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Ciencia y Tecnología·Inteligencia Artificial··9 min de lectura

Por qué creo que pronto habrá un apagón de internet

El próximo apagón de internet no cortará cables ni satélites: bastará con tumbar el DNS para que la red entera olvide cómo llamarse a sí misma.

Por qué creo que pronto habrá un apagón de internet

Algo se está volviendo más frecuente en las últimas semanas: ataques de hackers a grandes empresas que uno pensaría invulnerables. Incluso en mi país, Ecuador, varias instituciones importantes de gobierno y de banca privada han sido vulneradas en un lapso de pocos días —la Agencia Nacional de Tránsito, el Registro Civil, el Banco de Machala, entre otras— y los delincuentes informáticos se han llevado la data no de cientos ni de miles, sino de millones de usuarios. No es casualidad. Con el crecimiento de las capacidades de la inteligencia artificial, codificar exploits que vulneren servidores —más aún si están mal configurados— se vuelve cada vez más fácil: la barrera de entrada para este tipo de ataques se está eliminando.

Y con esto viene algo más a mi cabeza. Algún día, quizá pronto, no se va a caer una página web, ni una aplicación, ni una red social. Se va a caer algo más invisible: el mapa entero.

El mapa que casi nadie mira

Digo mapa porque internet, en el fondo, funciona así. Nosotros escribimos nombres: google.com, wikipedia.org, neomano.com. Pero las máquinas no viajan por nombres, sino por números: direcciones IP, rutas. Entre el nombre humano y la dirección de máquina existe una capa silenciosa que casi nunca miramos, el DNS, el sistema que traduce unos en otras. Cuando se habla de un «apagón de internet», la gente imagina cables submarinos cortados, satélites destruidos, centros de datos ardiendo o gobiernos apagando routers gigantes. Todo eso puede ocurrir, claro, pero hay una forma más elegante, más moderna y quizá más inquietante de provocar caos: no destruir internet, sino hacer que internet olvide cómo llamarse a sí mismo.

Ahí entran los root servers, una especie de primera mesa de información del DNS. No saben necesariamente dónde está cada sitio, pero saben hacia dónde dirigir la pregunta: si alguien pregunta por un dominio .com, .org o .ec, el sistema debe poder llegar, de alguna forma, a la raíz para saber quién maneja esa zona. La raíz no es toda la biblioteca, pero sí es el índice que permite encontrar los pasillos.

Durante mucho tiempo se repitió que existen 13 root servers, lo cual es técnicamente cierto y falso a la vez. Existen 13 nombres o direcciones lógicas, de la A a la M, pero no son trece computadoras solitarias en un sótano custodiado por hombres con audífonos: hoy esas direcciones están distribuidas mediante anycast en muchas ubicaciones físicas, operadas por 12 organizaciones independientes, y root-servers.org reporta más de 2.000 instancias del sistema raíz al 20 de mayo de 2026. En otras palabras, no hay un botón rojo que diga «apagar internet». Y sin embargo, la tentación existe.

El antecedente de 2007 y lo que cambió

Que alguien quiera atacar el DNS no es ninguna novedad: ya ocurrió. En 2007 hubo un ataque distribuido contra los servidores raíz, e ICANN reportó que seis de los trece fueron afectados y dos lo fueron gravemente, aunque el impacto para los usuarios finales fue limitado gracias a la ingeniería, la distribución y el uso de anycast.

Lo nuevo es que ahora existe una herramienta capaz de hacer más peligrosa la obsesión de un atacante: la inteligencia artificial. No porque la IA sea mágica, ni porque «piense» como un villano de película o despierte a las tres de la mañana con ganas de odiarnos. El peligro es más aburrido y, por eso mismo, más realista: la IA reduce costos. Ayuda a buscar información, automatizar tareas, escribir código, resumir documentación técnica, encontrar patrones, producir mensajes convincentes, coordinar intentos, traducir idiomas, simular escenarios y acelerar ciclos de prueba y error. El Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido advirtió en 2024 que la IA casi con seguridad aumentaría el volumen y el impacto de los ciberataques y bajaría la barrera de entrada para criminales novatos, hackers por encargo y hacktivistas, sobre todo en tareas de reconocimiento, ingeniería social y operaciones de acceso.

