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Curiosidades·Ecuador·Historia··6 min de lectura

Los hombres que cargaron a hombros la luz de Cuenca

La luz eléctrica, el primer auto y hasta un jeep de protesta llegaron a Cuenca cargados a hombros. La historia del aislamiento más épico de los Andes.

Por Edgar Landívar

Los hombres que cargaron a hombros la luz de Cuenca

Cuenca es una pintoresca ciudad ecuatoriana, clavada en medio de los Andes e inspiración de reconocidos escritores. Pero no siempre fue fácil visitarla: durante siglos vivió aislada del resto del país, sin un solo camino decente que condujera a sus encantos. Esta es la historia de cómo una ciudad resolvió ese encierro de la manera más literal posible: cargando cosas —una planta eléctrica, un automóvil y hasta un jeep— sobre los hombros de su gente.

Para dimensionar el aislamiento basta un dato: hacia 1926, toda la provincia del Azuay sumaba apenas 57 kilómetros de vías principales. Cuenca, la tercera ciudad del país, vivía a días de mula de cualquier parte.

El pueblo que nació del ferrocarril

Cuando se construía el Ferrocarril Trasandino que une la costa con la sierra, la compañía de Archer Harman —la célebre Guayaquil & Quito Railway— vio nacer a su paso un pueblo llamado Huigra, en un hermoso cañón esculpido por el río Chanchán. La locomotora llegó allí por primera vez en 1902, la fundación formal vino en 1907 de la mano de Edward Morley —proveedor y socio de la compañía, que quiso ser enterrado en el pueblo— y en 1908 la G&Q instaló allí nada menos que su gerencia general. El ferrocarril, para variar, no pasaba por Cuenca; la Carretera Nacional tampoco. Pero Huigra quedaba relativamente cerca, así que en 1903 el Concejo de Cuenca firmó un contrato con la compañía del ferrocarril para mantener el camino de herradura que subía hacia El Tambo, en Cañar, desde donde un camino preexistente bajaba a Cuenca.

No se engañe el lector: el viaje a caballo podía tomar días. Pero comparado con nada, aquel caminito lodoso se convirtió en la gran vía de comunicación entre Cuenca y el mundo. En Huigra se instalaron decenas de agencias de consignación que recibían la mercadería de Guayaquil por tren y la embarcaban en mulas rumbo a Cuenca; tantos comerciantes azuayos se asentaron allí que —se cuenta— llegaron a ocupar un sector entero del pueblo, conocido como el Barrio Azuay.

Los hombres del guando

Las cargas más delicadas o imposibles no iban en mula: iban en hombros humanos. Los protagonistas eran los guanderos, cargadores indígenas que llevaban a la espalda una angarilla de madera llamada «guando» —la palabra viene del quichua y designa el transporte de grandes pesos en andas—. Eran en su mayoría indios «conciertos» de las haciendas de Azuay y Cañar, descendientes del pueblo cañari —un señorío anterior a los propios incas, que les plantó guerra antes de ser anexado al Tahuantinsuyo—, y tenían fama de ser los más diestros para sortear precipicios. En sus guandos cruzaron la cordillera trapiches, campanas, lámparas, espejos y hasta pianos de cola europeos desembarcados en Guayaquil.

La luz que llegó a hombros

Pero la misión más asombrosa jamás encomendada a los guanderos fue digna de una película. El empresario cuencano Roberto Crespo Toral decidió que su ciudad tendría luz eléctrica, y la emprendió como empresa familiar: su cuñado Rafael María Arízaga, entonces diplomático en Washington, compró en Estados Unidos un generador General Electric de 37,5 kilovatios con su turbina Pelton, sus tableros, sus transformadores y sus rollos de cable. Todo aquello viajó en barco hasta Guayaquil y en tren hasta Huigra. Y de Huigra a Cuenca, a la antigua: se dice que hasta tres mil guanderos fueron movilizados, con yuntas de bueyes de las haciendas vecinas arrastrando las piezas mayores. Se cuenta también que varios quedaron en el camino: unos por agotamiento, otros despeñados, otros por enfermedades contraídas en la travesía.

Piezas de la planta eléctrica llegando a Cuenca, cargadas en guando.
Piezas de la planta eléctrica llegando a Cuenca, cargadas en guando.

La maquinaria entró en Cuenca hacia julio de 1914 y el 10 de agosto, a las siete de la noche, la ciudad se encendió: quinientos focos iluminaron la esquina de la casa de Crespo, hubo bandas, clarines, campanas al vuelo y un letrero luminoso que decía, simplemente, «Luz en Cuenca».

Aquella caminata épica dejó huella en la literatura ecuatoriana: la novela Los guandos —comenzada por Joaquín Gallegos Lara en los años treinta y terminada por Nela Martínez décadas después— narra exactamente eso: cientos de indígenas cargando de Huigra a Cuenca la maquinaria de la luz.

