El origen de la palabra gas: el alquimista y el caos
La palabra «gas» la inventó un alquimista del siglo XVII a partir del griego «caos». Así un solo hombre bautizó un estado entero de la materia.

Casi todas las palabras del idioma no las inventó nadie: se fueron formando solas, boca a boca, durante siglos. La palabra gas es una rarísima excepción. Sabemos exactamente quién la creó, cuándo y de dónde la sacó: fue un médico y alquimista flamenco del siglo XVII que, buscando nombre para una sustancia invisible que se escapaba de sus experimentos, echó mano de una vieja palabra griega para el caos. Pocas palabras tan cotidianas tienen una partida de nacimiento tan precisa.
El hombre que necesitaba una palabra nueva
El inventor se llamaba Jan Baptist van Helmont (Bruselas, 1579–1644), un médico, químico y alquimista de los que todavía vivían con un pie en la magia y otro en la ciencia moderna. Estudiando lo que ocurría al quemar carbón vegetal o al fermentar el mosto del vino, se dio cuenta de algo que hasta entonces nadie había formulado con claridad: que aquellos «aires» que se desprendían no eran todos el mismo aire. Había vapores distintos entre sí y distintos del aire que respiramos.
El problema es que no existía una palabra para nombrarlos. En su época se hablaba de «espíritus», «vapores» o «exhalaciones», términos vagos heredados de la alquimia. Van Helmont, considerado hoy el fundador de la química de los gases (la llamada química neumática), entendió que hacía falta un término nuevo para una categoría nueva de materia. Y decidió fabricárselo.
Una palabra sacada del caos
La materia que estudiaba no tenía forma propia: se expandía hasta llenar cualquier recipiente, sin orden ni contorno. A Van Helmont eso le recordó una idea muy antigua, la del chaos griego (χάος), que en la mitología no significaba «desorden» como hoy, sino el vacío informe y primordial que existía antes de que el mundo tuviera forma. Ese hueco sin límites era la imagen perfecta para algo que no era ni sólido ni líquido y que ocupaba todo el espacio disponible.
Aquí entra un detalle lingüístico delicioso. En neerlandés, la lengua de Van Helmont, la letra «g» no suena como en español, sino como una jota áspera, un sonido de garganta muy parecido a la ch (la letra ji, χ) del griego. Así que cuando Van Helmont escribió gas, en realidad estaba transcribiendo casi al pie de la letra cómo sonaba chaos en su boca. «Gas» no es más que «caos» pronunciado a la flamenca. Él mismo lo dejó escrito: «a este vapor lo llamo gas, no muy lejos del caos de los antiguos».
La sombra de Paracelso
Van Helmont no sacó la idea de la nada. Un siglo antes, el médico y alquimista suizo Paracelso ya había usado la palabra «caos» para referirse al aire y a los medios invisibles de los que los seres vivos toman su alimento. Van Helmont, gran lector suyo, recogió esa intuición y la convirtió en un término técnico preciso. Es el mismo Paracelso que aparece en la historia de la palabra «alcohol», cuando los alquimistas empezaron a llamar así a la esencia más pura destilada del vino: dos palabras químicas que salieron del mismo taller renacentista.
El primer gas que Van Helmont identificó y bautizó fue el que llamó gas sylvestre («gas de los bosques» o «gas silvestre»): el vapor que sale del carbón al arder, del vino al fermentar y del fondo de ciertas cuevas donde el aire se vuelve irrespirable. Hoy sabemos que ese gas sylvestre era el dióxido de carbono, el mismo CO₂ de las burbujas de una gaseosa y de nuestra propia respiración.
La palabra gemela que nadie recuerda
Van Helmont, entusiasmado con inventar vocabulario, creó otra palabra hermana de «gas»: blas, con la que pretendía nombrar una especie de fuerza o movimiento vital que gobernaba la materia y los astros. Pero blas no tenía detrás una realidad tan concreta y útil como los vapores, y no cuajó: hoy nadie la usa ni la recuerda. El destino de las dos palabras no pudo ser más distinto. «Gas» triunfó porque nombraba algo que la ciencia necesitaba nombrar con urgencia; «blas» se apagó como una moda pasajera.
La palabra «gas» tardó, eso sí, en imponerse. Van Helmont la usó en sus escritos, publicados sobre todo de forma póstuma en su Ortus medicinae (1648), pero pasó más de un siglo hasta que la química del XVIII —la de Lavoisier y los grandes descubridores de los aires— la adoptó de forma definitiva. Cuando lo hizo, «gas» ya no soltó el idioma: pasó del neerlandés al francés, al inglés y al español casi sin cambiar una letra.
El caos que respiramos
Hoy «gas» es una de las palabras más neutras y técnicas que existen: la del gas de la cocina, el gas de un globo, los gases de efecto invernadero. Cuesta imaginar que naciera de una imagen tan poética como el vacío primordial de los mitos griegos. Pero cada vez que abrimos la llave de la cocina o inflamos un neumático estamos, sin saberlo, invocando el caos de los antiguos, esa nada informe que un alquimista de Bruselas decidió, hace cuatro siglos, encerrar en tres letras. Es, junto a «cifra» y «cero» o la historia del litio, otro ejemplo de cómo la ciencia deja su huella en las palabras que usamos sin pensar.
Referencias
- «Gas — Etymology, Origin & Meaning», Etymonline. etymonline.com
- «Jan Baptist van Helmont», Wikipedia. en.wikipedia.org
- «gas, n.¹ & adj. — etymology», Oxford English Dictionary. oed.com
- «Joan Baptista van Helmont», Linda Hall Library — Scientist of the Day. lindahall.org
¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con el origen de «alcohol» o explora toda la serie de etimología.
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