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Historia·Curiosidades··6 min de lectura

Rinoplastia: la cirugía plástica más antigua de lo que crees

La rinoplastia nació en la India hace más de 2.500 años para reconstruir narices amputadas como castigo. Así empezó la cirugía plástica.

Rinoplastia: la cirugía plástica más antigua de lo que crees

Pocas operaciones parecen tan hijas de nuestro tiempo como la rinoplastia: la asociamos con celebridades, clínicas de lujo y la obsesión contemporánea por el espejo. Sin embargo, es una de las intervenciones quirúrgicas más antiguas de las que se tiene registro escrito: ya se practicaba en la India hace más de 2.500 años. Y su origen no tuvo nada de vanidoso: nació para devolverle la cara a quienes la habían perdido por castigo.

La India, cuna de la cirugía

La medicina hindú es una de las tradiciones más antiguas del mundo. Su texto central, el Ayurveda (de ayur, «duración de la vida», y veda, «saber»), entendía la salud como el perfecto equilibrio de tres elementos corporales —el aire, la bilis y la flema— y mezclaba la filosofía con un enorme arsenal de remedios vegetales. Pero donde los médicos hindúes no tenían rival era en la cirugía.

Mientras en Europa operar era oficio de barberos, en la India la cirugía era una tradición respetada, con un instrumental sorprendente para la época: escalpelos, sierras, tijeras, fórceps, sondas y ganchos. Los aprendices practicaban haciendo incisiones en calabazas y sacos de cuero, y cortando las venas de animales muertos: una escuela de cirugía experimental que no existía en ningún otro lugar del mundo. Para soportar el dolor —faltaban más de dos milenios para que alguien se pusiera serio con la anestesia— los pacientes recibían vino en abundancia antes de pasar por el bisturí.

De esa tradición surgió Sushruta, que habría vivido hacia el siglo VI a. C. y al que hoy se considera el padre de la cirugía. El texto que lleva su nombre, la Sushruta Samhita, describe con detalle técnico decenas de procedimientos, entre ellos una operación asombrosa para cualquier época: la reconstrucción de la nariz.

El castigo que creó una especialidad

¿Por qué la India antigua necesitaba reconstruir narices? Por una costumbre judicial terrible: cortar la nariz era un castigo habitual para delitos como el robo y, sobre todo, el adulterio. La nariz era el asiento del honor; quien la perdía quedaba marcado de por vida como criminal, condenado a la vergüenza pública. A eso se sumaban las mutilaciones de guerra, así que la demanda de narices nuevas era constante.

La solución que desarrollaron los cirujanos indios era tan ingeniosa que sigue usándose, con refinamientos, en la actualidad: el colgajo frontal. Se trazaba una plantilla con una hoja sobre el muñón, se cortaba una lengüeta de piel de la frente —sin despegarla del todo, para que conservara su irrigación—, se giraba sobre sí misma hasta cubrir la zona y se le daba forma de nariz, dejando unos tubos de caña para que el paciente pudiera respirar. Semanas después, cuando el injerto había prendido, se cortaba el puente de piel que lo unía a la frente. La cicatriz en la frente era el precio; la nariz nueva, el milagro.

Grabado de 1794 publicado en The Gentleman's Magazine con el retrato de Cowasjee y el diagrama de la rinoplastia con colgajo frontal

La técnica se transmitió durante siglos como un oficio familiar, casi secreto, hasta que en 1794 saltó a la prensa europea. Ese año, la revista londinense The Gentleman's Magazine publicó el caso de Cowasjee, un conductor de bueyes del ejército inglés al que los hombres del sultán Tipu le habían cortado la nariz y una mano durante la guerra de 1792. Un cirujano de la casta de los alfareros le reconstruyó la nariz con el método tradicional, ante dos médicos británicos que no daban crédito a lo que veían. El grabado que acompañaba al caso lo presentaba como «una operación singular», y así Europa descubrió que en la India llevaban siglos haciendo lo que sus propios cirujanos apenas imaginaban.

