Por qué los números romanos son tan incómodos
MCMXLVIII no se presta a sumar ni multiplicar. Por qué los números romanos, tan buenos para grabar en piedra, eran un desastre para calcular.

Intenta multiplicar XXIV por LVIII con lápiz y papel, sin traducir a números modernos. No es que sea difícil: es que no hay por dónde empezar. Los números romanos son elegantes en la fachada de un edificio o en los créditos de una película, pero para hacer cuentas resultan tan incómodos que los propios romanos casi nunca los usaban para calcular. La pregunta interesante no es por qué los abandonamos, sino cómo un pueblo que construyó acueductos y contabilizó un imperio entero se las arregló con un sistema de números tan poco práctico.
Números que nacieron de muescas en un palo
Antes de ser letras, los números romanos fueron marcas. La teoría más aceptada es que descienden de las muescas que los pastores tallaban con un cuchillo en un palo para contar el ganado: una raya por cada animal, un corte en forma de V cada cinco y una X cada diez. Pastores de los Alpes y de Dalmacia siguieron usando esas varas de conteo hasta el siglo XIX, con la misma lógica: la I era el corte básico, y agrupar en cincos y dieces evitaba tener que contar rayas una por una.
Con el tiempo esas marcas se identificaron con letras del alfabeto —I, V, X, L, C, D, M— y el sistema se refinó, pero nunca dejó de ser lo que era en origen: una forma de anotar cantidades, no de operarlas. Es un sistema aditivo, hecho para leerse y grabarse, heredado en parte de los etruscos que dominaban Italia antes de Roma. Y ahí está la primera pista de su incomodidad: fue diseñado para la piedra y la cera, no para la aritmética.
El problema del valor posicional (y del cero que faltaba)
Nuestro sistema actual es posicional: el mismo símbolo «2» vale dos, veinte o doscientos según el lugar que ocupe. Esa es la magia que permite sumar en columnas y «llevar» una cifra a la siguiente. El sistema romano no funciona así. En MMXXII cada símbolo vale siempre lo mismo esté donde esté, y para saber cuánto suma el conjunto hay que sumarlos todos mentalmente. No hay columnas de unidades, decenas y centenas alineadas; no hay nada que «acarrear».
Y falta la pieza que hace posible lo posicional: el cero. Los romanos no tenían un símbolo para la nada porque no lo necesitaban en una notación aditiva —no hay que marcar «cero decenas» cuando no escribes decenas en una columna—. Ese vacío, que a nosotros nos parece una carencia enorme, para ellos era simplemente irrelevante. La historia de cómo Europa terminó adoptando el cero es fascinante por sí sola: la contamos en el origen de las palabras «cifra» y «cero», dos términos que nacieron del mismo vacío árabe, y en por qué el año cero no existe, un error que todavía complica calendarios y siglos.
La resta que complica la lectura: IV frente a IIII
Otra fuente de incomodidad es la notación sustractiva, esa regla por la que IV es 4 (uno antes de cinco) y IX es 9 (uno antes de diez). Parece un ahorro elegante, pero obliga a leer los números mirando hacia adelante y hacia atrás a la vez: al ver una I hay que comprobar qué símbolo la sigue para saber si suma o resta. En los textos romanos antiguos esa regla ni siquiera era fija. Durante siglos convivió con la forma puramente aditiva IIII, que todavía sobrevive en muchas esferas de reloj. Se cuenta incluso que se prefería IIII porque IV eran las primeras letras de IVPITER (Júpiter), aunque probablemente fuera más una cuestión de simetría visual que de piedad. La notación sustractiva solo se volvió universal en tiempos modernos.
Entonces, ¿cómo calculaban los romanos?
La respuesta desmonta el mito: los romanos no hacían cuentas con sus números. Para sumar, restar, multiplicar o cambiar moneda usaban un ábaco, una tablilla con ranuras y cuentas deslizantes heredada de los tableros de conteo griegos, como la tabla de Salamina del siglo IV a. C. El ábaco sí era posicional: cada columna representaba unidades, decenas, centenas, y una columna vacía hacía, sin decirlo, el papel del cero. El cálculo ocurría en las cuentas; los números romanos solo servían para anotar el resultado una vez terminado. Grabar «MMXXII» en un registro estaba bien; intentar operar con esa cadena de letras, no.
Eso explica la paradoja de un imperio que administró impuestos, legiones y catastros con un sistema numérico aparentemente inútil para la matemática: la matemática de verdad la hacían las manos sobre el ábaco. Los números escritos eran solo la memoria del cálculo, no su herramienta.
El día que llegaron los dígitos que sí calculan
El giro llegó de Oriente. Los llamados números arábigos —en realidad de origen indio, transmitidos por los matemáticos árabes junto con el cero y el concepto de algoritmo que debemos a al-Juarismi— traían justo lo que le faltaba al sistema romano: valor posicional y un símbolo para la nada. Con ellos se podía sumar y multiplicar sobre el papel, sin ábaco.
En 1202, el matemático Leonardo de Pisa, Fibonacci, publicó el Liber Abaci y mostró a los comerciantes europeos cómo usar esas cifras para llevar cuentas, convertir monedas y calcular beneficios. La adopción fue lenta —hubo ciudades que llegaron a prohibir los nuevos dígitos por miedo al fraude—, pero imparable. Los números romanos, tan buenos para durar en la piedra, perdieron la única batalla que importaba: la de echar cuentas. Hoy sobreviven donde su incomodidad no molesta —relojes, tomos, reyes, Super Bowls— y nos recuerdan que, como el calendario romano que dejó a septiembre significando «siete» en el noveno mes, muchas rarezas que arrastramos son fósiles de decisiones tomadas hace dos mil años.
Referencias
- «Roman numerals», Wikipedia: origen en las muescas de las varas de conteo, los símbolos I, V, X y la notación sustractiva (IV frente a IIII) que solo se universalizó en época moderna. en.wikipedia.org
- «Roman Numerals: Their Origins, Impact, and Limitations», Encyclopedia.com: la ausencia de cero y de valor posicional que hacía difícil la aritmética y frenó el avance matemático. encyclopedia.com
- «Roman abacus», Wikipedia: cómo los romanos calculaban en realidad, con un ábaco posicional heredado de los tableros de conteo griegos, y no con sus números escritos. en.wikipedia.org
- «Liber Abaci», Wikipedia: la obra de Fibonacci (1202) que introdujo los números indo-arábigos y el cero entre los comerciantes europeos, desplazando poco a poco a los romanos. en.wikipedia.org
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