hasta ahora.

Una especie de reloj que no se detiene

La historia comienza en el año de 1840, cuando el físico Robert Walker, profesor universitario, adquirió un raro aparato: una especie de timbre activado por una inusual batería de alto voltaje llamada Pila de Zamboni. En ese tiempo debe haber sido un dispositivo bastante peculiar, pues la electricidad era aún poco conocida y muchos la consideraban un tema de magia o fuerza divina (o demoniaca). Se dice que lo hizo para demostrar unas hipótesis científicas de aquel entonces, como la teoría de Electrificación Por Contacto (ahora descartada). Pero en realidad poco se sabe con certeza, ni siquiera es seguro que el dispositivo tenga una pila de Zamboni, lo único que se sabe a ciencia cierta es que fue adquirido en 1840 y desde allí no ha dejado de funcionar. Tampoco ha existido quien se atreva a averiguar el misterio de esta batería aparentemente inagotable, pues desbaratar la dichosa maquinita, atrapada dentro de una campana de vidrio, podría destruirla. Están esperando a que la campana se detenga, algún día, para desarmarla, pues temen que cualquier cambio pueda detener la frágil maquinaria compuesta por una especie de largo péndulo de metal que toca delicadamente dos campanas de bronce.

Para tener una idea de la época en que ocurrió esto: muchos países de latinoamérica tenían poquísimo tiempo de vida y otros ni existían, tampoco se había inventado la bombilla incandescente, peor el avión y la “ópera prima” de Darwin: El Origen de las Especies, estaba aún a varios años de distancia de ser publicada.

En todo caso, ha pasado mucho desde entonces. A la fecha son casi 200 años en los cuales esta especie de reloj nunca se ha detenido y ha seguido zumbando levemente como una incansable abejita metálica. Se calcula que son más de 10.000.000.000 (diez billones) de veces las que el timbre ha sonado hasta la fecha y se piensa que aún le queda mucha vida por delante.

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La peculiar campana se encuentra en un pasillo junto al laboratorio de Clarendon, en la Universidad de Oxford y ya ha recibido un lugar en el famoso libro de Récords de Guinness como la batería con mayor duración del mundo.

Y, aunque lo anterior parezca una cosa de locos, no se trata del único caso.

Una gotera interminable

En 1927, en Australia, otro entusiasta llamado Thomas Parnell, ansioso por descubrir qué tan viscosa puede ser una sustancia decidió hacer otro de estos experimentos que no llegaría a su fin (o al menos mientras él estuviera vivo). Fue en la Universidad de Queensland y su motivación era demostrar a sus estudiantes que hay sustancias aparentemente sólidas, que pueden ser en realidad extremadamente viscosas, sólo que nuestro marco temporal no nos permite ver lo rápido que fluyen. De hecho muchos vidrios en realidad son sustancias viscosas, pero en nuestro tiempo de vida prácticamente los vemos intactos, sólidos. Si instaláramos una cámara que tome una secuencia de imágenes cada cierto tiempo y esperáramos el número de años suficiente (a lo mejor toda una vida), a lo mejor notáramos algo observando el video en cámara rápida.

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En la práctica el experimento de Parnell no sólo sirvió para demostrar la idea a sus estudiantes, sino que por lo visto también a los nietos y bisnietos.

Lo cierto es que el experimento comenzó y aún no se detiene. Se trata de un embudo que contiene una especie de brea. La idea es que la brea gotee a través del embudo, vaciando todo su contenido. Hasta el momento han pasado sólo nueve gotas por el cuello del embudo, la última el 17 de abril de 2014, y se espera que la próxima caiga en algún momento del año 2028. Su custodio durante medio siglo fue el profesor John Mainstone, de la Universidad de Queensland, quien murió en 2013 con el récord más cruel de la ciencia: vigiló el embudo durante 52 años y se perdió las tres gotas que cayeron en su turno — una por estar tomando té, otra por salir un momento, y la tercera porque la cámara que debía grabarla falló.

La bombilla que lleva encendida desde 1901

Esta bombilla ya ha roto todos los récords de funcionamiento y es tan así, que ganó un record Guinness a la bombilla que lleva más tiempo encendida.

Esta bombilla se encuentra en una estación de bomberos en la ciudad de Livermore, California. Se sabe que tenía como objetivo permanecer encendida 24 horas, todos los días; pero nadie sospechó que iba a superar los 100 años sin tener que reemplazarla, y continúa encendida hasta el día de hoy.

Se cree que hay dos claves para que esto haya ocurrido. La primera es que la bombilla se alimenta con muy poco voltaje: desde el inicio se quiso que diera una luz tenue, como una lamparilla piloto para la estación, y un filamento poco exigido se desgasta despacio. La segunda clave es más incómoda, y es la verdadera moraleja de esta historia: las bombillas de 1901 estaban hechas para durar.

El cártel que decidió que las bombillas duraran menos

Porque la pregunta evidente es la que casi nadie se hace: si en 1901 ya sabíamos fabricar una bombilla capaz de durar más de un siglo, ¿por qué las que compramos hoy se queman en un par de años? La respuesta tiene nombre y fecha. En 1924, los principales fabricantes de bombillas del mundo —Osram, Philips, General Electric y otros— se reunieron en secreto y formaron el llamado cártel Phoebus, con un objetivo que hoy parece sátira pero está documentado: acordaron limitar deliberadamente la vida útil de sus bombillas a unas mil horas, multando a quien fabricara una que durara más. Fue el primer caso documentado de obsolescencia programada —el arte de diseñar las cosas para que se rompan a tiempo de venderte otra—, una práctica que desde entonces no ha hecho sino perfeccionarse en casi todo lo que compramos.

La bombilla de Livermore, encendida desde antes de aquel pacto, es por eso algo más que una curiosidad: es un testigo silencioso, colgado del techo de una estación de bomberos, de un mundo en que las cosas todavía se hacían para durar. Lleva más de ciento veinte años recordándonoslo, sin decir palabra y sin apagarse.

Referencias

  1. A. J. Croft, "The Oxford electric bell", European Journal of Physics, vol. 5, n.º 4, 1984, pp. 193-194. DOI: 10.1088/0143-0807/5/4/001. doi.org
  2. School of Mathematics and Physics, University of Queensland, "The Pitch Drop Experiment" (página oficial del experimento iniciado por Thomas Parnell en 1927). smp.uq.edu.au
  3. Centennial Light Bulb Committee (Livermore-Pleasanton Fire Department, Livermore Heritage Guild, Lawrence Livermore y Sandia National Laboratories), "Centennial Bulb: the Longest Burning Light Bulb in History", sitio oficial. centennialbulb.org
  4. Markus Krajewski, "The Great Lightbulb Conspiracy", IEEE Spectrum, 24 de septiembre de 2014. spectrum.ieee.org
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