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Literatura·Ecuador··3 min de lectura

Entomología y aviación

Los hijos de piloto cuentan buenas historias. Esta empieza con un reflector encendido en un hangar de la Amazonía y termina en una colección de insectos.

Entomología y aviación

He llegado a la conclusión de que los hijos de piloto cuentan buenas historias. Ayer caí en cuenta que es al menos la tercera vez en mi vida que escucho anécdotas memorables de un hijo de aviador.

La primera que recuerdo me la contó un amigo uruguayo, hace unos veinte años, tomando un café en Buenos Aires, mientras me relataba las hazañas de su padre en la avioneta fumigadora, una Cessna 188. Horas de anécdotas interesantes, volando de un pueblo a otro con su traje “de astronauta” que luego lavaba en una gran tina para sacarle los remanentes de los insecticidas tóxicos que se pegaban al traje blanco durante el vuelo. Era su protección, pero también su uniforme, donde iba pegando insignias que él mismo hacía y cosía, porque nadie más se las daba. Al final de su vida de piloto, se había condecorado más de 20 veces, por arriesgadas hazañas para salvar su propia vida y la de su valiosa avioneta.

La segunda me llega a cuentagotas en los cafés inter-semanales con dos buenos amigos: Paul y Chento. Paul deja caer, entre un tema y otro, alguna historia de su papá piloto y militar: la guerra del Cenepa, los cazas Mirage y Kfir, la legación ecuatoriana en París y otras aventuras.

Ayer escuché otra, que la resumo más o menos así.

El padre de un gran historiador guayaquileño y prolífico escritor, era piloto privado. La vida de un piloto a veces es itinerante y nómada, hay que volar lejos y hacer base donde el deber llama o el trabajo obliga. Entonces, el padre aviador, para pasar más tiempo con el hijo mozalbete, se lo llevó al Oriente, donde había selva y un pequeño hangar donde dormía su avioneta.

Para que su hijo Melvin, de 9 años, no se aburra, decidió darle una tarea; que se convertiría a la postre en su afición, y la afición, en obsesión: recolectar insectos. Quizá incluso este invierno de aventuras en el Oriente, fue el inicio de su transitar por el mundo del coleccionismo y la historia. Hay cosas que a uno lo marcan, sin que uno se dé cuenta en su momento.

También supongo que si uno quiere recolectar insectos no hay mejor lugar que la selva amazónica, pero tampoco es que los insectos vuelan a sus cajas y allí se duermen disecados. Estar en el lugar correcto es sólo una oportunidad, aprovecharla depende de uno mismo, así que el papá piloto tenía un plan: dejaría el reflector del hangar encendido durante la noche y por la mañana, a primera hora, Melvin iría a recolectar los especímenes que habían sido atraídos por el “cebo luminoso”.

Su padre le enseñó a clavar el alfiler en el lugar correcto y esperar. Esperar y esperar. A sumergir al insecto en formol y esperar de nuevo. A dejarlo secar. A acomodar las patas de los escarabajos sin que se rompan, a clasificar y ordenar. A investigar. ¿Qué insecto era?, ¿macho o hembra? Al poco tiempo tuvo repetidos y comenzó a intercambiarlos con otros coleccionistas. También aprendió a distinguir un buen ejemplar y a perseguir a los ejemplares raros, exóticos. Me contó de una especie de escarabajo de oro, completamente dorado, que aparentemente se extinguió y fue visto por última vez en una bananera por la zona de Quevedo. Por alguna razón, era frecuente verlo en bananeras. El famoso escarabajo de oro de Bernard Fougères, fue un obsequio mío, me dijo.

Cuando tuve la oportunidad de visitar su casa y acercarme al mueble donde guarda su colección, me invitó a abrir sus gavetas entomológicas – dignas de museo –- donde ordena sus especímenes. Allí, debajo del vidrio protector, me señaló dos coleópteros entre los miles que había clasificado y me explicó que eran macho y hembra y los había recolectado con su padre. Me sorprendió mucho que a pesar de que ninguno de los miles de ejemplares tenía etiqueta, se sabía de memoria sus nombres y su origen. Cada insecto tenía una historia digna de contarse, algunos habían pasado por otras manos y formado parte de colecciones de personajes ilustres; pero entre todo ese ejército de ejemplares allí resaltaban los dos de aquel invierno en el Oriente, los que decidió enseñarme primero, porque a lo mejor fueron el inicio de todo, allá en el hangar iluminado de la Amazonía.

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