El año sin verano de 1816
En 1815 el volcán Tambora estalló y oscureció el planeta. 1816 fue el año sin verano: cosechas perdidas, hambre y el nacimiento de Frankenstein.

Hubo un año en que el verano simplemente no llegó. En junio nevaba en Nueva Inglaterra, en agosto las heladas mataban las cosechas en Europa y el sol salía cada mañana apagado, rojizo, como visto a través de un cristal sucio. Lo llamaron el año sin verano, y detrás de aquel clima imposible había un culpable a doce mil kilómetros de distancia: un volcán indonesio que casi nadie en Occidente sabía que existía.
La explosión más grande de la historia registrada
En abril de 1815, el volcán Tambora, en la isla de Sumbawa (actual Indonesia), entró en una erupción colosal: la mayor de la que se tiene registro histórico. La montaña perdió más de mil metros de altura de un solo golpe. La explosión mató directamente a decenas de miles de personas y se escuchó a más de 2.000 kilómetros. Pero su efecto más duradero no fue el estruendo, sino lo que lanzó al cielo.
Tambora inyectó en la estratosfera una cantidad inmensa de ceniza y, sobre todo, de gases de azufre. Allí arriba, esos compuestos formaron una fina bruma de partículas que el viento repartió por todo el planeta y que actuó como una persiana: reflejaba parte de la luz del sol de vuelta al espacio antes de que llegara al suelo. La Tierra entera se enfrió alrededor de un grado. No suena a mucho, pero bastó para descomponer el delicado mecanismo de las estaciones.
1816: nieve en junio y cosechas perdidas
El desastre estalló al año siguiente, lejos del volcán. En el hemisferio norte, la primavera y el verano de 1816 fueron anómalamente fríos y caóticos. En el noreste de Estados Unidos cayó nieve en pleno junio y hubo heladas en cada mes del verano; los granjeros bautizaron aquel año como «eighteen hundred and froze to death», mil ochocientos congelado-hasta-morir.
En Europa, todavía exhausta tras las guerras napoleónicas, las lluvias incesantes y el frío pudrieron los cultivos. El precio del pan se disparó, hubo revueltas por comida, saqueos y una de las últimas grandes hambrunas del continente. Detrás vino el tifus, que aprovechó la miseria para propagarse. Como en tantos episodios de pánico colectivo —pienso en la plaga del baile de 1518—, la gente sufría sin entender la causa de su desgracia, porque nadie relacionaba aquel cielo plomizo con un volcán al otro lado del mundo.
De la penumbra nació Frankenstein
Y aquí la historia da un giro inesperado. Aquel verano helado y lluvioso, un grupo de jóvenes ingleses pasaba sus vacaciones a orillas del lago de Ginebra, en Suiza. Entre ellos estaban el poeta Lord Byron, Percy Shelley y su futura esposa, Mary Shelley. Atrapados día tras día dentro de la villa por el mal tiempo, para entretenerse se retaron a escribir cada uno una historia de terror.
De aquel encierro forzado por el clima de Tambora salió una novela que cambió la literatura para siempre: Frankenstein o el moderno Prometeo. En la misma reunión, el médico John Polidori esbozó El vampiro, el relato que sentaría las bases del mito moderno del vampiro. Dos de los grandes monstruos de la cultura occidental nacieron, literalmente, de un volcán.
La bicicleta y otras consecuencias inesperadas
Los efectos en cadena fueron asombrosos. Como la falta de avena encarecía y diezmaba a los caballos —el «motor» de la época—, el inventor alemán Karl Drais buscó una alternativa para moverse sin tracción animal y construyó la draisina, la máquina de dos ruedas que se considera la antecesora de la bicicleta. En Estados Unidos, miles de familias arruinadas por las malas cosechas de Nueva Inglaterra emigraron hacia el oeste, redibujando el mapa humano del país.
El año sin verano es uno de esos casos en los que un solo evento natural sacude la historia entera: la economía, las migraciones, la literatura e incluso el transporte. Un recordatorio de hasta qué punto nuestra civilización se sostiene sobre el equilibrio frágil del clima, y de cómo una montaña que estalla en Indonesia puede terminar inventando a Frankenstein y a la bicicleta. Cuesta creerlo, igual que cuesta creer que alguien vendiera un país entero que no existía por esos mismos años.
Referencias
- Gillen D'Arcy Wood, Tambora: The Eruption That Changed the World, Princeton University Press, 2014.
- William K. Klingaman y Nicholas P. Klingaman, The Year Without Summer: 1816 and the Volcano That Darkened the World, St. Martin's Press, 2013.
- C. R. Harington (ed.), The Year Without a Summer? World Climate in 1816, Canadian Museum of Nature, 1992.
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