La asombrosa historia de amor de Isabel de Godín
Veinte años de separación, una travesía por los Andes y la Amazonía, casi toda su comitiva muerta. La historia de la mujer que cruzó medio continente para reencontrarse con su esposo.

Toda esta historia comienza en realidad con Sir Isaac Newton y sus Leyes del Movimiento, que causaron revuelo mundial y permitían a los científicos del mundo convertirse en una suerte de hechiceros y predecir cosas. Entre estas cosas el propio Newton había predicho que la tierra no era una esfera perfecta, sino que se encontraba achatada en los polos y prolongada en el ecuador. Así que, los franceses, se dieron a la tarea de demostrarlo.
Recordemos que Newton era inglés y la reputada Academia de Ciencias de Francia no podía permitir que un inglés brillara por el mundo sin dar guerra antes, por lo que había que corroborar que esta predicción era cierta y dispusieron de todos los recursos necesarios para ello.
Así que enviaron dos equipos de científicos, uno al Polo Norte y otro a La República del Ecuador (aun no se llamaba así en ese entonces). Se preveía que el equipo del Polo Norte terminara su misión al final, pues las calamidades de llegar al inclemente Polo Norte suenan mucho más severas que las de viajar al Ecuador, pero resultó al revés… y por mucho. Los europeos de ese entonces (y esto continúa hasta la actualidad) no entienden cómo funciona la sociedad hispana y sus trámites burocráticos. También hay que recordar que los colonizadores españoles de ese entonces pusieron todo tipo de controles a los franceses, por temor de que todo fuera un ardid de los franceses para estar espiando cuestiones relativas a sus “secretos” coloniales.
El asunto es que fue en el año 1735, cuando la expedición científica liderada por Charles-Marie de La Condamine llegó al país para llevar a cabo la medición del meridiano terrestre y contribuir al estudio de la forma y dimensiones de nuestro planeta. Entre los miembros de esta misión se encontraba Jean Godín, un joven oficial francés apasionado por la ciencia y la aventura, quien, para no alargar la historia, se enamoró perdidamente de Isabel Gramesón, una hermosa ecuatoriana que hablaba perfecto francés. En realidad muchos miembros de la misión geodésica se vieron envueltos en líos de faldas, duelos a muerte y un sinnúmero de entuertos durante esta misión de medición, la cual duró años, tantos, que al final ya nadie en Europa los estaba esperando, pues habían ya corroborado la predicción de Newton con los datos del equipo del Polo Norte.
Jean Godín tuvo el tiempo suficiente para sus amoríos y tratándose de una distinguida dama de sociedad lo procedente era, que entablara un noviazgo formal y así fue. De hecho, tuvo tiempo de enamorarse y hasta de proponer matrimonio, casarse y embarazar a su esposa Isabel. Fue después de esto que se le acabó el tiempo.
Sucedió que en algún momento Jean Godín, tuvo que regresar a Francia a pelear una herencia familiar tras la muerte de su padre. Decidió hacer un heroico viaje por el Amazonas, con destino al poblado de Cayena, en la Guayana Francesa, para alcanzar el atlántico y tomar un barco que lo lleve a Europa. Su espíritu aventurero lo había llevado por una ruta difícil e incierta, llena de tribus y peligros. Si tenía éxito, de paso, habría establecido una nueva ruta con un territorio francés en América. Isabel, recientemente embarazada, se quedó al cuidado de su vientre.
Pero el viaje salió demasiado bien para convertirse en un regreso sencillo. Jean llegó a Cayena; lo que no logró fue volver. La guerra entre coronas, la suspicacia de las autoridades españolas y portuguesas, y un papeleo colonial digno de Kafka antes de Kafka, lo dejaron varado al otro lado del continente. Durante años escribió cartas, pidió permisos, movió influencias y esperó respuestas que cruzaban selvas, cordilleras y despachos con la velocidad glacial de un imperio. Mientras tanto Isabel aguardó en Riobamba. Dio a luz. Perdió hijos. Enterró esperanzas. Y, peor aún, durante largos periodos ni siquiera supo si su marido seguía vivo.
Pasó tanto tiempo que la separación dejó de parecer un accidente y empezó a parecer destino. Veinte años. Hay matrimonios que no resisten dos; el suyo resistió veinte de ausencia, rumores y silencio. Jean, atrapado en la Guayana Francesa, consiguió al fin que desde Lisboa y Madrid se autorizaran gestiones para traer a su esposa por la vía del Amazonas. El plan, en el papel, lucía razonable. En la realidad americana del siglo XVIII era una invitación al desastre.
