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Ciencia del pasado·Historia·Ciencia y Tecnología··5 min de lectura

La guerra olvidada entre VHS y Betamax

Betamax era técnicamente mejor y aun así perdió. Esta es la historia de la guerra de formatos entre Sony y JVC que decidió cómo veríamos cine en casa.

La guerra olvidada entre VHS y Betamax

Durante casi una década, dos cintas de vídeo del tamaño de un libro se disputaron el salón de medio planeta. Una era técnicamente superior; la otra ganó. La historia de VHS contra Betamax es el ejemplo clásico de que en tecnología no siempre triunfa el mejor producto, sino el que juega mejor sus cartas.

Hoy las dos suenan igual de antiguas, pero entre 1975 y 1988 fueron enemigas acérrimas. De aquella pelea salió la forma en que una generación entera grabó la tele, alquiló películas y descubrió que se podía ver un partido a la hora que uno quisiera. Y salió también una lección que se repetiría con el CD, el DVD y hasta con los formatos de streaming: la calidad no basta.

Dos gigantes japoneses y un desacuerdo

La historia empieza con una oportunidad perdida de hacer las paces. En 1974, Sony tenía casi listo su sistema de vídeo doméstico y enseñó el prototipo del Betamax a otros fabricantes japoneses con la esperanza de que todos adoptaran un único estándar común. Entre los invitados estaba JVC (Japan Victor Company), que ya trabajaba en su propio diseño y decidió seguir su camino en lugar de plegarse al de Sony.

El resultado fueron dos formatos incompatibles. Sony lanzó el Betamax en 1975; JVC respondió con el VHS (Video Home System) en 1976. Las cintas se parecían por fuera, pero un aparato jamás podría leer la cinta del rival. El comprador, sin saberlo, no elegía solo una máquina: apostaba por un bando en una guerra que aún no había empezado.

Betamax era, sobre el papel, el mejor

Aquí está la gran ironía de esta historia: Betamax era el formato técnicamente superior, y casi nadie lo discute. En su modo original, el Betamax ofrecía unas 250 líneas de resolución horizontal frente a las 240 del VHS, tenía menos "ruido" en la imagen, mejor sonido y, en general, una mecánica de mayor precisión. Sony había hecho las cosas con esmero de ingeniero.

Pero esa ventaja escondía una trampa. Para conseguir mejor imagen, Sony sacrificó lo que a la gente de verdad le importaba: el tiempo. Y ese detalle, aparentemente menor, terminaría hundiendo al mejor producto.

La cinta que no daba para una película

Las primeras cintas de Betamax grababan solo 60 minutos. Suena a nimiedad, pero era su talón de Aquiles: una hora no alcanzaba para grabar una película entera ni un partido de fútbol. El VHS de JVC, en cambio, ofrecía desde el principio dos horas, justo lo necesario para caber un largometraje en una sola cinta. Más tarde el VHS estiraría la grabación hasta cuatro y seis horas.

Sony reaccionó con un modo más lento (el llamado β2) que duplicaba la duración a dos horas, pero para lograrlo tuvo que recortar la resolución, con lo que borró de un plumazo su principal ventaja. La foto era mejor, sí, pero si no cabía la película, ¿de qué servía? Los consumidores votaron con la cartera y eligieron la comodidad. El tiempo de grabación es, para casi todos los historiadores, el factor que definió la guerra.

Una cinta VHS y una cinta Betamax colocadas una junto a la otra sobre una mesa de los años ochenta

La jugada maestra: abrir el formato

El tiempo de grabación explica parte de la derrota, pero la estrategia empresarial explica el resto. Sony guardó el Betamax con celo, reacia a licenciar su tecnología a otros fabricantes. JVC hizo justo lo contrario: licenció el VHS de forma amplia y barata a marcas como Panasonic, Hitachi, Sharp o RCA.

El efecto fue demoledor. De repente había decenas de fabricantes produciendo aparatos VHS, la competencia entre ellos bajó los precios y las tiendas se llenaron de reproductores compatibles. Sony, sola contra ese ejército, no podía seguir el ritmo. Es la misma lógica de estándares abiertos frente a cerrados que décadas después decidiría otras batallas tecnológicas, como la que contamos en la historia de Ethernet frente a redes propietarias.

El videoclub inclinó la balanza

Hubo un tercer frente, quizá el decisivo: el alquiler de películas. A finales de los setenta y en los ochenta explotó el negocio del videoclub, y los estudios de Hollywood y las tiendas de alquiler se volcaron con el formato que ya dominaba los hogares: el VHS. Cuantas más máquinas VHS había, más cintas VHS se alquilaban; y cuantas más cintas de alquiler, más gente compraba un aparato VHS. Un círculo virtuoso para JVC y un pozo sin fondo para Sony.

Los números cuentan el desenlace sin piedad. Hacia 1980, el VHS ya tenía cerca del 60 % del mercado norteamericano. En 1981 el Betamax había caído a un 25 % de las ventas en Estados Unidos. Y en 1987 el VHS controlaba en torno al 90 % del mercado estadounidense. La guerra, en la práctica, estaba sentenciada.

Que Sony perdiera la guerra comercial no significa que perdiera todas las batallas. En 1984, en el célebre "caso Betamax" (Sony Corp. of America contra Universal City Studios), la Corte Suprema de Estados Unidos dictó una sentencia histórica por 5 votos contra 4: grabar un programa de televisión en casa para verlo más tarde —lo que se llamó time-shifting, "desplazar el tiempo"— era uso legítimo y no violaba los derechos de autor.

Hollywood había demandado a Sony convencido de que la grabadora doméstica arruinaría el cine. El fallo no solo salvó al vídeo casero: sentó un precedente que años después ampararía a fotocopiadoras, reproductores de MP3 y buena parte de la tecnología digital. Irónicamente, la máquina perdedora de la guerra de formatos dio nombre a una de las sentencias más influyentes de la era tecnológica.

Rendición y larga agonía

En 1988, Sony hizo lo impensable: empezó a fabricar sus propios reproductores VHS, un reconocimiento implícito de la derrota. El Betamax no murió de golpe, pero quedó relegado a un nicho profesional y a un puñado de fieles. Sony dejó de fabricar aparatos Betamax en 2002 y, sorprendentemente, siguió produciendo cintas hasta marzo de 2016, cuando anunció el último envío. Cuarenta años después de nacer, el formato "mejor" se apagaba del todo.

La guerra del VHS y el Betamax dejó una moraleja que la industria repetiría una y otra vez: la tecnología no se impone solo por ser superior, sino por precio, disponibilidad, alianzas y ese algo intangible que hace que un formato se vuelva el estándar de todos. Es la misma clase de pulso que ya se había librado, con corriente eléctrica en lugar de cintas, en la guerra de las corrientes entre Edison y Tesla, y que se repetiría con cada nuevo soporte. Del rey del salón durante los ochenta y noventa, el VHS acabaría rindiéndose a su vez ante el DVD, tal como el disquete cedió su trono en la historia del disquete. Ninguna cinta reina para siempre.


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