El primer auto llegó antes que la primera carretera

Y como nadie está satisfecho con lo que tiene, a la luz siguió el automóvil. Lo extremadamente curioso es que en Cuenca rodaban autos desde 1912, medio siglo antes de que llegara el ferrocarril y décadas antes de cualquier carretera. El primero fue un Clément-Bayard francés que el empresario Federico Malo Andrade compró en París: llegó igual que la planta eléctrica —desarmado, en piezas, a lomo de guandero— y fue ensamblado en la ciudad. Su estreno célebre fue en febrero de 1913, llevando a una pareja de recién casados hasta Ucubamba, el punto más lejano al que se podía «manejar». Las beatas de la época, dicen, se persignaban asegurando que el diablo retumbaba por las calles.

El tren, en cambio, se tomó su tiempo: la primera locomotora entró en Cuenca recién el 6 de enero de 1965. Hasta el avión le había ganado la carrera, y por 45 años: el piloto italiano Elia Liut cruzó los Andes y aterrizó cerca de la ciudad en 1920. Y cuando el tren por fin llegó, llegó tarde: desde 1947 existía la vía Durán–El Tambo y los camiones ya le habían robado la carga.

El día que cargaron un jeep

Faltaba la carretera directa a la costa. El gobierno la consideraba poco menos que imposible, así que los cuencanos recurrieron a la fórmula de toda la vida: cargar algo inverosímil a pura espalda, esta vez como protesta. La mañana del domingo 19 de octubre de 1969 salió del parque Calderón un jeep Land Rover —entregado por la llantera cuencana, la fábrica de las llantas General— rodeado por una veintena de choferes del Club Deportivo Choferes (el sindicato, más prudente, se había negado), encabezados por el dirigente Julio Bueno y por el párroco de Molleturo, Roberto Samaniego, el gran agitador de la causa. La multitud los despidió entre vítores y los acompañó hasta las afueras de la ciudad.

El Land Rover del raid de 1969, cargado a hombros en los pasos del Cajas.
El Land Rover del raid de 1969, cargado a hombros en los pasos del Cajas.

Siguieron el viejo camino «Garciano» —la ruta que García Moreno había soñado hacia el mar—: Sayausí, el páramo del Cajas, Tres Cruces, Migüir, Molleturo. Donde el jeep podía rodar, rodaba; donde no, era literalmente cargado en hombros, con unos trescientos molleturenses abriéndole paso a pico y pala. Siete días después, el 26 de octubre al mediodía, el Land Rover entró rodando a Naranjal, en plena costa. Habían demostrado, con el método más cuencano posible, que la carretera «imposible» era cuestión de querer hacerla.

Los raidistas y los molleturenses que abrieron el paso, octubre de 1969.
Los raidistas y los molleturenses que abrieron el paso, octubre de 1969.

La jugada funcionó… a medias. El 31 de octubre el presidente Velasco Ibarra envió un avión DC-3 para llevar a una delegación de los «raidistas» a Quito, donde presenciaron la firma del contrato para construir la carretera Cuenca–Molleturo–Naranjal. El papel, sin embargo, resultó más liviano que el jeep: la construcción de verdad solo arrancó a inicios de los años noventa, y la vía moderna —la actual E582, que cruza el parque nacional Cajas— quedó lista a fines de esa década. La promesa tardó veinte años en empezar a cumplirse.

Hoy se viaja de Cuenca a Guayaquil en unas tres horas por esa misma ruta. Cada vez que el viaje le parezca largo, recuerde: hubo un tiempo en que la luz, el primer automóvil y hasta la esperanza de una carretera llegaron a Cuenca del mismo modo — a hombros de su gente.

Referencias

  1. Eugenio Lloret Orellana, «Los guanderos», Revista Avance, Cuenca, noviembre de 2013. revistavance.com
  2. Moisés Aveiga, «103 años han transcurrido desde que la luz llegó a Cuenca», El Telégrafo, 19 de agosto de 2017. eltelegrafo.com.ec
  3. Joaquín Gallegos Lara y Nela Martínez, Los guandos, Quito, Editorial El Conejo, 1982.
  4. «Hace cien años rodó el primer carro en Cuenca», Revista Avance, n.º 248, Cuenca, julio de 2012. revistavance.com
  5. Jacinto Landívar Heredia, «1969 fue el año del memorable raid Cuenca-Molleturo-Naranjal», El Telégrafo, 9 de julio de 2016. eltelegrafo.com.ec
  6. Ricardo Tello Carrión, «Raid Cuenca-Molleturo-Naranjal, 40 años después», El Universo, 17 de septiembre de 2009. eluniverso.com
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