Cuando por fin llegó la noticia de que había una embarcación esperándola río abajo, Isabel ya no era la muchacha de los días de la misión geodésica. Tenía más de cuarenta años, el cuerpo castigado por la vida y el corazón curtido por pérdidas que a cualquiera le habrían bastado para renunciar. Y sin embargo hizo exactamente lo contrario. Vendió bienes, reunió un pequeño séquito —parientes, criados, cargadores indígenas— y el 1 de octubre de 1769 salió de Riobamba con rumbo al oriente. No iba a una visita. Iba a jugarse la vida por una posibilidad.
Al comienzo todo fue penoso, pero todavía verosímil: montaña, lodo, cargadores, calor, insectos, caminos que más bien eran una sugerencia. El primer aviso serio de lo que venía apareció en Canelos. El lugar, donde debían encontrar ayuda y embarcación, estaba prácticamente desierto por una epidemia de viruela. Los guías huyeron. La logística se desarmó. Dos indígenas prometieron fabricar una canoa y conducirlos por el Bobonaza hasta Andoas. Era lo único que había. Isabel aceptó. A esas alturas el amor ya no tenía nada de romántico: era una decisión fría.
Desde allí la expedición entró en su tramo oscuro. La canoa era mala, el grupo iba sobrecargado y la selva no perdona errores pequeños. Un hombre murió ahogado. Parte de la comitiva siguió adelante para buscar ayuda y tardó más de la cuenta. Los que quedaron varados comenzaron a enfermar. Las picaduras se infectaron. La humedad pudrió las fuerzas. El hambre empequeñeció a todos. Uno a uno fueron cayendo los acompañantes: primero los más débiles, luego los fuertes, luego los que parecían indispensables. Murieron criados, murieron europeos, murieron sus propios hermanos. En esa clase de historias la muerte no entra con trompetas; entra en silencio, se sienta al lado y espera.
Cuando la escena llegó a su final más cruel, Isabel quedó sola entre cadáveres, en mitad de una selva que no conocía y a centenares de leguas de cualquier refugio. Y entonces ocurrió lo verdaderamente extraordinario. No se derrumbó. O, mejor dicho, seguramente se derrumbó, pero después se levantó. Caminó sola durante varios días, herida, hambrienta, casi desnuda, bebiendo lo que podía y avanzando sin saber con precisión hacia dónde. La sostuvo una idea obstinada y casi absurda: seguir.
Al cabo de esa marcha imposible fue encontrada por indígenas que la auxiliaron y la llevaron a Andoas. Cualquiera habría entendido eso como el final de la odisea y el inicio del regreso. Ella no. Descansó lo indispensable, se recompuso como pudo y continuó río abajo hasta Lagunas. Desde allí siguió por la vasta arteria amazónica, pasó por las misiones y puestos del gran río, atravesó el espacio inmenso que separa los Andes del Atlántico y, por fin, alcanzó la zona de Oyapock. El 22 de julio de 1770, más de veinte años después de la separación y tras una travesía que dejó una estela de muertos, Isabel se reunió con Jean Godín.
A veces la historia intenta domesticar episodios como este llamándolos “hazañas románticas”, como si bastara con ponerles un lazo para entenderlos. Pero lo que hizo Isabel de Godín fue mucho más duro que una simple prueba de amor. No escribió versos ni se desmayó mirando el horizonte. Cruzó montañas, descendió a la cuenca amazónica, sobrevivió a la enfermedad, al abandono, a la burocracia imperial, al extravío y a la muerte de casi toda su comitiva. Lo hizo porque decidió que no aceptaría que el mundo —ni la selva, ni los reyes, ni los funcionarios, ni la mala suerte— le dictaran el final.
Y por eso su historia sigue asombrando. Porque en un tiempo en que a las mujeres se les reservaba un papel quieto, doméstico y obediente, Isabel hizo algo que muy pocos hombres de su siglo se habrían atrevido a intentar. Recorrió medio continente para reencontrarse con su esposo. Lo buscó cuando ya casi nadie esperaba nada. Y llegó. Si eso no es una de las historias de amor más feroces y extraordinarias que ha dado esta tierra, entonces no sé qué lo sea.
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