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Historia·Curiosidades··3 min de lectura

Poyais: el país que no existía

Gregor MacGregor inventó un país centroamericano, Poyais, y vendió bonos y tierras a cientos de británicos que zarparon hacia una nación inexistente.

Por Edgar Landívar

Poyais: el país que no existía

En la historia de las grandes estafas hay timos de joyas, de cuadros y de pirámides financieras. Pero Gregor MacGregor hizo algo que nadie había intentado antes ni ha vuelto a igualar: inventó un país entero, lo llamó Poyais, le diseñó bandera, moneda y constitución, y vendió pedazos de él a cientos de personas que cruzaron el Atlántico para vivir en una nación que solo existía en su imaginación.

Un escocés en las guerras de independencia

MacGregor era un militar escocés con una hoja de servicios real, aunque inflada por él mismo a cada paso. Tras pelear en el ejército británico, viajó a Sudamérica y combatió en las guerras de independencia junto a Simón Bolívar, llegando a general. De aquellos años volvió con un título mucho más jugoso que cualquier medalla: aseguraba que un rey indígena de la Costa de los Mosquitos, en la actual Honduras, le había regalado un enorme territorio y el rango de cacique —«Su Alteza Gregor, Cacique de Poyais»—.

En 1821 ese territorio existía de verdad en el mapa, pero era selva impenetrable, casi deshabitada, sin un solo edificio. Daba igual. MacGregor regresó a Londres y a Edimburgo decidido a convertir aquella nada en una fortuna.

La nación de papel mejor diseñada de la historia

Lo asombroso del fraude fue su minuciosidad. MacGregor no se limitó a contar maravillas: las documentó. Inventó una capital, St. Joseph, con avenidas, teatro, catedral y un parlamento. Mandó imprimir una guía turística y comercial del país —firmada con un autor falso, «Thomas Strangeways»— donde Poyais aparecía como una tierra fértil, de clima benigno, ríos con pepitas de oro y nativos amables deseosos de trabajar para los colonos europeos.

Emitió billetes del Banco de Poyais, vendió bonos del gobierno poyaisiano en la Bolsa de Londres por cientos de miles de libras, y despachó certificados de tierras y hasta nombramientos de oficiales del ejército y funcionarios públicos. Abrió oficinas, organizó banquetes, repartió títulos. Para un británico de la época, deslumbrado por las nuevas repúblicas americanas, Poyais era una oportunidad irresistible. Como en la tulipomanía, cuando una flor se convirtió en burbuja financiera, la fiebre colectiva hizo el resto.

El viaje a la nada

Entre 1822 y 1823, unos 250 colonos —muchos de ellos escoceses que vendieron todo lo que tenían y cambiaron sus libras esterlinas por inútiles dólares poyaisianos— se embarcaron rumbo a su nuevo hogar. Cuando los barcos los dejaron en la costa de Centroamérica, no encontraron ni puerto, ni ciudad, ni teatro, ni catedral. Solo manglar, mosquitos y una playa vacía.

Convencidos al principio de que la capital estaba un poco más adentro, esperaron. Llegó la estación de lluvias, y con ella la malaria y la fiebre amarilla. Murieron por decenas. Cuando colonos británicos de la cercana Belice acudieron a rescatarlos, de los más de doscientos que habían partido solo sobrevivía una fracción; las cifras más citadas hablan de apenas medio centenar de regresados. Fue un desastre comparable, en miniatura, al proyecto de Darién que casi quiebra a Escocia un siglo antes.

El estafador que murió como héroe

¿Y MacGregor? Mientras sus colonos agonizaban, él ya había huido a Francia, donde tuvo el descaro de montar el mismo fraude otra vez, vendiendo de nuevo tierras de Poyais a inversores franceses. Fue arrestado y juzgado, pero increíblemente lo absolvieron. Pasó años reciclando versiones del timo con menor éxito.

Lo más extraordinario es el final. Ya viejo, MacGregor regresó a Venezuela, el país por cuya independencia había peleado de joven. Allí no lo trataron como a un criminal, sino como a un prócer: le devolvieron su rango de general, le concedieron una pensión y, cuando murió en Caracas en 1845, lo enterraron con honores militares en la catedral, despedido como un héroe. Tan inverosímil como su país inventado fue su impunidad: el hombre que vendió una nación de mentira terminó descansando bajo lápida de prócer. No fue el único que soñó con fundar una patria a la medida de su ambición, como aquellos alemanes de Klein-Venedig, cuando Venezuela casi fue alemana.

Referencias

  1. David Sinclair, The Land That Never Was: Sir Gregor MacGregor and the Most Audacious Fraud in History, Da Capo Press, 2004.
  2. Tamar Frankel, The Ponzi Scheme Puzzle, Oxford University Press, 2012, cap. sobre MacGregor.
  3. «Thomas Strangeways» (seud. de G. MacGregor), Sketch of the Mosquito Shore, Including the Territory of Poyais, Edimburgo, 1822.

¿Te fascinan los grandes fraudes y burbujas? Sigue con la tulipomanía y las piedras de Yap y el verdadero significado del dinero, o explora la serie de historia.

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