
Hace un par de años andaba investigando para el libro Guayaquil, Historias a Color, revisando imágenes del Guayaquil de hace más de un siglo, cuando me topé con una escena en el Club Metropolitano. La élite guayaquileña en pleno banquete, todos elegantísimos, las mesas vestidas con manteles impecables. Y en el centro, en lugar de flores o algún arreglo elaborado, estaba aquella piña, equilibrandose sobre un plato, con su penacho verde en la cabeza. Como adorno, brillando como un foco.
¿Una piña sin cortar?, pensé para mis adentros. ¿Así sin más, sólo una piña puesta vertical, sin rebanar?. La pinté, pues esa era mi labor, colorizar el Guayaquil de “antes”.
Empecé a fijarme en otras fotos del mismo período. Y allí estaban otra vez: piñas erguidas, como adorno central. Piñas en mesas de gala. Piñas que claramente no estaban allí para comerse.
Algo no encajaba del todo. La piña, es una fruta muy común, pero… ¿Por qué se ponían piñas como adorno en varios banquetes de la época?
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Cristóbal Colón fue el primero en llevar una piña a Europa, en 1496. La fruta venía del Caribe y para los europeos era una rareza absoluta. Nada parecido existía en el “viejo continente”: esa textura, ese dulzor, esa corona de hojas espinosas como si fuera un fruto diseñado por alguien con mucha imaginación.
La fascinación fue inmediata.
Pero había un problema enorme: el transporte. A diferencia de otras frutas más resistentes, la piña no aguantaba bien los viajes largos en barco. Maduraba en alta mar, se estropeaba, se descomponía. De cada cargamento que partía del Caribe rumbo a Europa, apenas unos pocos ejemplares llegaban a los puertos en condiciones aceptables. El resto terminaba pudriéndose.
Imaginen el resultado: una fruta exótica, deliciosa… y rarísima.
La piña terminó convirtiéndose en el símbolo de estatus más extravagante de la Europa de los siglos XVII y XVIII.
Una piña costaba lo que un auto
En la Inglaterra del siglo XVIII, una sola piña podía costar el equivalente a unos ocho mil dólares de hoy.
Quienes podían pagarla —reyes, aristócratas, élite acomodada— no la compraban necesariamente para comérsela. La compraban para exhibirla. La piña se convirtió en el centro de mesa por excelencia en los banquetes. Era una manera silenciosa pero contundente de decirle a los invitados: miren lo que puedo permitirme.
Algunos las paseaban incluso por la calle, bajo el brazo, simplemente para que los vieran cargándola. Como hoy alguien pasea con un bolso de marca o llega a una reunión en un auto deportivo.
Si la piña terminaba muy verde o muy madura, daba igual. Lo que importaba no era la fruta. Era la apariencia. La piña pasaba de banquete en banquete, de evento en evento, hasta que se descomponía.
La obsesión llegó a tal punto que se la inmortalizó en piedra: si miran las dos torres de la Catedral de San Pablo en Londres, hay piñas talladas en lo alto. También en los obeliscos del puente de Lambeth. La piña se convirtió, literalmente, en un emblema arquitectónico de la riqueza.
El negocio del alquiler
Pero lo más curioso vino después.
En Londres, la demanda era tan alta y el precio tan prohibitivo que no toda la aristocracia podía darse el lujo de comprar una. Y entonces surgió un negocio que hoy nos parece ridículo, pero que en su momento tuvo todo el sentido del mundo: alquilaban piñas.
Sí. Si usted era londinense con cierto poder adquisitivo, pero sin el suficiente para comprar una piña entera, podía pagar para alquilarla durante una velada. Llevársela a casa, ponerla en el centro de su mesa, deslumbrar a sus invitados durante el banquete, y al día siguiente devolverla al comerciante. Quien probablemente la volvía a alquilar a otro cliente, y a otro, y a otro… hasta que la pobre piña ya no diera para más.
Una sola piña recorría así, en sus últimos días, varias mesas y varios anfitriones distintos. Cada uno la exhibía como si fuera suya. Como si hubiera podido pagar por ella.
Imaginen el espectáculo.
Cuando lo raro deja de ser raro
¿Hasta cuándo duró esto?
Hasta que los ingleses lograron cultivar la piña en sus propios invernaderos —los famosos pineapple pits, sistemas calefaccionados con estiércol que mantenían el calor tropical en pleno invierno británico— y, más tarde, en sus colonias. La oferta subió. El transporte mejoró. Los precios cayeron. La piña dejó de ser rara. Dejó de ser exótica.
Y, casi inmediatamente, dejó de ser un símbolo de estatus.
Hoy una piña cuesta menos que un café. Nadie alquila una para impresionar a sus invitados. Si la pones de centro de mesa, lo más probable es que alguien te pregunte si te olvidaste de servirla.
Lo que las cosas valen
Esta historia me dejó pensando.
El valor de las cosas no siempre tiene que ver con lo que las cosas son, sino con lo difíciles que son de obtener. Cuando algo deja de ser raro, deja de tener ese aura especial. Lo mismo aplica a las piñas, a las modas, a las experiencias, a la tecnología, a casi todo lo que nos rodea.
Lo que hoy parece extraordinario, mañana es trivial. Lo que hoy es trivial, alguna vez fue extraordinario.
Y vuelvo, claro, a aquellas tres piñas sobre la mesa del Club Metropolitano. Ahora que conozco esta historia, esa fotografía me cuenta otra cosa muy distinta. No son simples decoraciones. Son ecos de una época en que esa fruta —esa misma fruta que hoy compramos sin pensarlo— hablaba en silencio del estatus, del poder y del esfuerzo de un anfitrión por demostrar que pertenecía a la élite.
A veces lo más extraordinario está justo frente a nosotros, esperando que descubramos su historia.

