David Todd y su túnel hasta la cima del Chimborazo
En 1922 el astrónomo David P. Todd propuso perforar el Chimborazo con un túnel hasta la cumbre y montar dentro un observatorio de acero presurizado.

En 2024 viajé a Estados Unidos a buscar material para un libro de historia que estoy escribiendo, y en el archivo de una prestigiosa universidad me topé, de pura casualidad, con un tema que me llamó la atención de inmediato. Yo iba detrás de otra cosa; pero entre la correspondencia y los dibujos originales de un astrónomo de comienzos del siglo XX apareció algo que me hizo detenerme en seco: los bocetos de un proyecto delirante para horadar una montaña que conozco bien, el Chimborazo. Lo que aquel hombre proponía, hace ya un siglo, era una de esas ideas que parecen inventadas, pero no lo son.
En 1922, un astrónomo estadounidense miró el mapa del mundo y decidió que el mejor observatorio del planeta no estaba en California ni en los Alpes, sino dentro de una montaña ecuatoriana. Su plan no era subir a vivir a la cumbre del Chimborazo: era perforarla. Abrir un túnel por las entrañas del volcán hasta la cima y montar allí, bajo el hielo, salas de acero herméticas donde los científicos respirarían aire a presión de nivel del mar mientras observaban las estrellas. Suena a novela de Julio Verne. Pero lo propuso en serio, con costo y plano de ferrocarril incluidos.
Hubo un tiempo en que los astrónomos no soñaban con poner telescopios en el espacio, sino con subirlos a las montañas más altas de la Tierra. La razón era simple: la atmósfera estorba. Se mueve, tiembla, absorbe luz y distorsiona las estrellas, y convierte al cielo en una especie de vidrio imperfecto. Mientras más alto se instala un observatorio, menos aire hay entre el telescopio y el universo. Por eso, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, los astrónomos emprendieron una carrera silenciosa hacia las cumbres. El problema, claro, era que las mejores montañas para mirar el cielo eran también los peores lugares para vivir.
El mejor lugar del mundo para mirar el cielo
El autor de la propuesta fue David P. Todd, astrónomo estadounidense y director emérito del Observatorio del Amherst College. En 1922 publicó Astronomy: The Science of the Heavenly Bodies, un libro de divulgación que incluía una lámina con un título contundente: "Mount Chimborazo, the Best Site in the World for an Observatory".
Para Todd, el Chimborazo tenía una ventaja casi perfecta: estaba muy cerca de la línea ecuatorial. Desde allí, decía, podía observarse prácticamente todo el cielo —el hemisferio norte y el sur—, y los planetas cruzarían el meridiano en condiciones inmejorables, casi sobre la cabeza del observador. En otras palabras: si uno tuviera que escoger un solo punto del planeta para mirar la mayor cantidad posible de cielo, el Chimborazo parecía un candidato extraordinario. Y no cualquier Chimborazo: no un refugio en las faldas ni una estación cómoda a media altura, sino la cumbre misma.
El pequeño problema de vivir a más de 6.000 metros
El Chimborazo se alza 6.263 metros sobre el nivel del mar, según la ficha del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional. Es el volcán más alto de los Andes del Norte y, por su cercanía al ecuador terrestre, esconde una rareza geográfica fascinante: su cumbre es el punto de la superficie más alejado del centro de la Tierra, más todavía que el Everest, porque el planeta se ensancha en el ecuador.
Pero para Todd el asunto no era turístico ni patriótico, sino astronómico. Y el obstáculo era brutal: nieve permanente, acceso dificilísimo y una presión atmosférica tan baja que instalarse allí de forma estable resultaba casi imposible. Un astrónomo podía subir unas horas, quizá en una expedición, pero no asentarse a trabajar noche tras noche con instrumentos delicados. La solución que ideó Todd fue tan audaz que suena a ficción: en lugar de coronar la montaña, entrar por debajo de ella.
La idea: perforar el Chimborazo
Todd propuso abrir un túnel desde la línea de nieve permanente, que él ubicaba alrededor de los 16.000 pies (unos 4.900 metros), y avanzar en diagonal por dentro de la montaña hasta alcanzar la cumbre. Arriba no habría un observatorio tradicional, con astrónomos envueltos en bufandas peleando contra el hielo. Habría cámaras de acero, herméticas, presurizadas con aire artificial a una presión equivalente a la del nivel del mar. Algo así como un submarino en la cima de una montaña: pero en vez de mirar peces por una escotilla, miraría estrellas.
La imagen es maravillosa: científicos viviendo dentro del Chimborazo, respirando aire comprimido, moviendo telescopios desde compartimentos sellados, mientras afuera la nieve, el viento y la falta de oxígeno seguían haciendo imposible la vida normal. Todd incluso calculó el costo: no más de un millón de dólares de la época. Una fortuna, sí, pero para él no era una fantasía absurda, sino una obra de ingeniería concebible.
