Alfonso Graña, el español que se convirtió en rey de una tribu amazónica
Alfonso Graña huyó del hambre de Galicia, se perdió en la Amazonía y acabó proclamado rey de los jíbaros del Alto Marañón. La historia real de Alfonso I.

Un campesino gallego, muerto de hambre, cruza el Atlántico a finales del siglo XIX, se pierde en la selva amazónica y termina convertido en rey de los jíbaros, los mismos indígenas famosos por reducir cabezas humanas. No es una leyenda de taberna. El hombre se llamaba Alfonso Graña y, durante más de una década, para media selva del Alto Marañón fue Alfonso I de la Amazonía.
Un hambriento de Ourense
Alfonso Graña nació el 5 de marzo de 1878 en la parroquia de Amiudal, en Avión, un pueblo de la provincia de Ourense, en Galicia. Le tocó la Galicia del hambre, esa que durante décadas expulsó a cientos de miles de campesinos hacia América. Como tantos otros, siendo muy joven hizo las maletas y se embarcó hacia el otro lado del océano buscando cualquier cosa que se pareciera a un futuro.
Primero recaló en Brasil y después en el Perú. Y allí se metió en el negocio que en esos años movía la Amazonía entera: el caucho. Graña fue uno de los miles de recolectores anónimos que se internaban en la selva a sangrar árboles durante la época en que la Amazonía fue el lugar más rico del planeta. Con base en Iquitos, ese puerto fluvial que la fiebre del caucho volvió millonario y estrafalario, se pasó años buscando látex y, cuando se pudo, oro.
Lo describen como un hombre alto, delgado, de aspecto frágil y con gafas. No exactamente la estampa que uno imagina de un rey guerrero de la selva.
La selva se lo tragó
Hacia 1922 el negocio del caucho se vino abajo. Las plantaciones asiáticas de los ingleses habían reventado el precio y la Amazonía se quedó, de un día para otro, sin su gallina de los huevos de oro. Muchos recolectores lo perdieron todo. Graña, en lugar de volver a la costa, hizo lo contrario: se internó todavía más adentro, hacia los rincones más remotos de la selva peruana. Y ahí, sencillamente, se le perdió el rastro.
La versión más difundida —parte documentada, parte leyenda— cuenta que un grupo de guerreros jíbaros lo sorprendió, mató a su acompañante y estuvo a punto de matarlo también a él. Lo que le salvó la vida, dicen, fue que la hija del jefe de la tribu se encariñó con aquel forastero flaco y de gafas. En vez de acabar con la cabeza reducida colgando de una lanza, Alfonso Graña se quedó a vivir entre ellos.
Quiénes eran (y son) los jíbaros
Conviene aclarar algo, porque "jíbaro" es una palabra cargada. Es el nombre que los españoles le pusieron a un conjunto de pueblos amazónicos emparentados que habitan a ambos lados de la frontera entre Ecuador y Perú: los shuar y los achuar del lado ecuatoriano, y los aguaruna (awajún) y huambisa (wampis) del lado peruano. Ellos no se llaman a sí mismos jíbaros; es un exónimo, y hoy muchos lo consideran despectivo.
Su fama en el mundo entero viene de una práctica real: la tsantsa, la cabeza reducida. A los enemigos caídos en combate les cortaban la cabeza y, mediante un proceso de descarnado y cocción, la reducían al tamaño de un puño como trofeo ritual. Fue precisamente esa reputación de guerreros temibles la que mantuvo a estos pueblos indómitos durante siglos: ni el imperio inca ni la corona española lograron someterlos de verdad. Y a esa gente fue a caer, sin buscarlo, un campesino de Ourense.
Cómo un gallego termina de rey
Aquí la historia se pone borrosa, y es honesto decirlo. Según el relato más repetido, Graña se casó con la hija del cacique y, cuando el viejo jefe murió, la tribu lo reconoció a él como sucesor. De ahí el título con el que ha pasado a la posteridad: apu, que en esas lenguas significa algo así como jefe o señor. Los cronistas españoles, siempre generosos con el mito, lo ascendieron a "rey" y lo bautizaron Alfonso I.
Lo más razonable es pensar que no fue un rey en el sentido europeo —con corona y trono—, sino un apu de apus, un jefe respetado capaz de mediar entre clanes que llevaban generaciones enfrentados. Que un forastero blanco lograra eso ya es extraordinario de por sí. En un mundo lleno de reinos inventados y de países que solo existían en la imaginación de un estafador, lo curioso del reino de Alfonso Graña es que, con todas sus exageraciones, algo de real tenía.
Las crónicas hablan de un territorio inmenso, entre los ríos Nieva, Santiago y el Alto Marañón. Los más entusiastas llegaron a decir que dominaba una extensión "como media España". Conviene tomárselo con pinzas: eran selvas sin fronteras trazadas ni censos, y buena parte de esas cifras vienen de periodistas que romantizaron la historia años después. Pero incluso descontando la leyenda, queda un hecho sólido: durante unos doce años, un gallego fue la máxima autoridad reconocida en una porción enorme y peligrosísima de la Amazonía.
