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Ciencia del pasado·Curiosidades·Destacada·Historia··8 min de lectura

La casi desconocida apuesta que cambió la historia de la humanidad.

Una apuesta de 40 chelines entre Halley, Wren y Hooke arrancó a Newton el secreto de la gravedad y, sin querer, cambió el rumbo de la humanidad.

Por Edgar Landívar

La casi desconocida apuesta que cambió la historia de la humanidad.

Si existe un punto de inflexión que cambió el rumbo de la humanidad, fue la revelación por parte de Isaac Newton de la fuerza de la gravedad. A partir de este hallazgo, muchos fenómenos naturales cobraron sentido. El descubrimiento de Newton permitió explicar con mucha exactitud los fenómenos más diversos y catapultar el desarrollo tecnológico en todos los ámbitos: desde el aparentemente simple movimiento del péndulo de un reloj, hasta logros supremos de la raza humana como el lanzamiento de los primeros cohetes espaciales y la llegada del hombre a la luna.

Es verdad que ya se hablaba de la gravedad antes que Newton, pero fue éste último quien explicó su naturaleza y pudo demostrar su fórmula matemática; además de revelar que era la misma fuerza que hacía que una manzana caiga de su árbol siempre en vertical, la que hacía que la luna gire alrededor de la tierra.

La genialidad de Newton se contraponía a su personalidad, un tanto difícil de entender para muchos. Era un hombre reservado y un tanto huraño; había reflexionado sobre la gravedad en soledad y, aunque parezca inexplicable, no tenía la menor intención de contárselo a nadie… de hecho, no nos hubiéramos enterado nunca, de no ser por una fortuita reunión de amigos que terminó en una singular apuesta.

La historia que les contaré a continuación se encuentra documentada en un viejo libro que encontré llamado Memorias de la Vida, Escritos y Descubrimientos de Sir Isaac Newton, publicado en 1860. La historia se ha ido completando con referencias encontradas en otras obras e incluso cartas escritas a puño y letra por el mismo Newton y que actualmente son parte del archivo de la Royal Society, la sociedad científica más antigua de Reino Unido.

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Era una fría noche de invierno de Enero de 1684 y tres amigos se habían reunido para cenar en un restaurante de Londres. No eran personas comunes, en realidad se trataba de una inusual reunión entre tres de los más brillantes hombres de ciencia de aquella Europa del siglo XVII: Edmond Halley, Christopher Wren y Robert Hooke.

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Quienes eran Halley, Hooke y Wren?

Hooke había conseguido fama reciente como biólogo, al ser la primera persona en la historia en observar una célula –de hecho, fue él mismo quien acuñó el término que ahora usamos. Pero el día de la reunión se encontraba obsesionado por otro tema científico diametralmente opuesto: la gravedad. Había dictado una conferencia en la Royal Society de Londres titulada: On Gravity y había anticipado que la fuerza de la gravedad decrece con la distancia. Como podemos ver, la manzana de la gravedad se caía de madura, pero nadie podía explicarla con exactitud.

Halley era el más joven de los tres, pero a pesar de su juventud, su reputación como astrónomo ya había comenzado a desarrollarse. Varios meses antes de la mencionada cena en Londres se encontraba obsesionado con la idea de la gravedad e intentaba relacionarla con las leyes del movimiento de los planetas que años atrás había descubierto el alemán Johannes Kepler. Había recopilado muchísima información gracias a sus observaciones astronómicas. Estaba entusiasmado por poder demostrar con mediciones la veracidad de las afirmaciones de Kepler. Halley estaba en la dirección correcta del gran hallazgo de la gravedad, pero aun no podría resolver matemáticamente el problema.

Por otro lado Wren ya tenía una vida muy activa en el campo de la arquitectura. Sus edificios se levantaban por todo Londres y de los tres personajes, era quien llevaba una vida financiera más cómoda. Pocos conocen su pasión por la ciencia, pues es más conocido por ser uno de los más importantes arquitectos de todos los tiempos y a quien se le encomendó la reconstrucción de gran parte de los edificios de Londres luego del Gran Incendio de 1666. Su pasión por la astronomía no sólo fue un hobby, sino que inclusive llegó a ser profesor titular de la cátedra de astronomía en la universidad de Oxford y al igual que los demás se encontraba dispuesto a desentrañar los secretos de la gravedad.

La apuesta

La conversación de esa noche se centró en el movimiento de los planetas y su órbita elíptica. Trataban de dar explicaciones del por qué los planetas giraban en está forma en particular. Hooke, había llegado a la conclusión de que la gravedad estaba relacionada con el inverso cuadrado de la distancia, pero todos querían saber si podía demostrarlo matemáticamente. Hooke. que era un tanto presumido, se jactaba de conocer la respuesta al enigma pero se negaba a contarla para mantener el suspenso.

Al final Wren decidió lanzar el reto: 40 chelines (algo menos de 2,000 dólares actuales) a cualquiera de los dos que pudiera demostrar matemáticamente la naturaleza de aquella fuerza invisible que atraía a los planetas. Sin duda esto animaría a todos a resolver el acertijo y ayudaría también a aflojar la lengua de Hooke, en caso de que éste supiera algo; pero Hooke se limitó a decir que los iba a mantener con la intriga un rato más, sólo por puro placer.

