Por qué el teclado QWERTY sobrevivió a sus rivales
El teclado QWERTY nació en 1873 para máquinas de escribir que ya no existen. Esta es la historia de por qué seguimos usándolo pese a todo.

Mira el teclado que tienes delante. La primera fila de letras empieza por Q, W, E, R, T, Y, un orden que no sigue ninguna lógica evidente: ni el alfabeto, ni la frecuencia de las letras, ni la comodidad de los dedos. Ese arreglo se fijó hace más de siglo y medio para una máquina que ya casi nadie ha tocado, la máquina de escribir mecánica, y sin embargo sobrevivió al papel, a los ordenadores, a los teléfonos y a decenas de propuestas «mejores». La historia de por qué el teclado QWERTY ganó no es la de un diseño perfecto, sino la de una costumbre que se volvió imposible de cambiar.
Una máquina de escribir que se atascaba
El QWERTY nació de la mano de Christopher Latham Sholes, un impresor y periodista de Milwaukee que en los años sesenta del siglo XIX trabajaba, junto a varios socios, en una de las primeras máquinas de escribir prácticas. Sus prototipos ordenaban las teclas casi alfabéticamente, pero el mecanismo tenía un problema físico: cada tecla movía una barra metálica con la letra, y cuando dos barras vecinas subían casi a la vez, chocaban y se trababan. Había que detenerse a separarlas con la mano.
De ahí viene la explicación más repetida: que Sholes reorganizó las teclas para frenar a los mecanógrafos y evitar los atascos. Es una media verdad. El objetivo no era hacer más lento a nadie, sino separar en el teclado las parejas de letras que más se usan juntas en inglés, de modo que sus barras no estuvieran contiguas y no chocaran. El resultado se parece a bajar la velocidad, pero la meta real era mecánica, no boicotear la rapidez.
El teclado que diseñaron los telegrafistas
Aquí aparece un detalle que casi nadie cuenta. Los primeros clientes de aquellas máquinas no fueron escritores, sino telegrafistas, que necesitaban transcribir a toda prisa los mensajes que llegaban en código Morse. Investigaciones de los historiadores Koichi y Motoko Yasuoka sostienen que buena parte del orden QWERTY se moldeó escuchando a esos operadores, no a los escritores.
El ejemplo clásico es la letra S, que quedó pegada entre la E y la Z. En el código Morse estadounidense, la «Z» y la combinación «SE» sonaban de forma casi idéntica, y tener esas teclas cerca ayudaba al telegrafista a decidir sobre la marcha qué estaba recibiendo. Es decir: el teclado que hoy usas para chatear se afinó, en parte, para un trabajo que consistía en traducir puntos y rayas. Una historia parecida a la de otros inventos que cambiaron de oficio por el camino, como los que rodean a Grace Hopper y el origen del «bug» informático.
1873: Remington convierte el capricho en estándar
Un teclado no se vuelve universal por sí solo; necesita una fábrica detrás. En 1873, Sholes y sus socios vendieron los derechos de la máquina a E. Remington and Sons, un fabricante de armas y máquinas de coser que buscaba nuevos negocios tras la Guerra Civil. Al año siguiente salió al mercado la Sholes and Glidden Type-Writer, y más tarde la influyente Remington No. 2, ambas con una disposición muy cercana al QWERTY que conocemos.
Con Remington vendiendo miles de máquinas y montando academias donde se enseñaba a mecanografiar sobre ese teclado, el orden dejó de ser una opción entre muchas y empezó a ser la norma. Cuando otras marcas quisieron competir, se encontraron con miles de mecanógrafos ya entrenados en QWERTY: cambiar de arreglo significaba volver a enseñarles todo desde cero, y nadie quería pagar esa cuenta.
Dvorak, el rival «científico» que no pudo destronarlo
El desafío más famoso llegó en 1936, cuando el profesor August Dvorak patentó un teclado diseñado con criterios de eficiencia: las letras más frecuentes en la fila central, bajo los dedos más fuertes, y un reparto pensado para alternar las manos. Sobre el papel prometía menos movimiento y menos fatiga.
Y sin embargo, no ganó. Los estudios que mostraban un Dvorak arrollador resultaron poco fiables —en varios participó el propio Dvorak—, y análisis posteriores, como el célebre ensayo The Fable of the Keys (1990) de los economistas Stan Liebowitz y Stephen Margolis, calcularon que la ventaja real era pequeña, quizá de un módico porcentaje. Frente a ese ahorro modesto estaba el coste enorme de reaprender a teclear y de fabricar máquinas nuevas. El cálculo casi siempre daba lo mismo: no valía la pena.
La trampa de la costumbre: por qué es tan difícil cambiar
El QWERTY se convirtió en el ejemplo favorito de los economistas para hablar de un fenómeno llamado dependencia del camino: cuando una tecnología se impone no porque sea la mejor, sino porque llegó primero y acumuló usuarios. El economista Paul David lo bautizó en 1985 con un artículo que ya desde el título hablaba de «la economía del QWERTY».
La lógica es la de una bola de nieve. Cuantas más personas saben QWERTY, más máquinas se fabrican con QWERTY; cuantas más máquinas hay, más gente lo aprende. En algún punto, la ventaja de que cualquiera pueda sentarse ante cualquier teclado del mundo y escribir pesa más que cualquier mejora técnica. Ese efecto de red es tan poderoso que aparece en muchas historias de la tecnología, desde los formatos de vídeo hasta la forma en que Unix se propagó por el mundo hasta vivir hoy en tu teléfono.
Cómo un teclado de 1873 llegó a tu bolsillo
Cuando desaparecieron las barras metálicas, el motivo original del QWERTY —evitar que se atascaran— dejó de existir. Los ordenadores podían haber adoptado cualquier disposición. Pero para entonces ya había generaciones enteras que escribían en QWERTY sin pensar, y ningún fabricante quería vender un aparato que obligara a reaprender algo tan básico.
El salto final llegó con los teléfonos táctiles. Un teclado en pantalla no tiene ninguna limitación mecánica: podría mostrar las letras en el orden que quisieras. Y aun así, cuando el iPhone y Android tuvieron que dibujar un teclado desde cero, eligieron el mismo QWERTY, porque era lo que la gente ya reconocía. Así, un arreglo pensado para telegrafistas y barras de metal terminó gobernando desde la pantalla que llevas en el bolsillo. No sobrevivió por ser el mejor, sino por haber llegado a tiempo y no soltar nunca. Si te gusta esta arqueología de las máquinas, quizá disfrutes también de la discusión sobre cuál fue la primera computadora personal.
Referencias
- «QWERTY», Wikipedia. en.wikipedia.org
- Jimmy Stamp, «Fact or Fiction? The Legend of the QWERTY Keyboard», Smithsonian Magazine. smithsonianmag.com
- Koichi Yasuoka y Motoko Yasuoka, «On the Prehistory of QWERTY», ZINBUN. doi.org
- S. J. Liebowitz y Stephen E. Margolis, «The Fable of the Keys», The Journal of Law and Economics (1990). jstor.org
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