La epidemia que trajo la rinoplastia a Europa

En realidad, Europa ya tenía su propia tradición, nacida de otra epidemia de narices perdidas. A finales del siglo XV, la sífilis se extendió por el continente como un incendio —cada país la bautizó con el nombre de su enemigo: mal francés, mal español, mal de Nápoles—. En sus fases avanzadas, la enfermedad destruye el tabique nasal y deja el puente hundido, la llamada «nariz en silla de montar», tan visible como un estigma. Entre sifilíticos, duelistas y soldados, los cirujanos del Renacimiento encontraron abundante clientela.

Uno de los primeros fue el alemán Heinrich von Pfolspeundt, que hacia 1460 describió cómo reconstruir una nariz con piel del brazo. Guardaba sus métodos con celo de alquimista; a sus discípulos les aconsejaba:

«Si alguien llega a ti con la nariz desprendida, no dejes que nadie te vea y hazle jurar que no le contará a nadie cómo le has curado».

El maestro indiscutible fue, sin embargo, el italiano Gaspare Tagliacozzi (1545-1599), profesor de la Universidad de Bolonia. Su técnica del colgajo braquial es tan teatral como eficaz: se levantaba una lengüeta de piel del antebrazo del paciente y se suturaba a la cara —con el brazo inmovilizado contra la cabeza mediante un arnés— durante las semanas necesarias para que el injerto prendiera. Solo entonces se cortaba el puente y el paciente recuperaba su brazo y estrenaba nariz. Su fama era tal que, según se contaba, tenía una lista de espera de cuarenta pacientes. En la Universidad de Bolonia aún se puede ver su estatua, inmortalizado de una forma un tanto peculiar: con una nariz en la mano.

Ilustración del tratado De curtorum chirurgia per insitionem (1597) de Gaspare Tagliacozzi: un paciente con el brazo inmovilizado contra la cara para el injerto de nariz

A su muerte, cuenta la leyenda, la Iglesia —que nunca ha sido ajena a los cadáveres incómodos— hizo exhumar su cuerpo de la tierra consagrada por haberse atrevido a jugar a ser Dios rehaciendo rostros. Cierta o no, la anécdota dice mucho del lugar incómodo que ocupaba esta cirugía: mitad milagro, mitad herejía.

La guerra que fundó la cirugía plástica moderna

El salto definitivo llegó, como tantos avances médicos, de la mano de una catástrofe. La Primera Guerra Mundial produjo miles de soldados con el rostro desfigurado por explosiones y quemaduras, hombres que no podían volver a la vida civil con esas caras. Para ellos, el cirujano neozelandés Harold Gillies montó en Inglaterra un hospital dedicado por completo a la reconstrucción facial, donde realizó miles de operaciones y perfeccionó los injertos y colgajos que hoy son pan común. Por eso se le considera el padre de la cirugía plástica moderna.

El siglo XX hizo el resto: llegó el dermatoma motorizado, capaz de cortar láminas de piel uniformes del grosor deseado; el descubrimiento del factor de crecimiento epidérmico permitió cultivar en el laboratorio la piel de un quemado y reimplantarla sobre sus propias lesiones; y la microcirugía hizo posible conectar vasos y nervios bajo el microscopio, hasta el punto de reimplantar manos y pies amputados.

Y sin embargo, nada de esto habría empezado sin aquellos cirujanos anónimos de la India que, veinticinco siglos atrás, decidieron que un castigo no tenía por qué ser una condena de por vida. Hoy la rinoplastia se hace frente al espejo y no por decreto judicial —menos mal—, pero en el fondo sigue siendo lo que siempre fue: la cirugía que le devuelve la cara a la gente. No está mal para una técnica que nació en un patio de castigos.

Referencias

  1. Pedro Gargantilla, Historia curiosa de la medicina, Function, edición Kindle.
  2. «A Singular Operation», The Gentleman's Magazine, vol. 64, Londres, octubre de 1794. archive.org
  3. Sushruta Samhita, traducción inglesa de Kaviraj Kunja Lal Bhishagratna, Calcuta, 1907-1916. archive.org
  4. Gaspare Tagliacozzi, De curtorum chirurgia per insitionem, Venecia, 1597. archive.org
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