A partir de esa noche Halley se hizo nudos en la cabeza tratando de demostrar matemáticamente el asunto. Dio sólo con una solución particular, pero no podía encontrar una demostración general. Buscó la solución durante meses, día y noche, hasta que se le ocurrió un nuevo enfoque para resolver el problema. Ir donde el loco de Newton y preguntarle si tenía alguna pista. En ese entonces se rumoraba que Newton era un genio de las matemáticas.

Se cuenta que Halley emprendió viaje desde Londres hacia Cambridge una mañana de Agosto de 1684 y se encontró con Newton en una banca de los jardines de la prestigiosa universidad.

Isaac Newton entra en escena

Lo que pasó en esa banca de Cambridge es una de las conversaciones más importantes de la historia de la ciencia, y la conocemos con cierto detalle gracias al matemático Abraham de Moivre, que años después recogió el relato del propio Newton. Tras los saludos de rigor, Halley fue al grano y le planteó la pregunta que lo desvelaba: ¿qué curva describiría un planeta si fuera atraído por una fuerza inversamente proporcional al cuadrado de la distancia? Newton respondió, sin pestañear y al instante, que sería una elipse.

Halley, atónito, le preguntó cómo podía estar tan seguro. Y Newton soltó la frase que resume su genio y su desidia a partes iguales: lo sabía porque ya lo había calculado. Halley, emocionadísimo, le pidió ver de inmediato la demostración. Newton revolvió entre sus papeles… y no la encontró. La había hecho años atrás, para sí mismo, por puro placer intelectual, y luego la había traspapelado como quien pierde una lista del mercado. Le prometió a Halley rehacer los cálculos y enviárselos.

Lo notable es que Newton tenía la respuesta al enigma que obsesionaba a las mentes más brillantes de Europa —la que Hooke presumía conocer y Halley perseguía sin dormir— guardada en un cajón, sin la menor intención de publicarla. Sin la visita de Halley, probablemente habría muerto allí.

De una nota de nueve páginas a la obra que fundó la física

Newton cumplió su palabra, pero el asunto se le fue de las manos para fortuna de la humanidad. En noviembre de 1684 envió a Halley un breve tratado de nueve páginas titulado De motu corporum in gyrum («Sobre el movimiento de los cuerpos en órbita»). Halley lo leyó y comprendió de inmediato que tenía entre manos algo descomunal: no la respuesta a una apuesta de taberna, sino la llave de las leyes que gobiernan el universo entero. Volvió a Cambridge a rogarle a Newton que lo desarrollara.

Y Newton, que cuando se obsesionaba no conocía freno, se encerró cerca de dos años. Apenas comía, apenas dormía, y de aquel arrebato salieron los tres volúmenes de los Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica (1687) — los Principia, sin discusión la obra científica más influyente jamás escrita: las tres leyes del movimiento, la ley de gravitación universal, y la maquinaria matemática para explicar desde la caída de una manzana hasta la órbita de los cometas. La ciencia quedó partida en dos: antes y después de ese libro.

Falta el detalle final, que es el más injusto y el más hermoso. Cuando los Principia estuvieron listos, la Royal Society no tenía dinero para imprimirlos: había gastado su presupuesto editorial en un fracaso comercial, una lujosa Historia de los peces que no compró casi nadie (a Halley, de hecho, llegaron a pagarle su sueldo de la Sociedad en ejemplares no vendidos de ese libro de peces). Así que fue el propio Edmond Halley —el astrónomo joven que había empezado todo con una pregunta— quien pagó de su bolsillo la publicación de la obra cumbre de Isaac Newton. Sin Halley, no habría habido apuesta; sin la apuesta, no habría habido pregunta; sin la pregunta, los cálculos seguirían en el cajón; y sin su dinero, ni siquiera se habrían impreso.

Hubo epílogo agrio, cómo no: Hooke reclamó a gritos que la idea del inverso del cuadrado era suya, y Newton —rencoroso como pocos— borró de los Principia casi toda mención a su rival. Pero la gravedad ya estaba suelta en el mundo. Y todo —los cohetes, los satélites, la llegada a la Luna, el péndulo de su reloj de pared— empezó una fría noche de invierno en que tres amigos, por mantener el suspenso y picarse el orgullo, apostaron cuarenta chelines sobre la forma de una órbita. La mejor inversión de cuarenta chelines de la historia.

Referencias

  1. David Brewster, Memoirs of the Life, Writings, and Discoveries of Sir Isaac Newton, 2 vols., Edimburgo, Thomas Constable and Co., 1855. archive.org
  2. Memorándum de Abraham de Moivre sobre la visita de Halley a Newton (c. 1727); manuscrito conservado en la Joseph Halle Schaffner Collection, University of Chicago Library; transcrito en I. Bernard Cohen, Introduction to Newton's Principia, Cambridge, Harvard University Press, 1971.
  3. «Edmond Halley», Encyclopædia Britannica (entrada biográfica); cf. registros de la Royal Society sobre la presentación de De motu corporum in gyrum (dic. 1684) y la financiación de los Principia (1687). britannica.com
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