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Literatura·Ciencia y Tecnología·Curiosidades··4 min de lectura

Asimov: el hombre que escribió de todo (literalmente)

Isaac Asimov publicó unos 500 libros: ciencia ficción, sí, pero también historia, química, Shakespeare, la Biblia y hasta humor. Esta es su historia.

Por Edgar Landívar

Asimov: el hombre que escribió de todo (literalmente)

Las bibliotecas del mundo organizan sus libros con el sistema decimal Dewey, que divide todo el conocimiento humano en diez grandes categorías: filosofía, religión, ciencias sociales, lenguas, ciencias puras, tecnología, artes, literatura, historia y obras generales. Pues bien: hay un solo autor del que se suele decir que tiene libros en nueve de las diez categorías — y hay bibliotecarios que juran que en las diez. Ese autor es Isaac Asimov, y el dato resume mejor que cualquier elogio la carrera más desbordada de la literatura moderna: alrededor de quinientos libros publicados. El mundo lo recuerda como un escritor de ciencia ficción, y lo fue, glorioso. Pero ese es apenas un cajón de su biblioteca.

El niño de la dulcería

Asimov nació en 1920 en una aldea rusa y llegó a Brooklyn a los tres años. Sus padres compraron una dulcería que abría de seis de la mañana a una de la madrugada, y ahí, entre caramelos y periódicos, el niño descubrió las revistas de relatos baratos que su padre vendía pero le prohibía leer — salvo las de ciencia ficción, que se salvaron porque tenían la palabra «ciencia». De esa rendija salió todo. El muchacho resultó superdotado, se doctoró en bioquímica en Columbia y llegó a profesor de la escuela de medicina de la Universidad de Boston, donde descubrió lo que de verdad sabía hacer mejor que nadie: explicar. Él mismo lo definió con una de sus frases marca de la casa: «No soy un lector veloz. Soy un entendedor veloz».

El cajón famoso: robots e imperios

Su ciencia ficción habría bastado para la inmortalidad. La saga de la Fundación —un imperio galáctico que se derrumba y un matemático que calcula el futuro con su «psicohistoria»— ganó el Hugo a la mejor serie de todos los tiempos derrotando nada menos que a El Señor de los Anillos. Sus relatos de robots nos regalaron las célebres Tres Leyes de la Robótica, y de paso un detalle exquisito: Asimov inventó la palabra «robótica» sin darse cuenta — la usó en un cuento de 1941 convencido de que ya existía, y el diccionario terminó dándole la razón por adelantado. Pocos escritores pueden presumir de haberle puesto nombre a una disciplina científica por accidente.

Los otros nueve cajones

Pero aquí viene lo que mucha gente no sabe, y es el corazón de este artículo: la ciencia ficción es minoría en la obra de Asimov. El grueso de sus quinientos libros es divulgación y ensayo, con una amplitud que parece broma: una Guía de la Biblia en dos tomos y una Guía de Shakespeare, obra por obra. Historias de Grecia, de Roma, de Egipto, de Inglaterra, de Francia, hasta una cronología del mundo entero. Manuales de física, de química, de astronomía, de matemáticas. Anotó el Paraíso perdido de Milton y los viajes de Gulliver. Escribió cuentos de misterio sin una gota de ciencia ficción, un tesoro del humor, y —el cajón que más sorprende a los solemnes— varios tomos de limericks subidos de tono. Durante 33 años, además, publicó 399 columnas mensuales consecutivas de divulgación científica en una revista, sin fallar una sola, hasta que la salud lo detuvo a las puertas de la número 400. Sumó tres autobiografías, porque su vida favorita para contar era la propia.

La máquina de escribir feliz

¿Cómo se escriben quinientos libros? Con un método que ya conocemos en este blog: la obsesión gozosa. Asimov tecleaba a noventa palabras por minuto, trabajaba de ocho de la mañana a diez de la noche los siete días de la semana, y a diferencia de casi cualquier escritor, no sufría: el teclado era su lugar feliz. Odiaba viajar —voló dos veces en su vida y juró no repetir—, se declaraba «claustrófilo» (amaba los espacios cerrados; soñaba con escribir en un camarote sin ventanas) y despachaba el asunto con su humor habitual: «Si el médico me dijera que me quedan seis minutos de vida, no me lamentaría. Teclearía un poco más rápido».

Murió en 1992; una década después su familia reveló que la causa fue el VIH contraído en una transfusión durante una cirugía cardíaca, secreto que guardaron por consejo médico — un final injusto y silencioso para el hombre más comunicativo de su siglo. Su herencia visible son los libros; la invisible es la estirpe que dejó: la de los que convierten una curiosidad sin fondo en regalo público, como el wikipedista Steven Pruitt, que es, sin saberlo, su nieto espiritual. Asimov resumió el credo de esa familia en una línea que sigue siendo la mejor defensa del oficio de explicar: escribía por la misma razón por la que respiraba — porque si no, se moría.

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