Qué clase de rey fue
Lo interesante es que Graña no gobernó a punta de fusil, sino de utilidad. Era el único blanco de la zona, y usó lo que sabía del mundo exterior para hacerse imprescindible. Les enseñó técnicas nuevas para construir viviendas, curtir pieles, obtener sal y secar el paiche, ese pez gigante de los ríos amazónicos que puede medir más de dos metros. Cuando bajaba a Iquitos, volvía cargado de novedades del mundo de fuera. Hizo de puente entre dos épocas que no deberían haberse tocado.
Sobrevivir décadas en esa selva no era menor: las fiebres mataban más que las lanzas, en un tiempo en que la única defensa contra el paludismo era la corteza de quina que había hecho famosa a la región. Que un hombre frágil y con gafas aguantara todo eso dice bastante de su tozudez.
Su influencia era tan real que, según varias fuentes, cuando la petrolera estadounidense Standard Oil quiso hacer prospecciones en el Alto Marañón, tuvo que negociar con él el permiso para entrar. Que una multinacional del petróleo tuviera que sentarse a tratar con un campesino gallego reconvertido en jefe jíbaro es, quizá, la mejor medida de hasta dónde llegaba su autoridad.
El avión caído en su río
Hay un episodio que parece de novela y que, sin embargo, está fechado. En febrero de 1933, en plena tensión entre Perú y Colombia por el conflicto de Leticia, una escuadrilla de hidroaviones peruanos fue sorprendida por una tormenta brutal sobre el pongo de Manseriche. Uno de los aparatos se estrelló en la espesura y su piloto, el joven arequipeño Alfredo Rodríguez Ballón, murió a causa de las heridas. Cayó, precisamente, en el río Nieva: el corazón del territorio de Graña.
Cuenta la historia que Graña recuperó el cuerpo, lo embalsamó como pudo, le construyó un féretro con madera y planchas metálicas del propio avión y lo hizo transportar en balsas, río abajo, a través de rápidos y selva, hasta Iquitos, para que el aviador pudiera tener un entierro digno. Si el nombre de Rodríguez Ballón les suena, es porque hoy el aeropuerto internacional de Arequipa lleva su nombre. Su último viaje lo organizó un rey gallego en medio de la nada.
El final del reino
El reinado terminó como terminan casi todos: sin épica. En diciembre de 1934, con 56 años, Alfonso Graña murió de un cáncer de estómago mientras se dirigía a su fundo del Marañón. Durante mucho tiempo su muerte fue apenas un rumor entre rumores, hasta que décadas después el investigador Maximino Fernández Sendín encontró una carta que la confirmaba y reconstruyó la biografía del personaje, rescatándolo del limbo entre la historia y el cuento.
Nadie sabe con certeza qué fue de sus restos, ni cómo despidieron los jíbaros a su apu forastero. Como buena parte de su vida, el final se lo tragó la selva.
Quién reina hoy en esas tierras
La historia tiene un epílogo que a Graña le habría gustado, aunque le quita protagonismo. En noviembre de 2015, los pueblos wampis de las cuencas de los ríos Santiago y Morona —los mismos huambisa entre los que reinó el gallego— se reunieron y proclamaron el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampís, el primer gobierno indígena autónomo de la Amazonía peruana. Hoy administran por sí mismos más de un millón de hectáreas de selva y le exigen al Estado peruano que ninguna petrolera o minera entre en su territorio sin su consentimiento.
Es decir: un siglo después, la tierra que un forastero llegó a "reinar" la gobiernan sus propios habitantes, sin necesidad de ningún Alfonso I. Y quizá esa sea la mejor manera de contar esta historia: no como la de un europeo que domó a unos salvajes —ese es el molde colonial de siempre—, sino como la de un pobre de Ourense que, en vez de conquistar la selva, tuvo la sensatez de dejar que la selva lo adoptara.
No está nada mal para un muerto de hambre que salió de Galicia sin saber leer un mapa.
Fuentes consultadas
- Wikipedia — Alfonso I de la Amazonía (Alfonso Graña)
- El Español — «Alfonso I, el gallego que se perdió en el Amazonas»
- Infobae — «Alfonso Graña, proclamado Rey de los Jíbaros»
- Wikipedia — Alfredo Rodríguez Ballón (el aviador del río Nieva)
- Wikipedia — Gobierno Autónomo Territorial de la Nación Wampís
Referencias
- Maximino Fernández Sendín, Alfonso I de la Amazonía, rey de los jíbaros: la increíble y veraz historia de Alfonso Graña, el gallego que reinó entre las tribus jíbaras del Alto Marañón (biografía documental). Reseña en Dialnet.
- IWGIA, «La Nación Wampis: el primer gobierno indígena autónomo del Perú» (Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampís, constituido el 28 de noviembre de 2015). iwgia.org
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