Y de que los gobiernos se lo toman en serio ya no cabe duda. El 12 de junio de 2026, el Departamento de Comercio de Estados Unidos hizo algo sin precedentes: ordenó a Anthropic suspender el acceso de cualquier ciudadano extranjero a Fable 5 y Mythos 5, sus dos modelos más avanzados, por considerarlos un riesgo de seguridad nacional dadas sus capacidades ofensivas en ciberseguridad. Anthropic, sin una forma confiable de separar a sus usuarios por nacionalidad, optó por apagar ambos modelos para todo el mundo, y así permanecieron más de dos semanas, hasta que Washington levantó las restricciones. Días después, OpenAI, a petición del propio gobierno, limitó el acceso a su nueva familia GPT-5.6 a una lista de «socios de confianza». Por primera vez en la historia, el acceso a un modelo de IA se manejó como la exportación de un arma estratégica: con licencias, listas de permitidos y cuarentena.

La paradoja es que, mientras Washington aprendía a poner modelos en cuarentena, en el otro extremo del mundo ocurría exactamente lo contrario. El 16 de julio de 2026, la china Moonshot AI presentó Kimi K3, un modelo de 2,8 billones de parámetros que la compañía describe como el mayor sistema de pesos abiertos jamás construido, y anunció que publicaría esos pesos bajo una licencia abierta antes de que terminara el mes. Con los pesos publicados no hay cuarentena posible: el modelo se descarga, se modifica y se ejecuta sin permiso de nadie, y ningún gobierno tiene un botón para retirarlo de circulación. La barrera de entrada no solo está bajando: está desapareciendo por los dos extremos, el del modelo cerrado que asusta a los gobiernos y el del modelo abierto que ya no necesita su permiso.

Durar más que la memoria

Un ataque breve contra la raíz probablemente no sería suficiente, porque internet tiene memoria. Los servidores DNS recursivos guardan respuestas en caché durante cierto tiempo, definido por el TTL (Time To Live): si un servidor ya sabe dónde está un dominio popular, puede responder sin volver a preguntarle a toda la jerarquía. Por eso un ataque de minutos puede ser invisible: la gente sigue entrando a los mismos sitios porque muchos nombres ya estaban resueltos, las aplicaciones siguen funcionando porque mantienen conexiones abiertas o tienen sus dominios en caché, y los sitios grandes resisten mejor porque todo el mundo los consulta todo el tiempo y sus respuestas se repiten en miles de resolvers.

Para que lo notemos, el ataque tendría que tener una característica especial: durar más que la memoria del sistema. Ahí está la clave. No bastaría con golpear fuerte: habría que golpear durante suficiente tiempo, en suficientes lugares y contra suficientes partes del proceso de resolución, hasta que las cachés empiecen a expirar y los servidores recursivos necesiten volver a preguntar.

Ahí comenzaría la sensación extraña. No se caería todo al mismo tiempo —eso sería demasiado cinematográfico—: primero fallarían algunos sitios, luego otros. Habría personas que entran desde una operadora pero no desde otra; países que verían errores que otros no ven; usuarios con un DNS público con una experiencia distinta a la de quien usa el de su proveedor; servicios móviles funcionando mientras ciertas páginas parecen muertas. Y habría conversaciones absurdas:

—A mí sí me abre.
—A mí no.
—Prueba con datos móviles.
—Prueba con otro DNS.
—Reinicia el router.
—No, espera: ahora tampoco me abre a mí.

Ese sería el apagón más moderno: no la oscuridad total, sino la inconsistencia. Internet seguiría allí, pero perderíamos confianza en su mapa, y la confianza, en infraestructura, es casi todo.

También podría ocurrir algo más inquietante: que los nombres no dejen de responder, sino que respondan mal. Ahí el problema deja de parecer un apagón y empieza a parecer una alucinación colectiva: sitios que apuntan donde no deben, servicios que no cargan, certificados que fallan, aplicaciones que creen estar hablando con un servidor sin lograr verificar nada. No haría falta que fallaran todos los dominios; bastaría con que fallaran suficientes dominios importantes para que la gente sintiera que «internet está raro». Esa frase podría ser el primer síntoma.

