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Etimología·Historia·Curiosidades··3 min de lectura

Procrastinar: el vicio que ya enfurecía a los romanos y que acuñó la palabra

Procrastinar viene del latín «cras», mañana. Hesíodo regañaba procrastinadores hace 2.700 años y Cicerón la declaró odiosa. No somos los primeros.

Por Edgar Landívar

Procrastinar: el vicio que ya enfurecía a los romanos y que acuñó la palabra

Si usted abrió este artículo para no hacer otra cosa que debería estar haciendo, bienvenido: está participando de una tradición milenaria. Nos gusta creer que procrastinar es una enfermedad moderna —culpa del teléfono, de las redes, de la oficina— y hasta la palabra suena a tecnicismo recién importado. Pero la palabra es latín puro y el vicio es más viejo que el latín: los primeros regaños documentados contra los procrastinadores tienen unos 2.700 años. Lo único que hemos modernizado son las excusas.

Una palabra hecha de «mañana»

La anatomía del término es deliciosamente literal: procrastinare se arma con pro- (hacia adelante) y crastinus, derivado de cras: «mañana». Procrastinar es, letra por letra, «amañanar»: empujar las cosas hacia ese día siguiente que, como bien sabemos los practicantes, tiene la propiedad mágica de no llegar nunca. Los romanos no solo padecían el vicio: lo tenían perfectamente diagnosticado en su gramática.

Hesíodo, el primer regañón

Pero el expediente es anterior a Roma. Hacia el año 700 antes de Cristo, el poeta griego Hesíodo escribió Los trabajos y los días, un largo poema dirigido a su hermano Perses — un señor que había dilapidado su herencia y al que Hesíodo consideraba, con razón documental, un vago de marca mayor. Ahí está la primera advertencia antiprocrastinación de la literatura universal: «No dejes para mañana ni para pasado mañana, porque el hombre que trabaja con desgano no llena su granero». Veintisiete siglos después, el consejo sigue sin estrenarse en muchas casas, incluida a ratos la mía.

Cicerón estaba harto

En Roma, el asunto escaló de defecto doméstico a acusación política. Cicerón, en plena batalla oratoria contra Marco Antonio, lo dejó escrito en sus Filípicas: «en la conducción de los asuntos, la lentitud y la procrastinación son odiosas». Y los moralistas cristianos le añadieron después la imagen más cruel y más bonita del expediente: San Agustín comparaba al que pospone su conversión con el cuervo, que grazna «cras, cras» — «mañana, mañana» en latín. El procrastinador, decía, vive graznando como el cuervo del arca, prometiendo un mañana que no piensa cumplir. Diecisiete siglos antes del «luego lo hago», ya teníamos mascota oficial.

La palabra dormida que internet despertó

Lo curioso es que «procrastinar», en español, pasó siglos hibernando en los diccionarios como cultismo de anticuario: existía, pero nadie la usaba — para eso estaban «dejar para mañana», «dar largas» y el insuperable «ahorita». Fue la era digital, con su industria de la productividad y su catálogo infinito de distracciones, la que resucitó el latinajo y lo volvió palabra de uso diario. Tiene su lógica: nunca en la historia fue tan fácil posponer — el granero de Hesíodo no tenía notificaciones. Pero conviene no engañarse con la nostalgia: como ya vimos con la palabra «trabajo» y su instrumento de tortura, el idioma registra desde antiguo que el esfuerzo nos cuesta. No somos una generación de vagos sin precedentes; somos la misma especie de siempre, con mejores juguetes para el «cras, cras».

¿El antídoto? Existe, y en este blog tiene nombre propio: se llamaba Isaac Asimov, el señor que publicó quinientos libros trabajando todos los días de ocho a diez con genuina felicidad. Su secreto no era la disciplina militar sino el gusto: nunca postergamos lo que de verdad queremos hacer. Que es, probablemente, la lección que Hesíodo intentaba meterle a su hermano hace veintisiete siglos — y que usted, que vino aquí huyendo de un pendiente, ya puede ir aplicando. El artículo se acabó. Cras no existe. Vaya.


¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con el escalofriante origen de «defenestrar» y la historia detrás de la palabra «boicot», o explora toda la serie de etimología.

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