Un ensayo en los Andes
Lo más interesante es que Todd no improvisaba del todo. Años antes, en 1907, había hecho pruebas en Cerro de Pasco, Perú, una ciudad minera a más de 4.000 metros de altura. Allí experimentó con una cámara de acero presurizada para aliviar el mal de altura, ese malestar que en los Andes lleva un nombre propio: el soroche.
Según su propio relato, personas afectadas por el mal de altura fueron colocadas dentro de la cámara y, al restaurar artificialmente la presión, los síntomas desaparecían: dolor de cabeza, respiración agitada, pulso acelerado. Para Todd, aquello demostraba que el gran obstáculo de las cumbres no era insuperable; bastaba con llevar el nivel del mar dentro de una caja de acero. La idea hoy recuerda a las estaciones espaciales, las cámaras hiperbáricas o los hábitats extremos. Pero hablamos de 1922: faltaban décadas para los satélites artificiales y para que la humanidad empezara a vivir en cápsulas fuera de la Tierra. Todd quería hacer algo parecido, pero al revés: no sacar el telescopio de la atmósfera, sino meter al astrónomo dentro de una montaña.
El tren que casi llegaba
La parte más ecuatoriana del plan aparece cuando Todd menciona el ferrocarril Guayaquil-Quito. Según él, la línea ya pasaba por una zona alta cercana al Chimborazo, a unos 12.000 pies (cerca de 3.650 metros), y solo haría falta tender unas seis millas adicionales de vía hasta el punto donde empezaría el túnel.
Es decir: barco hasta Guayaquil, tren hacia la Sierra, ramal ferroviario hacia la montaña, túnel diagonal hacia la cumbre y, al final, un observatorio presurizado bajo la nieve. Visto así, el proyecto era una mezcla de astronomía, ferrocarril, minería, medicina de altura y delirio tecnológico. Pero esa era precisamente la época: un tiempo en que el mundo aún creía que cualquier problema podía resolverse con acero, vapor, rieles y suficiente terquedad.
¿Por qué nunca se hizo?
Hasta donde he podido encontrar, el túnel del Chimborazo nunca pasó de propuesta. No hay rastro de obras, planos ejecutados ni expedición de construcción. Y las razones saltan a la vista.
Primero, la ingeniería habría sido costosísima y peligrosa: perforar una montaña de hielo, roca volcánica y altura extrema no era tarea menor. Segundo, la operación diaria habría sido un rompecabezas: mantener presión, calefacción, instrumentos, personal, oxígeno, suministros y acceso permanente en un ambiente hostil. Tercero, la astronomía siguió encontrando lugares más prácticos —montañas menos extremas, cielos secos, buenos caminos— donde construir observatorios sin convertir una cumbre en submarino. Y, con el tiempo, la solución definitiva no fue cavar montañas, sino salir de la atmósfera: los telescopios espaciales cumplieron el sueño de Todd por otro camino, evitando el aire en lugar de presurizarlo.
Una idea fallida, pero hermosa
Lo fácil sería reírse de Todd. Un túnel al Chimborazo, un observatorio en cajas de acero, astrónomos respirando aire comprimido bajo una cumbre helada: todo suena excesivo. Pero esa risa sería injusta, porque la propuesta revela algo fascinante sobre la ciencia de comienzos del siglo XX: todavía estaba muy cerca de la aventura. Los astrónomos no eran solo personas mirando por un telescopio; eran expedicionarios que empacaban instrumentos enormes, cruzaban océanos, subían montañas, perseguían eclipses y dependían de que una nube no arruinara años de preparación.
Todd pertenecía a ese mundo: uno en que la frontera entre el laboratorio y la expedición era delgada, y en que una montaña ecuatoriana podía aparecer en un libro de astronomía como el mejor sitio del planeta para mirar las estrellas. El túnel nunca se hizo. El observatorio nunca existió. Nadie vivió dentro del Chimborazo respirando aire artificial mientras afuera rugía el viento. Pero por un momento, en una página de 1922, el volcán más alto del Ecuador fue imaginado como una puerta hacia el universo. Y eso, aunque no se haya construido, ya es una historia digna de contarse.
Referencias
- David P. Todd, Astronomy: The Science of the Heavenly Bodies (1922): incluye la lámina del Chimborazo como "mejor sitio del mundo" para un observatorio y describe el túnel, las salas de acero presurizadas, el ensayo en Cerro de Pasco y la conexión con el ferrocarril Guayaquil-Quito.
- David Peck Todd — Wikipedia
- Chimborazo — Wikipedia (altura, ubicación y su condición de punto más alejado del centro de la Tierra).
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