La resistencia no elimina el riesgo

La infraestructura raíz es más resistente de lo que la mayoría imagina. Anycast, redundancia, operadores independientes, monitoreo, cachés, DNSSEC, copias locales de la zona raíz y otras defensas hacen que el sistema no sea una torre de naipes. De hecho, el RFC 8806 describe un método para que los operadores de resolvers mantengan una copia local de la zona raíz, precisamente para dar respuestas más confiables durante ataques de red contra los root servers.

Pero la historia de la seguridad informática enseña algo incómodo: la resistencia no elimina el riesgo, solo sube el precio del ataque. Y la IA baja precios. Atacar algo así exigía antes saber mucho: semanas leyendo documentación técnica, paciencia para escribir herramientas, personas coordinando personas. Hoy esa documentación se resume en minutos, los prototipos se producen, se corrigen y se automatizan a una velocidad peligrosa, y los procesos se coordinan solos. Un atacante actual puede saber menos y preguntar mejor. La IA no convierte a cualquier adolescente en un genio del cibercrimen, pero convierte al atacante mediocre en uno menos mediocre, y al bueno en uno más rápido.

¿Quién querría apagar el mapa?

Entonces aparece la pregunta incómoda: ¿por qué alguien haría algo así? La primera motivación es la más simple y la más antigua: el odio. Hay personas que no quieren dinero, ni causa, ni negociación: solo quieren ver algo arder. Antes rompían vidrios, luego tumbaban páginas, después filtraban bases de datos; mañana podrían querer dejar una marca en la infraestructura que todos damos por sentada, no porque ganen algo práctico, sino porque la destrucción también puede ser una forma enferma de expresión.

La segunda motivación es el dinero. Quien demuestre que puede afectar la resolución de nombres a gran escala, aunque sea por poco tiempo, puede extorsionar. Bancos, bolsas, gobiernos, proveedores de nube, plataformas de comercio electrónico, operadores de telecomunicaciones: todos dependen de que los nombres funcionen, y un apagón parcial de DNS durante una hora puede costar más que muchos rescates tradicionales. En el mundo digital, la interrupción es una moneda.

La tercera es la fama, aunque no la fama normal de entrevistas, fotos y biografía, sino una fama extraña: sin rostro, de alias, de manifiesto publicado en algún rincón oscuro; la fama de «yo fui quien hizo que todos miraran el cielo y se preguntaran por qué no había señal». Una fama contradictoria, además: querer ser conocido sin ser identificado, pasar a la historia sin aparecer en ella, hacer que millones sufran una molestia para que unos pocos en un foro digan «ese tipo lo logró».

También puede haber motivaciones políticas, militares o ideológicas: un ataque así serviría como demostración de fuerza, distracción, represalia o ensayo. Pero me interesa más la motivación pequeña, casi humana: la del resentido, la del ambicioso, la del invisible. Porque la IA no solo empodera a los grandes actores; también le da herramientas nuevas a la soledad mal dirigida.

Un temblor, no el fin del mundo

Es posible que no veamos un gran apagón mundial, sino algo más modesto: un apagón regional, una falla masiva de resolución, un ataque contra varios proveedores recursivos, una cadena de incidentes que parezcan aislados hasta que alguien una los puntos. Quizá no dure días, sino horas; pero le bastará para que los bancos no carguen, las apps fallen, los sitios desaparezcan y medio mundo crea que el problema es su router. Y cuando pase, muchos descubrirán por primera vez que internet no es una nube, sino una colección de acuerdos, protocolos, servidores, rutas, cachés y personas que, milagrosamente, casi siempre cooperan.

La IA no inventó la fragilidad de internet: solo puede hacerla más explotable. Quizá por eso creo que pronto veremos un apagón. No necesariamente el fin de internet ni una escena apocalíptica, sino una advertencia: un temblor lo bastante grande como para recordarnos que la civilización digital descansa sobre capas que casi nadie conoce. Y ese día, cuando abramos el navegador y nada cargue, no estaremos necesariamente desconectados. Tal vez solo estaremos perdidos: el camino seguirá allí, pero el mapa habrá dejado de responder.

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