La anestesia: cuando operar era una tortura
Antes de 1846, operar significaba dolor atroz y cirujanos que amputaban una pierna en 30 segundos. Así nació la anestesia y transformó la cirugía.

Imagine que necesita una operación, pero no existe la anestesia. Está despierto, atado a la mesa, con varios hombres sujetándole los brazos y las piernas mientras el cirujano corta, sierra y cauteriza. Sus gritos llenan el quirófano. Así fue la cirugía durante casi toda la historia de la humanidad: no un remedio sereno, sino una tortura consciente que muchos pacientes preferían no afrontar aunque les costara la vida. Todo cambió una mañana de 1846, cuando un gas invisible convirtió el dolor en silencio.
Cuando la velocidad lo era todo
Sin nada que adormeciera al paciente, la única piedad que podía ofrecer un cirujano era la rapidez. Cuanto menos durase el suplicio, menos dolor, menos sangre y más posibilidades de sobrevivir al shock. Por eso, antes de la anestesia, el mejor cirujano no era el más preciso, sino el más veloz.
El caso más célebre fue el del escocés Robert Liston, apodado «el cuchillo más rápido del West End», capaz de amputar una pierna en apenas 30 segundos. Antes de empezar solía gritar a sus estudiantes, cronómetro en mano: «Time me, gentlemen, time me!» («¡Tómenme el tiempo, señores!»). De él se cuenta una anécdota que resume el horror de aquellos quirófanos: en una amputación fulgurante habría cortado también los dedos de su ayudante y rasgado el abrigo de un espectador. El paciente y el ayudante murieron después por la infección, y el espectador, convencido de haber sido apuñalado, se desplomó muerto del susto. Es, según la leyenda, la única operación de la historia con una mortalidad del 300 %. Cierta o exagerada, la historia describe bien un mundo en el que la cirugía era el último recurso desesperado, algo tan brutal como fascinante que también asoma en la historia de la rinoplastia, la cirugía plástica más antigua.
El día del éter
El problema no era que faltaran sustancias capaces de aturdir a una persona. El éter y el óxido nitroso —el famoso «gas de la risa»— se conocían desde hacía décadas, pero se usaban sobre todo para divertirse en las extrañas fiestas para inhalar anestesia del siglo XIX, no para operar. Nadie había dado el paso de llevarlos en serio al quirófano y demostrar que funcionaban.
Ese paso lo dio un dentista de Boston, William T. G. Morton. El 16 de octubre de 1846, en el anfiteatro quirúrgico del Massachusetts General Hospital, Morton administró vapores de éter sulfúrico a un paciente llamado Edward Gilbert Abbott. Ante una sala llena de médicos escépticos, el prestigioso cirujano John Collins Warren extirpó un tumor del cuello del paciente sin que este gritara ni se retorciera. Al terminar, Warren se volvió hacia el público y pronunció una frase que pasó a la historia: «Gentlemen, this is no humbug» («Señores, esto no es un engaño»).
La noticia recorrió el mundo en semanas. Aquel anfiteatro se conoce desde entonces como el Ether Dome («la cúpula del éter») y el 16 de octubre quedó marcado como el Día del Éter. En honor a la verdad, un médico rural de Georgia, Crawford Long, ya había operado con éter en 1842, pero no publicó sus resultados; fue la demostración pública de Boston la que cambió la medicina para siempre.
Una palabra nueva para un mundo nuevo
Aquel estado de insensibilidad al dolor necesitaba un nombre. Semanas después de la demostración, el médico y escritor Oliver Wendell Holmes escribió a Morton proponiendo llamarlo anestesia, del griego an- («sin») y aisthesis («sensación»): literalmente, «sin sensación». La palabra caló de inmediato y bautizó no solo un procedimiento, sino toda una nueva rama de la medicina. Como tantas veces ocurre, un descubrimiento científico trae consigo su propio vocabulario, igual que sucedió con enfermedades que reescribieron la historia como la viruela, la enfermedad que cambió imperios.
El cloroformo y la reina
El éter tenía inconvenientes: era irritante, olía fatal y resultaba peligrosamente inflamable cerca de las lámparas del quirófano. Por eso, en 1847, el obstetra escocés James Young Simpson buscó una alternativa. Tras probar distintas sustancias en su propia casa —quedándose inconscientes él y sus colegas alrededor de la mesa—, dio con el cloroformo, más potente y agradable de inhalar. Simpson lo introdujo con audacia en los partos.
Pero la anestesia en el parto chocaba con fuertes objeciones religiosas: había quien sostenía que el dolor del alumbramiento era un mandato divino y no debía calmarse. El debate se zanjó de golpe en 1853, cuando el médico John Snow administró cloroformo a la mismísima reina Victoria durante el nacimiento de su hijo, el príncipe Leopoldo. Si era lo bastante bueno para la reina, lo era para cualquiera. El cloroformo se hizo respetable de la noche a la mañana y en Gran Bretaña se popularizó con el nombre de «anestesia à la reine», la anestesia de la reina.
En apenas siete años, la humanidad había pasado de sujetar a los pacientes que gritaban a dormirlos plácidamente. La anestesia no solo suprimió un sufrimiento inimaginable: al liberar al cirujano de la carrera contra el reloj, le permitió operar despacio, con cuidado y en profundidad. Sin ella no existirían las operaciones complejas de hoy. Fue, quizá, uno de los regalos más humanos que la ciencia ha hecho jamás a la medicina.
Referencias
- «The Ether Dome», Massachusetts General Hospital. massgeneral.org
- «History of Anesthesia», Wood Library-Museum of Anesthesiology. woodlibrarymuseum.org
- «Anesthesia à la Reine», McGill University — Office for Science and Society. mcgill.ca
- «Anesthetic», Encyclopædia Britannica. britannica.com
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