La máquina de escribir contra la mala caligrafía
La máquina de escribir nació para vencer a la letra ilegible: la historia del invento que estandarizó las oficinas y llevó a las mujeres al trabajo.

Durante siglos, cualquier carta, contrato o registro dependía de una sola herramienta imperfecta: la mano de quien escribía. Y la mano falla. Se cansa, tiembla, arrastra la tinta, inventa florituras que nadie más entiende. La máquina de escribir no llegó solo a ahorrar tiempo, sino a resolver un problema tan viejo como la escritura misma: que la letra de una persona pudiera leerse siempre igual, la escribiera quien la escribiera. Su historia es, en buena medida, la de una larga guerra contra la mala caligrafía.
Cuando escribir a mano era un problema serio
Hoy nos cuesta imaginarlo, pero la letra ilegible era una fuente constante de errores caros. Un número mal trazado en un libro de cuentas, un apellido confuso en un contrato, una receta médica indescifrable: cada trazo torcido podía costar dinero o provocar un pleito. En las oficinas del siglo XIX, ejércitos de copistas pasaban documentos a limpio a mano, y aun así el resultado dependía del pulso y la caligrafía de cada uno.
La promesa de una máquina que imprimiera letras uniformes, iguales renglón tras renglón, era enorme. No se trataba de escribir más rápido —al principio ni siquiera lo era—, sino de que el texto se pudiera leer sin esfuerzo y sin ambigüedad. Los tipógrafos, que sufrían a diario los manuscritos ilegibles de los autores, fueron de los primeros en soñar con ella.
Turri, la condesa ciega y la primera máquina
La idea es más antigua de lo que parece. Uno de los primeros aparatos que de verdad funcionó lo construyó hacia 1808 el italiano Pellegrino Turri, y no para una oficina, sino por amor. Su amiga, la condesa Carolina Fantoni da Fivizzano, se había quedado ciega y no podía escribir cartas por sí sola. Turri le fabricó una máquina que estampaba letras sobre el papel, y para darle tinta inventó de paso un antecedente del papel carbón.
No sabemos qué aspecto tenía aquel invento, pero sí conservamos su resultado: unas dieciséis cartas escritas por la condesa se guardan en un museo de Reggio Emilia y son los textos mecanografiados más antiguos que existen. La primera máquina de escribir de la historia nació, curiosamente, para alguien que no podía ver lo que escribía.
El septuagésimo sexto inventor
Entre aquella máquina y la que conquistó el mundo hubo decenas de intentos fallidos: máquinas enormes, lentísimas o más difíciles de manejar que una pluma. Se ha dicho, medio en broma, que Christopher Latham Sholes fue «el septuagésimo sexto inventor» de la máquina de escribir, porque llegó tras una larga fila de predecesores que nunca dieron con un modelo práctico.
Sholes era impresor, periodista y político de Milwaukee. Junto a Carlos Glidden y Samuel Soulé, patentó en 1868 una máquina que sí funcionaba lo bastante bien como para venderse. Fue en esos prototipos donde nació el famoso teclado que hoy seguimos usando, una historia que merece capítulo aparte: la de por qué el teclado QWERTY sobrevivió a todos sus rivales.
1873: Remington convierte el invento en producto
Una buena idea no basta; hace falta una fábrica. En 1873, Sholes vendió sus derechos por unos 12.000 dólares a E. Remington and Sons, una empresa que fabricaba armas y máquinas de coser y que buscaba nuevos negocios tras la Guerra Civil estadounidense. Al año siguiente salió al mercado la Sholes and Glidden Type-Writer, la primera máquina de escribir comercial de la historia.
El origen de Remington se notaba en los detalles. La máquina se montaba sobre un pie con pedal, como el de una máquina de coser, y sus primeros modelos venían decorados con flores pintadas, como un mueble de salón. Vender la novedad costó trabajo: mucha gente encontraba frío y hasta grosero recibir una carta impresa a máquina, como si el remitente no se hubiera molestado en escribirla de su puño y letra.
Solo mayúsculas y otros defectos de juventud
Aquellas primeras máquinas tenían límites llamativos. La Sholes and Glidden escribía solo en mayúsculas, y peor aún: el mecanismo golpeaba el papel por debajo, así que quien escribía no veía el texto hasta que hacía girar el rodillo. Se escribía, literalmente, a ciegas.
La solución llegó en 1878 con la Remington No. 2, que incorporó la tecla de mayúsculas (el shift): al pulsarla, el mecanismo desplazaba el carro para golpear con la mitad superior o inferior del tipo, permitiendo por fin combinar mayúsculas y minúsculas. Ese gesto de apretar «shift» para poner una mayúscula sigue vivo, idéntico, en el teclado desde el que lees esto.
La máquina que cambió la oficina
El verdadero terremoto no fue técnico, sino social. La máquina de escribir transformó las oficinas y, con ellas, el mercado laboral. Escribir a máquina se convirtió en una profesión, y las empresas empezaron a contratar «operadoras» para manejarlas. Antes de morir en 1890, el propio Sholes vio con orgullo algo que no había previsto: su invento estaba abriendo las puertas de las oficinas a la primera generación de mujeres trabajadoras en muchos países.
También cambió la forma de escribir libros. Mark Twain fue uno de los primeros autores en comprar una Remington, en 1874; la describió como una «máquina de escribir novedosa» y enseguida se quejó de que le «arruinaba la moral». Aun así, Vida en el Misisipi pasó a la historia como uno de los primeros manuscritos entregados a un editor en forma mecanografiada —dictado a una mecanógrafa, eso sí—. La letra del autor dejaba de ser un obstáculo entre la idea y la imprenta.
Lo que ganamos y lo que perdimos
La máquina de escribir ganó su guerra contra la mala caligrafía de la forma más rotunda: hoy casi todo lo que leemos está compuesto por letras idénticas y perfectamente legibles, herederas directas de aquellos tipos metálicos. El precio fue perder algo por el camino —la personalidad de la letra manuscrita, que hoy asociamos a lo íntimo y lo antiguo—, pero a cambio el texto se volvió universal: cualquiera podía leerlo sin descifrarlo.
Cuando llegaron los ordenadores, heredaron casi todo de la máquina de escribir: la disposición de las teclas, la tecla de mayúsculas, la idea misma de «escribir» pulsando botones. De aquel mueble decorado con flores desciende, en línea recta, la pantalla en la que hoy tecleas. Si te gusta esta arqueología de los objetos cotidianos, sigue con la historia del mouse o con la discusión sobre cuál fue la primera computadora personal.
Referencias
- «Christopher Latham Sholes», Encyclopædia Britannica. britannica.com
- «Pellegrino Turri», Wikipedia. en.wikipedia.org
- «Sholes & Glidden Type Writer», ASME — Engineering History Landmarks. asme.org
- «Mark Twain Was the First Person to Use a Typewriter to Write a Novel», My Modern Met. mymodernmet.com
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