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Ciencia y Tecnología·Historia··5 min de lectura

El daguerrotipo: la foto que exigía quedarse inmóvil

El daguerrotipo fue la primera fotografía que se pudo comprar: placas de plata, vapor de mercurio y minutos sin pestañear frente a la cámara.

El daguerrotipo: la foto que exigía quedarse inmóvil

Imagina que para tomarte una foto tuvieras que sentarte frente a una caja de madera, apoyar la nuca en una abrazadera de metal y quedarte petrificado durante varios minutos, sin pestañear ni tragar saliva, mientras el fotógrafo contaba los segundos en voz baja. Así se hacía un retrato en 1840. El daguerrotipo fue la primera forma de fotografía que se vendió al público, y también la más exigente: producía imágenes de una nitidez asombrosa a cambio de una quietud casi imposible. Esta es la historia de ese invento y de lo que costaba, literalmente, quedarse quieto ante él.

1839: el año en que nació la fotografía

El invento lleva el nombre de Louis-Jacques-Mandé Daguerre, un pintor y escenógrafo francés que llevaba años buscando la forma de fijar la imagen que se formaba dentro de una cámara oscura. En enero de 1839 anunció su proceso ante la Academia de Ciencias de París, y el 19 de agosto de ese mismo año el gobierno francés hizo público el método completo y lo declaró un regalo «gratis para el mundo». Por eso el 19 de agosto se celebra hoy como Día Mundial de la Fotografía.

Hubo una excepción llamativa: Inglaterra. Pocos días antes de que Francia liberara el invento, un agente de Daguerre había registrado una patente británica, de modo que en el Reino Unido y sus colonias sí había que pagar licencia. El resto del planeta pudo copiar el proceso desde el primer día, y eso explica la velocidad con que se propagó. Si quieres el panorama completo de cómo se llegó hasta aquí, lo contamos en cómo funcionaban las primeras cámaras fotográficas.

Cómo se hacía un daguerrotipo, paso a paso

El daguerrotipo no usaba papel ni película: la imagen se formaba directamente sobre una placa de cobre recubierta de plata, pulida hasta quedar como un espejo. El proceso tenía cuatro etapas, y cada una era un pequeño ritual de química.

Primero, en la oscuridad, la placa se exponía a vapores de yodo, que reaccionaban con la plata para formar yoduro de plata, una capa sensible a la luz. Luego se colocaba dentro de la cámara y se exponía apuntando al modelo o al paisaje. Después venía el paso más peculiar: el revelado con mercurio. La placa se ponía boca abajo sobre un recipiente de mercurio calentado a unos 60–65 °C, y los vapores se adherían a las zonas que habían recibido más luz, formando una amalgama blanquecina que hacía aparecer la imagen como por arte de magia. Por último, la placa se fijaba con una solución salina (más tarde con hiposulfito de sodio) para que dejara de ser sensible y no se ennegreciera al mirarla.

El resultado era una imagen única, imposible de reproducir, con un detalle que todavía hoy sorprende. Pero tenía una rareza: como se veía sobre plata pulida, había que inclinarla en el ángulo justo para que la imagen apareciera; de frente parecía un simple espejo. Y estaba invertida lateralmente, como tu reflejo.

El suplicio de posar

El gran enemigo del daguerrotipo era el tiempo. En 1839, una exposición podía durar entre tres y quince minutos. Eso hacía casi imposible retratar a una persona: nadie aguanta un cuarto de hora sin moverse. Al principio el daguerrotipo servía sobre todo para edificios y paisajes, cosas que tenían la cortesía de no respirar.

Para los retratos hubo que inventar toda una parafernalia de inmovilización. Los estudios usaban reposacabezas y abrazaderas de metal ocultas detrás del cliente, que le sujetaban la nuca y la espalda para impedir el más mínimo temblor. El fotógrafo pedía que no se pestañeara y que se respirara lento. Cualquier movimiento se traducía en un rostro borroso o fantasmal. Esa tensión de estatua es una de las razones por las que nadie sonríe en las fotos antiguas: mantener una sonrisa varios minutos es agotador, y lo prudente era poner cara neutra y no moverse.

La situación mejoró rápido. Con lentes más luminosas —como el objetivo Petzval de 1840— y el uso de bromo como acelerador, hacia 1842 la exposición para un retrato ya había bajado a alrededor de un minuto. Seguía siendo una eternidad para los estándares de hoy, pero por fin era posible fotografiar a la gente sin torturarla del todo.

La fiebre del daguerrotipo

El entusiasmo fue inmediato y global. La prensa de la época bautizó el fenómeno como «daguerrotipomanía»: en cuestión de meses abrieron talleres por toda Europa y América. Estados Unidos, en particular, se enamoró del invento. Hacia 1850 solo en la ciudad de Nueva York funcionaban más de setenta estudios de retrato, y las grandes ciudades competían por tener los locales más lujosos, instalados en los pisos altos para aprovechar la luz del sol.

Por primera vez, tener un retrato dejó de ser un privilegio de ricos que podían pagar a un pintor. Una familia de clase media podía llevarse a casa la imagen exacta de un ser querido, algo impensable una generación antes. Aquellas placas guardadas en estuches forrados de terciopelo son hoy ventanas irrepetibles a un mundo perdido, como las que aparecen en las fotografías de hace un siglo.

El precio oculto: mercurio en el aire

Detrás de la magia había un veneno. El revelado con vapores de mercurio calentado exponía a los daguerrotipistas, día tras día, a una sustancia extremadamente tóxica. La intoxicación por mercurio —temblores, problemas neurológicos, la misma que volvía «locos» a los sombrereros del siglo XIX— fue un riesgo real del oficio. El fotógrafo neoyorquino Jeremiah Gurney, uno de los más célebres de su tiempo, sufrió en 1852 un caso agudo que lo apartó del trabajo durante meses. La belleza de aquellas imágenes tenía un costo que no se veía en la placa.

Por qué desapareció

Su reinado fue intenso pero breve. El daguerrotipo arrastraba dos defectos que nunca pudo resolver: cada placa era una imagen única que no se podía copiar, y el proceso era caro y delicado. A finales de la década de 1850 llegaron alternativas más baratas y prácticas —el ambrotipo sobre vidrio y el ferrotipo sobre metal—, y sobre todo se impuso el principio del negativo, que permitía sacar todas las copias que uno quisiera de una sola toma. Hacia 1860 el daguerrotipo era ya una curiosidad del pasado.

Duró apenas veinte años, pero cambió para siempre la relación de la humanidad con su propia imagen. Antes de 1839, la mayoría de las personas moría sin dejar un solo retrato de su rostro; después, cualquiera podía mirarse a los ojos décadas más tarde. La próxima vez que te tomes una selfie en una décima de segundo, piensa en aquel señor de 1840 con la nuca sujeta por una abrazadera de hierro, aguantando la respiración mientras el mercurio hacía su trabajo.

Referencias

  1. «The Daguerreotype Medium», Library of Congress. loc.gov
  2. «The Daguerreian Era and Early American Photography on Paper, 1839–1860», The Metropolitan Museum of Art. metmuseum.org
  3. «August 19, 1839 – Louis Daguerre presents the daguerreotype», Rincón educativo. rinconeducativo.org
  4. «The Invention of the Daguerreotype Process», Copper Development Association. copper.org

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