Neomano
← Volver al inicio
Etimología·Ecuador·Historia··3 min de lectura

El origen de la palabra «soroche»

El «soroche», el mal de altura de los Andes, no debe su nombre al aire sino a un mineral: durante siglos se creyó que sus vapores enfermaban al viajero.

Por Edgar Landívar

El origen de la palabra «soroche»

Cualquiera que haya subido a Quito, a La Paz o al Cusco sin aclimatarse conoce el soroche: el dolor de cabeza que aprieta las sienes, la respiración corta, las náuseas y ese cansancio raro que llega solo por estar parado. Lo curioso es que la palabra que usamos en todos los Andes para nombrar el mal de altura no habla del aire ni de las montañas. Habla de una piedra. Y detrás de ese nombre hay un error médico que duró siglos.

Una palabra quechua para un malestar andino

«Soroche» viene del quechua, probablemente de suruchi, y como tantos quichuismos —igual que el chuchaqui, la resaca a la ecuatoriana— se incrustó en el español de la región sin pedir permiso. Hoy lo entienden por igual un ecuatoriano, un boliviano, un peruano o un chileno, mientras que un español o un mexicano probablemente necesiten que se lo expliquen.

Pero el detalle fascinante es que, en su origen, soroche no nombraba la enfermedad. Nombraba un mineral.

La piedra que daba nombre a la enfermedad

En el vocabulario minero de los Andes coloniales, el soroche era un mineral metálico —en general un sulfuro de plomo brillante, lo que hoy llamaríamos galena, a veces confundido con otros menerales de las vetas de plata—. Las montañas que mareaban a los viajeros eran, muchas veces, las mismas que guardaban plata y plomo en sus entrañas, y en cuyas minas trabajaban miles de personas.

De esa coincidencia nació una teoría tan lógica como equivocada: si uno se sentía descompuesto al subir a esos cerros, debía ser por culpa de las emanaciones del metal. Se pensaba que los vapores del soroche, ese mineral escondido en la roca, envenenaban el aire y descomponían el cuerpo del que se acercaba. La enfermedad terminó adoptando el nombre del mineral al que culpaban: pasó a llamarse, simplemente, soroche.

El verdadero culpable era el aire (o su falta)

Hoy sabemos que la piedra es inocente. El mal de altura no lo causa ningún vapor metálico, sino algo mucho más simple e invisible: la falta de oxígeno. A mayor altitud, el aire es menos denso; cada bocanada contiene menos moléculas de oxígeno, y el cuerpo, hasta que se aclimata fabricando más glóbulos rojos, protesta con dolor de cabeza, fatiga y náuseas. Es física pura, no química de minerales.

Pero el nombre ya estaba puesto, y los nombres rara vez se corrigen cuando la ciencia cambia de opinión. Seguimos diciendo «me dio soroche» con la misma naturalidad con la que culpamos a una piedra que nunca tuvo nada que ver. Es el mismo fenómeno por el que arrastramos palabras cuyo sentido literal ya nadie recuerda, como cuando descubrimos que «pelucón» tampoco significaba lo que hoy creemos.

Un fósil del miedo a la montaña

Así que la próxima vez que el soroche le arruine la llegada a una ciudad de altura, recuerde que está pronunciando un pequeño fósil lingüístico: el recuerdo de una época en que los Andes se subían con miedo y se creía que las montañas escondían un veneno mineral capaz de tumbar al más fuerte. La cura, por cierto, sigue siendo la más antigua: subir despacio, beber agua, y darle tiempo al cuerpo para que aprenda a respirar un aire más delgado.

Referencias

  1. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, s. v. «soroche» (del quechua suruchi). dle.rae.es
  2. Diego González Holguín, Vocabulario de la lengua general de todo el Perú llamada lengua qquichua o del Inca, Lima, 1608.
  3. Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario de americanismos, 2010, s. v. «soroche».

¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con el origen de «chuchaqui» o explora toda la serie de etimología.

Compartir¡Copiado!

También te puede interesar

Comentarios

Inicia sesión con GitHub para comentar.
Publicidad

Del autor · Software libre

PaloSanto Solutions Telefonía IP empresarial con software libre

Visitar PaloSanto