El escorbuto: mató a más marineros que las tormentas
El escorbuto mató a más marineros que las batallas y los naufragios. Su cura se descubrió, se olvidó y se volvió a descubrir durante siglos.

Durante la gran era de la navegación, el enemigo más letal de un marinero no era la tormenta, ni el fuego enemigo, ni el naufragio: era una enfermedad silenciosa que empezaba con encías sangrantes y terminaba matando en la cubierta. El escorbuto acabó con la vida de unos dos millones de marineros entre los siglos XV y XVIII, más que todas las batallas navales de la época juntas. Y lo más asombroso es que su cura era barata, sencilla y estuvo al alcance de la mano durante siglos: bastaba con comer fruta.
Una muerte lenta a bordo
El escorbuto aparece cuando el cuerpo pasa demasiado tiempo —a veces tan poco como tres meses— sin vitamina C. Los seres humanos, a diferencia de casi todos los animales, no podemos fabricarla: tenemos que obtenerla de la comida. Y en un barco de vela, la dieta era exactamente lo contrario de lo que hacía falta: galleta seca, carne salada y nada de fruta ni verdura fresca durante semanas o meses.
Sin vitamina C, el organismo deja de producir colágeno, la proteína que mantiene unidos los tejidos. Las consecuencias eran espantosas y muy reconocibles: encías esponjosas y sangrantes, dientes que se aflojaban y caían, viejas heridas que se reabrían, hemorragias bajo la piel, agotamiento extremo y, finalmente, la muerte. Los marineros describían un cansancio que los dejaba tumbados, incapaces de moverse, mientras el cuerpo literalmente se descosía por dentro.
El precio de cada gran viaje
Ninguna expedición larga se libraba. Cuando Vasco da Gama abrió la ruta a la India bordeando África en 1497-1499, perdió por escorbuto a alrededor de dos tercios de su tripulación. En la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, la enfermedad diezmó a los hombres en la travesía interminable del Pacífico. Un siglo y medio después la historia se repetía: en la expedición del comodoro George Anson alrededor del mundo (1740-1744), más de la mitad de sus casi dos mil hombres murieron, la inmensa mayoría de escorbuto.
Estas cifras convivían con la misma paradoja del resto de la medicina de la época, cuando aún no se entendían las causas de las enfermedades y se aislaba a los enfermos por precaución, como cuentan la historia de la palabra «cuarentena» o la de la viruela que cambió imperios. El escorbuto era tan constante que se contaba como un gasto previsible del viaje, igual que la comida o las velas.
El primer ensayo clínico de la historia
La solución llegó de la mano de un cirujano naval escocés, James Lind. En 1747, a bordo del HMS Salisbury, hizo algo revolucionario: en lugar de teorizar, experimentó. Tomó a doce marineros enfermos de escorbuto, con síntomas parecidos, y los dividió en seis parejas. A todas les dio la misma dieta base, pero a cada pareja le añadió un «remedio» distinto: sidra, vinagre, agua de mar, ácido sulfúrico diluido, una pasta de especias… y a una de ellas, dos naranjas y un limón al día.
El resultado fue inequívoco. En apenas seis días, la pareja de los cítricos se había recuperado casi por completo; uno ya estaba listo para volver al servicio. Ninguno de los otros remedios sirvió de nada. Lind había realizado, sin saber que estaba fundando un método, uno de los primeros ensayos clínicos controlados de la historia de la medicina. Publicó sus hallazgos en 1753, en un Tratado sobre el escorbuto.
Una cura que el mundo insistió en olvidar
Aquí viene lo más frustrante de esta historia. Tener la prueba no bastó. La Marina Real británica tardó casi medio siglo en actuar: hasta 1795 no ordenó repartir zumo de limón a diario a todos sus marineros. Cuando por fin lo hizo, el escorbuto casi desapareció de sus barcos de un golpe. Los ingleses se aficionaron tanto al cítrico que otras armadas empezaron a llamarlos, con sorna, limeys.
Pero la cura volvió a perderse. Buscando abaratar costes, la Marina cambió el limón por lima de sus colonias caribeñas, sin saber que la lima tiene bastante menos vitamina C. Peor aún: al exprimir el zumo, hervirlo y almacenarlo en cobre, se destruía la poca vitamina que quedaba. Cuando en 1911 la expedición antártica de Robert Falcon Scott intentó llegar al Polo Sur, sus hombres volvieron a enfermar de escorbuto: la humanidad había vuelto a olvidar por qué funcionaba el remedio.
El culpable con nombre: la vitamina C
El misterio no se resolvió del todo hasta el siglo XX. En 1932, el bioquímico húngaro Albert Szent-Györgyi —junto con el trabajo paralelo del estadounidense Charles Glen King— identificó la sustancia que curaba el escorbuto: el «ácido hexurónico» que había aislado años antes era, en realidad, la vitamina C. La rebautizó ácido ascórbico, del latín scorbutus con la a privativa: literalmente, «anti-escorbuto». En 1937 recibió el Premio Nobel por ese y otros hallazgos.
Así se cerró un círculo de casi cuatro siglos. Una enfermedad que había decidido el destino de expediciones enteras —tanto como lo hicieron inventos de navegación como la brújula— resultó deberse a la falta de una molécula que hoy encontramos en una naranja. El escorbuto se une así a esa larga lista de males que la ciencia terminó desarmando, como la corteza que se volvió remedio contra la malaria y luego gin tonic. La lección más incómoda no es que tardáramos en encontrar la cura, sino cuántas veces, teniéndola, decidimos olvidarla.
Referencias
- «Scurvy», Encyclopædia Britannica. britannica.com
- «James Lind and the first clinical trial», James Lind Library. jameslindlibrary.org
- «Albert Szent-Györgyi and the Discovery of Vitamin C», American Chemical Society. acs.org
- «Sailors' scurvy before and after James Lind — a reassessment», PubMed / Nutrition Reviews. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov
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