¿Por qué septiembre significa siete si es el mes nueve?
Septiembre viene de septem, siete, pero es el mes nueve. La culpa no es de Julio César ni de Augusto: es una historia más vieja y más curiosa.

Escondido a plena vista en nuestro calendario hay un error de numeración de dos mil años. Septiembre viene del latín septem, siete — pero es el mes nueve. Octubre viene de octo, ocho — y es el diez. Noviembre (novem, nueve) es el once, y diciembre (decem, diez) es el doce. Cuatro meses seguidos con el nombre corrido en dos posiciones, y todos lo escribimos a diario sin pestañear. ¿Qué pasó aquí?
El mito: la culpa es de Julio César y Augusto
La explicación que circula por internet —y que a primera vista calza perfecto— dice que los romanos metieron dos meses nuevos en honor a sus gobernantes: julio por Julio César y agosto por Augusto, y que al insertarlos empujaron a los demás meses dos puestos hacia adelante. Tiene lógica, suena a romanos siendo romanos... y es falsa. Julio y agosto no se insertaron: se renombraron. Esos meses ya existían y se llamaban, justamente, Quintilis («el quinto») y Sextilis («el sexto»). Al morir César, el Senado rebautizó Quintilis como Iulius en su honor —era el mes de su nacimiento—, y décadas después hizo lo propio con Sextilis para Augusto. Cambió la etiqueta, no la posición. El desfase de septiembre es muy anterior, y la historia real es más curiosa.
Un calendario de diez meses (y un invierno sin nombre)
El calendario romano primitivo —la tradición se lo atribuye al mismísimo Rómulo— tenía solo diez meses y empezaba en marzo, el mes de Marte, cuando arrancaban juntas la primavera y la temporada de guerra. Las cuentas, entonces, cuadraban perfectamente: contando desde marzo, septiembre era el séptimo mes, octubre el octavo, noviembre el noveno y diciembre el décimo. Los primeros meses tenían nombres de dioses y festividades; del quinto en adelante, a los romanos se les acabó la inspiración y los numeraron como quien etiqueta cajas.
¿Y qué había después de diciembre? Nada. En serio: unos sesenta días de invierno que no pertenecían a ningún mes. Era tiempo muerto para la agricultura y para la guerra, así que el calendario simplemente se apagaba hasta la siguiente luna nueva de primavera. Fue el rey Numa Pompilio, según la tradición, quien hacia el 700 a.C. le puso nombre a ese hueco creando dos meses nuevos: enero, por Jano, el dios de las dos caras que mira al pasado y al futuro —portero oficial de los comienzos—, y febrero, por las februa, las fiestas de purificación con que se cerraba el año.
Una guerra en Hispania movió el año nuevo
Pero ojo: incluso con enero y febrero existiendo, el año siguió empezando en marzo durante siglos, y septiembre siguió siendo el séptimo mes. El empujón final llegó por la puerta más inesperada: la burocracia militar. En Roma, los cónsules —la máxima autoridad— estrenaban su cargo con el año. Y en el 153 a.C. estalló una rebelión celtíbera en Hispania que no podía esperar: el Senado necesitaba que el cónsul llegara a la campaña con tiempo, así que adelantó la toma de posesión al primero de enero. El año administrativo se mudó de marzo a enero por pura conveniencia bélica, los meses conservaron sus nombres de siempre... y septiembre quedó condenado a ser «el siete» en el puesto nueve para la eternidad. Un siglo después, la reforma de Julio César —que ordenó el desastre astronómico del calendario con el año de 365 días y los bisiestos— consagró el orden que ya conocemos, y de ahí pasó casi intacto al calendario gregoriano que usamos hoy.
El fósil que llevamos en el bolsillo
Me gusta pensar que el calendario es un yacimiento arqueológico de uso diario. Cada vez que alguien escribe «septiembre» está citando, sin saberlo, un calendario agrícola de la Roma del siglo VIII a.C.; cada «enero» invoca a un dios de dos caras; y el desfase entero existe porque hace veintidós siglos un cónsul tenía apuro por llegar a una guerra en España. Las palabras, como ya hemos visto en esta serie, suelen guardar mejor la memoria que nosotros: ahí siguen, contando en voz baja una historia que casi todos olvidamos.
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