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Ciencia del pasado·Historia·Ciencia y Tecnología··5 min de lectura

El LaserDisc, el futuro que llegó demasiado pronto

En 1978 el LaserDisc ya ofrecía imagen nítida, acceso instantáneo y sonido digital: todo lo que traería el DVD veinte años después. Llegó demasiado pronto.

El LaserDisc, el futuro que llegó demasiado pronto

Antes del DVD, antes del Blu-ray y del streaming, hubo un disco brillante del tamaño de un vinilo que prometía algo que sonaba a ciencia ficción: ver una película con calidad de cine, saltar a cualquier escena al instante y leerla con un rayo láser sin tocar nunca la superficie. Se llamaba LaserDisc, y llegó a las tiendas en 1978. El problema es que llegó demasiado pronto.

Mientras el mundo se peleaba entre cintas de vídeo, un puñado de ingenieros ya había construido el futuro del cine en casa. Casi nadie lo compró, pero casi todo lo que hoy damos por sentado —el disco óptico, el acceso instantáneo, las ediciones especiales— nació en aquel platón plateado que la mayoría nunca tuvo en el salón.

Un disco que se leía con luz

El LaserDisc fue el primer soporte óptico comercial de la historia: el bisabuelo directo del CD, el DVD y el Blu-ray. Lo desarrollaron tres actores muy distintos: Philips, que aportó la tecnología óptica; el estudio de cine MCA, dueño de un enorme catálogo de películas; y más tarde Pioneer, que acabaría siendo su gran valedor.

La idea era revolucionaria. En lugar de una cabeza magnética rozando una cinta, un rayo láser leía millones de minúsculos huecos grabados en un disco de 30 centímetros, sin contacto físico alguno. Eso significaba que el disco no se desgastaba con cada reproducción, como sí ocurría con las cintas, que perdían calidad viaje tras viaje. La misma lógica de "leer sin tocar" que después heredarían todos los discos ópticos.

DiscoVision y el tiburón que estrenó el formato

El estreno comercial fue en Estados Unidos en 1978, con un nombre hoy olvidado: DiscoVision. El primer título que salió a la venta en Norteamérica fue, muy apropiadamente, Tiburón (Jaws), el 15 de diciembre de 1978 en Atlanta. Philips fabricaba los reproductores y MCA prensaba los discos.

Fue un arranque accidentado. La calidad de fabricación de los primeros discos era irregular y la alianza entre Philips y MCA se deshizo a los pocos años. Quien recogió el testigo y apostó de verdad por el formato fue Pioneer, que lo rebautizó y lo mantuvo vivo durante dos décadas, sobre todo entre cinéfilos exigentes.

Calidad de cine (y un truco que la cinta no tenía)

Aquí está lo que hacía especial al LaserDisc: era muchísimo mejor que el VHS. Ofrecía en torno a 425 líneas de resolución horizontal frente a las apenas 240 de la cinta, colores más limpios y —en muchos títulos— audio digital con calidad de CD. Fue, de hecho, el primer formato doméstico compatible con sonido envolvente. Quien veía una película en LaserDisc no volvía a mirar el VHS con los mismos ojos.

Y tenía un superpoder que la cinta jamás podría igualar: el acceso instantáneo. El formato admitía dos modos de grabación. En CAV (velocidad angular constante), cada cara guardaba unos 30 minutos, pero permitía congelar una imagen perfecta, avanzar cuadro a cuadro y saltar a cualquier capítulo al momento. En CLV (velocidad lineal constante), la cara estiraba hasta 60 minutos sacrificando esos trucos. Nada de rebobinar durante dos minutos como en el VHS: se elegía la escena y ya estaba. Ese salto instantáneo es, en el fondo, lo mismo que hacemos hoy al mover el dedo por una barra de reproducción.

Un LaserDisc plateado del tamaño de un disco de vinilo reflejando la luz junto a un reproductor de los años ochenta

Por qué casi nadie lo compró

Si era tan superior, ¿por qué fracasó? Por las mismas razones nada glamurosas que decidieron la guerra entre el VHS y el Betamax: precio, comodidad y catálogo.

Primero, el reproductor y los discos eran caros, muy por encima de un vídeo VHS. Segundo —y esto fue letal—, el LaserDisc no podía grabar. La gran gracia del VHS era registrar la telenovela o el partido para verlo después; el disco óptico solo servía para reproducir lo ya prensado. Tercero, los discos eran enormes y frágiles: del tamaño de un vinilo, pesados, y como cada cara duraba una hora, en pleno clímax de la película había que levantarse a dar la vuelta al disco o incluso cambiarlo por el segundo. Un largometraje ocupaba a menudo dos o más discos.

Y estaba el círculo vicioso del catálogo: como se vendían pocos reproductores, muchos estudios no molestaban en editar sus películas en LaserDisc, y como había pocas películas, se vendían pocos reproductores. Los videoclubs, con Blockbuster a la cabeza, se volcaron con el VHS. El mejor producto perdió otra vez, igual que le pasaría al soporte que reinó después y acabó cediendo en la historia del disquete.

Dragon's Lair: cuando el disco fue videojuego

El LaserDisc tuvo un momento de gloria inesperado en 1983, en los salones recreativos. Dragon's Lair, con animación del ex-Disney Don Bluth, era prácticamente un dibujo animado interactivo: el jugador movía la palanca en el momento justo y el disco saltaba a la secuencia correspondiente. Nunca se había visto nada tan espectacular en una máquina de arcade.

Pero fue también una lección sobre los límites del formato. Los reproductores Pioneer que llevaba dentro estaban diseñados para leer películas de forma lineal, no para saltar de una escena a otra cada pocos segundos. Ese trajín constante los hacía fallar y averiarse pronto. La tecnología deslumbraba, pero forzaba la máquina más allá de lo que podía aguantar.

El nicho que lo hizo inmortal

El LaserDisc nunca fue masivo en Occidente —se calcula que llegó a un porcentaje pequeño de hogares estadounidenses—, pero encontró dos refugios. En Japón tuvo bastante más éxito, y entre los cinéfilos de todo el mundo se volvió objeto de culto. Fue en LaserDisc donde nacieron muchas costumbres que hoy asociamos al cine en casa: las películas en su formato panorámico original (letterbox) en lugar de recortadas, y sobre todo las ediciones especiales con pistas de comentarios del director. La legendaria Criterion Collection empezó precisamente ahí, mimando películas en un formato que casi nadie tenía.

Su influencia técnica fue aún mayor. De la investigación óptica que lo hizo posible salió el CD en 1982, luego el DVD en 1996 —Pioneer llegó a vender reproductores combinados de LaserDisc y DVD— y toda la estirpe de discos que dominó el cambio de siglo. Pioneer fabricó reproductores hasta 2009, cerrando con elegancia un formato de más de treinta años, una historia de invento adelantado que recuerda a la de otras máquinas que se estrenaron antes de tiempo, como el fonógrafo de Edison.

El LaserDisc no fracasó por malo, sino por prematuro. Tenía razón en casi todo —el disco óptico, el láser, el acceso instantáneo, el sonido digital, los extras— pero lo tuvo veinte años antes de que el precio, la tecnología y el público estuvieran listos. Fue, literalmente, un futuro que llegó demasiado pronto.


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