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Historia·Curiosidades··5 min de lectura

Cuando el test de embarazo era una rana

Durante décadas las farmacias tuvieron sus propias ranas: si la orina de la clienta las hacía ovular, había embarazo. Y funcionaba el 95% de las veces.

Cuando el test de embarazo era una rana

Durante buena parte del siglo XX, muchas farmacias tenían un inquilino insólito en la trastienda: una rana. No era mascota ni decoración, sino el test de embarazo más fiable de la época. La clienta dejaba una muestra de orina, el farmacéutico se la inyectaba al batracio y, si unas horas después el animal ovulaba, la respuesta era sí. Acertaba en el 95 por ciento de los casos, una precisión que ningún médico de consulta podía ofrecer entonces. Se llamaba, sin ningún misterio, «el método de la rana».

La hormona que delata el embarazo

El truco tenía una base científica seria. Cuando una mujer queda embarazada, su cuerpo empieza a fabricar una hormona que no produce en ninguna otra circunstancia: la gonadotropina coriónica humana (hCG), que sale del organismo por la orina. Para los anfibios, esa hormona es una señal biológica irresistible. Inyectada en una hembra de Xenopus laevis —la rana africana de uñas—, desencadena su ovulación en unas dieciocho horas. Y en los machos del sapo argentino (Rhinella arenarum) provoca algo todavía más llamativo: la maduración y expulsión de espermatozoides, que el farmacéutico solo tenía que buscar al microscopio en la orina del animal, dos o tres horas después. El animal, además, sobrevivía a la prueba, aunque quedaba «inutilizado» durante varias semanas antes de poder diagnosticar de nuevo. Por eso las farmacias no tenían una rana, sino toda una caterva, de croar suave y seductor.

Pero llegar hasta la rana llevó a la humanidad unos cuantos milenios de intentos desesperados.

Tres mil ochocientos años de pruebas raras

El papiro de Kahun, un tratado de ginecología y obstetricia egipcio de hace unos 3.800 años, contiene entre sus recetas un anticonceptivo preparado con heces de cocodrilo, miel y carbonato sódico, que se aplicaba como supositorio vaginal —uno prefiere no imaginarse la escena—. El mismo papiro describe un test de embarazo que además pretendía adivinar el sexo del bebé: la mujer debía orinar durante unos días sobre dos recipientes, uno con semillas de cebada y otro con semillas de trigo. Si nada germinaba, no había embarazo; si brotaba la cebada, venía un niño; si brotaba el trigo, una niña. ¿Y si germinaban los dos cereales? El papiro no dice nada al respecto, lo cual es de agradecer: hasta los escribas tenían sus límites.

Fragmentos del papiro ginecológico de Kahun, un tratado de obstetricia egipcio de hace unos 3.800 años

Lo asombroso es que el método egipcio tenía algo de razón. En 1963, un equipo de investigadores decidió ponerlo a prueba en serio y descubrió que la orina de mujeres embarazadas estimulaba la germinación de las semillas en torno al 70 por ciento de los casos, mientras que la de las no embarazadas casi no lo hacía. Lo del sexo del bebé, eso sí, era pura fantasía.

Es fácil reírse, pero conviene no pasarse de soberbia: la misma medicina antigua que recetaba heces de cocodrilo era capaz de reconstruir narices hace veinticinco siglos.

En la antigua Grecia, la tradición hipocrática proponía introducir una cebolla en la vagina de la mujer y dejarla allí toda la noche: si a la mañana siguiente el aliento olía a cebolla, los conductos estaban «abiertos» y no había embarazo; si no olía, la mujer estaba encinta. Menos mal que el criterio era el aliento y no el sabor de la hortaliza, porque en ese caso la historia no registra a qué valiente le habría tocado comprobarlo. Los médicos chinos, más elegantes, se limitaban a tomar el pulso y estudiar su regularidad y amplitud. Y los del Imperio romano no fueron mucho más finos: determinaban la gestación cuando la mujer se comportaba «de forma alocada» —la medicina tiene un largo historial de diagnósticos sospechosos, como aquella vez que la nostalgia fue una enfermedad—. En la Europa medieval, y hasta bien entrado el siglo XVII, el método reinante fue la uroscopia: se sostenía que la orina de una mujer embarazada era más blanquecina y dejaba una nube en la superficie. La de sorpresas que se habrán llevado las mujeres a lo largo de la historia con estos tests.

De ratones a anfibios

El primer test científico de verdad llegó en 1928, cuando los ginecólogos alemanes Selmar Aschheim y Bernhard Zondek descubrieron que la orina de una embarazada provocaba cambios visibles en los ovarios de ratonas inmaduras. Funcionaba, pero había que esperar varios días y sacrificar a las ratonas para examinarlas. En 1931, Maurice Friedman mejoró el sistema usando conejas, y de ahí salió la famosa expresión inglesa the rabbit died («murió el conejo») como eufemismo de embarazo. Lo curioso es que el conejo moría siempre, hubiera embarazo o no, porque había que abrirlo para leer el resultado.

Las ranas fueron la gran mejora: respondían en horas y, sobre todo, sobrevivían. A comienzos de los años treinta, el zoólogo Lancelot Hogben descubrió en Sudáfrica que la orina de embarazada hacía ovular a la Xenopus laevis, y sus colegas Hillel Shapiro y Harry Zwarenstein convirtieron el hallazgo en una prueba clínica. En 1947, el argentino Carlos Galli Mainini propuso su propia versión con el sapo macho local, que era aún más rápida. Así empezó la era dorada del método de la rana, que las farmacias de medio mundo ofrecieron durante décadas.

Rana africana de uñas (Xenopus laevis), la especie usada en el test de embarazo de las farmacias

La jubilación de las ranas

El final llegó en los años sesenta y setenta, cuando aparecieron los tests inmunológicos: primero unas placas de aglutinación con látex, después las tiras reactivas que hoy conocemos. Eran más rápidos, más baratos y no croaban. El laboratorio dejó de necesitar anfibios y las ranas de las farmacias se jubilaron sin homenaje.

Pero no desaparecieron. La Xenopus laevis se quedó en los laboratorios y hoy es uno de los organismos modelo más importantes de la biología del desarrollo: sus embriones, grandes y resistentes, han ayudado a entender cómo se forma la vida. O sea que la rana que anunciaba bebés sigue trabajando, solo que con preguntas más profundas. No es mala segunda carrera para un animal que empezó orinado en la trastienda de una farmacia.

Y pensar que, después de tres mil ochocientos años de cebollas, trigos y nubes en la orina, la respuesta estaba croando todo el tiempo.

Referencias

  1. Pedro Gargantilla, Historia curiosa de la medicina, Function, edición Kindle.
  2. P. Ghalioungui, S. Khalil y A. R. Ammar, «On an ancient Egyptian method of diagnosing pregnancy and determining foetal sex», Medical History, vol. 7, n.º 3, 1963. pmc.ncbi.nlm.nih.gov
  3. K. Lis, «From Cereal Grains to Immunochemistry: What Role Have Antibodies Played in the History of the Home Pregnancy Test», Antibodies, vol. 12, n.º 3, 2023. pmc.ncbi.nlm.nih.gov
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