El Volcancito de San Vicente

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Cerca de la ciudad de Salinas, Ecuador, hay un letrero que señala un corto desvío a los “Baños de San Vicente”, lugar conocido por sus piscinas termales y su supuesto lodo milagroso. Poco se conoce de la historia de este lugar, la única fuente termal ubicada en la costa del Ecuador.

Quise abordar un poco de su casi desconocida historia en este artículo, luego de leer algunos datos equivocados en Internet.

La primera mención que se conoce del lugar la hizo en 1877 el célebre alemán Teodoro Wolf, quien hizo contribuciones importantes al conocimiento geológico del Ecuador. Lo interesante de los escritos de Wolf es que se refiere al lugar como “Fuentes termales y volcancito de San Vicente”.

Pues, sí, parece que por aquella época en el lugar había un pequeño volcán de lodo, desde cuyo cráter brotaban enormes burbujas en medio del fango salobre. De vez en cuando parece que se comportaba como una especie de géiser, escupiendo una enorme columna de agua mineral por los aires. Este volcancito medía aproximadamente 12 metros de diámetro en su base y Wolf realizó una muy interesante ilustración del lugar donde se aprecia el cúmulo de lodo con su cráter en la cima.

Ilustración de Teodoro Wolf, como parte de su libro Geografía y geología del Ecuador

Citaré un fragmento del escrito de Wolf:

Las cercanas fuentes termales están en íntima conexión con el volcán de fango, y en el fondo son efecto del mismo fenómeno, solo que en lugar de un poco de lodo arcilloso arrojan en gran cantidad agua limpia. El desprendimiento de gases en las fuentes es tan considerable, ó aun mas enérgico, que en el volcancito; también aquí se percibe el olor de petróleo y de hidrógeno sulfurado… El agua cristalina de las fuentes está muy cargada de sales, mucho mas que el agua del mar… Tanta riqueza de sales en el agua indica la existencia de un gran depósito de estas sustancias en la profundidad. Un hecho curioso es el de que en el agua salada y caliente (40° C.) de las fuentes viven centenares de pescaditos muy pequeños, y el talud del cono caliente del volcancito está vestido espesamente de una planta ciperácea singular, que no observé en otro lugar de esa región… Los gases exhalados son los productos de destilación de restos vegetales ó también animales, que debajo de la tierra sufren una lenta combustión química ó carbonización. La exhalación de los gases generalmente va acompañada del derramamiento de hidrocarburos líquidos (nafta y petróleo). De vez en cuando se aumenta el desarrollo de gases tanto, que se producen explosiones y erupciones violentas, las cuales lanzan al aire agua, lodo y piedras, hasta la altura de 30 metros, y ocasionan un ruido fuerte, semejante al trueno. Tales periodos de excitación extraordinaria son raros; sin embargo se han verificado mas de una vez en el volcancito de Sta. Elena, según me aseguraron los habitantes de San Vicente, que habían oído los truenos subterráneos a la distancia de mas de 2 leguas.

Parece que en algún momento el volcancito fue reducido a escombros. Seguramente producto de la explotación turística posterior del lugar. Pero el escrito de Wolf deja claro que aquel interesante hervidero fangoso era conocido en la zona y nos da una idea de cómo era en su estado salvaje, antes de intervenir la mano del hombre.

Una mención posterior, también del siglo XIX, aparece en el libro del naturalista alemán Joseph Kolberg.

En una profunda y ancha hondonada, pocas millas al este de la árida península hay una pequeña eminencia de dos metros de alto, en forma de cono fuertemente truncado, cuyo diámetro mide 5 metros de alto; es el llamado volcán de aire o de barro… El cono consiste en arcilla y fango endurecido, y se puede pisar su borde sin peligro; no así su pequeña base o meseta; no se puede aventurar a pasar sobre la masa semiblanda que lo cubre sin exponerse al máximo peligro; esto lo muestran algunos esqueletos de venados que se ven aparecer allí.

Kolberg adorna su relato con una descripción de los pequeños peces que viven en el agua salada de estas fuentes termales burbujeantes.

De lo poco que se sabe, estas fuentes termales eran visitadas esporádicamente por moradores cercanos de la comuna San Vicente y los bitúmenes y sales emanadas eran explotados en menor escala para diversos fines.

Luego, aproximadamente en 1910 nos encontramos con un par de muy interesantes fotografías (poco conocidas hasta ahora). En una de ellas se aprecia parte de la quebrada y dos campesinos cerca de una de las vertientes de agua salobre, aparentemente tomando agua en un recipiente. Detrás, a la derecha, una suerte de desprolija cobacha que seguramente sirvió de refugio del inclemente sol del medio día, para maximizar el disfrute de las aguas termales. En otra de ellas se aprecia el volcancito!… a lo mejor un poco menos alto que lo descrito originalmente por Wolf (parece haber sido cubierto en uno de sus flancos por un alud invernal) pero con las plantas cieráceas en su talud, tal como lo describió en el siglo XIX. Las fotografías son parte del Fondo Nacional de Fotografía. Yo me he tomado el trabajo de colorearla, pero el original se puede encontrar aquí: http://fotografiapatrimonial.gob.ec/web/es/galeria/element/2856

Campecinos en las fuentes termales de San Vicente. Foto restaurada, original en blanco y negro. Circa 1910.
Volcancito de San Vicente. Se observa que un aluvión ha cubierto parcialmente uno de sus flancos. Foto restaurada, original en blanco y negro. Circa 1910.
Cobacha privada con aguas termales

Ya a finales de los años 20s el fugaz Ferrocarril a la Costa comenzó a construirse cerca del lugar y el empresario guayaquileño Telésforo Villacrés, proveedor de madera para durmientes se topó con el sitio y se interesó por las aguas termales. Instaló allí su campamento y posteriormente construyó piscinas sobre el yacimiento –aparte de instalar una yesería. Según el libro “Comunas y Comunidades con Sistemas de Albarradas” de Silvia Álvarez, las primeras familias en asentarse en el actual Baños de San Vicente fueron los Orrala, Dominguez, Morey y Reyes.

Actualmente el lugar ha perdido su encanto natural original, la sobredosis de concreto y turismo, aparte de un par de crudos inviernos, le han quitado mucho del carácter de fenómeno natural, de sitio único, indómito. A lo mejor hubiera preferido que se conserve como aquellos géiseres islandeses (neozelandeses, norteamericanos, chilenos?) que se observan desde varios metros de distancia, respetando los miles de años que a la naturaleza le tomó construirlos, contemplando la belleza natural de nuestro planeta.

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