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Ciencia y Tecnología·Historia··6 min de lectura

La historia del mouse: de la madera al gesto invisible

El mouse nació en 1964 como un bloque de madera con dos ruedas. Esta es la historia de cómo llegó de un laboratorio a tu escritorio y a la pantalla.

La historia del mouse: de la madera al gesto invisible

Hoy movemos un cursor sin pensarlo: deslizamos un dedo por una superficie de vidrio, hacemos «pinza» para ampliar una foto o empujamos un puntero por la pantalla sin siquiera mirar la mano. Cuesta imaginar que todo eso empezó con un tosco bloque de madera con dos ruedas metálicas y un cable que salía por detrás como una cola. Esa caja fabricada a mano en 1964 fue el primer mouse de la historia, y su viaje —de un laboratorio de California a la pantalla táctil que llevas en el bolsillo— es también la historia de cómo aprendimos a hablar con las máquinas.

Una caja de madera para señalar en la pantalla

El mouse nació en la mente de Douglas Engelbart, un ingeniero del Stanford Research Institute (SRI) obsesionado con una idea que en los años sesenta sonaba a ciencia ficción: que las computadoras no debían limitarse a hacer cálculos, sino aumentar la inteligencia humana ayudándonos a pensar y trabajar. Para eso hacía falta una forma cómoda de señalar cosas en una pantalla, algo que entonces no existía.

Engelbart anotó la idea en un cuaderno, pero fue su colega Bill English, el ingeniero jefe del laboratorio, quien construyó el primer prototipo en 1964: una carcasa de madera del tamaño de la palma, con dos ruedas metálicas perpendiculares —una para el movimiento horizontal, otra para el vertical— y un único botón. Al empujar la caja sobre la mesa, las ruedas giraban y traducían el movimiento en desplazamiento del cursor. El aparato recibió su apodo en el propio laboratorio: el cable salía por delante, y a alguien le recordó la cola de un ratón. El nombre se quedó, aunque nadie recuerda con exactitud quién lo dijo primero.

«La madre de todas las demos»

El mundo conoció el invento el 9 de diciembre de 1968, en San Francisco, durante una presentación que la historia bautizó como «The Mother of All Demos» (la madre de todas las demos). Ante cientos de ingenieros, Engelbart se sentó frente a una pantalla y, con su mouse de madera, mostró en vivo cosas que no se habían visto nunca juntas: ventanas, edición de texto en tiempo real, videollamada, hipertexto (enlaces en los que se podía hacer clic) y trabajo colaborativo a distancia. Fue, en 90 minutos, un anticipo de casi toda la informática personal que llegaría décadas después.

La patente del dispositivo se había solicitado en 1967 y se concedió en 1970, con un nombre que no tenía nada de simpático: «X-Y Position Indicator for a Display System» (indicador de posición X-Y para un sistema de visualización). Engelbart cedió los derechos y, según él mismo contaba, apenas recibió unos pocos miles de dólares por una de las ideas más copiadas de la tecnología. Como tantas otras piezas de esta arqueología de las máquinas, el reconocimiento llegó tarde; algo parecido a lo que le ocurrió a Ada Lovelace y el primer programa de la historia.

Xerox PARC cambia las ruedas por una bola

A comienzos de los setenta, Bill English dejó el SRI y se llevó la idea al legendario Xerox PARC, el centro de investigación de Palo Alto donde se estaba inventando buena parte de la computación moderna. Allí el mouse dio un salto clave: las dos ruedas metálicas se sustituyeron por una bola que rodaba en cualquier dirección y cuyo giro leían dos rodillos internos. Era más preciso y más suave, y es el mecanismo que muchos recordamos de los mouse que había que abrir para limpiarles la pelusa.

El problema era el precio. El mouse que Xerox integró en su ordenador Alto costaba una fortuna —cientos de dólares—, tenía tres botones, se estropeaba a menudo y era difícil de limpiar. Xerox tenía en sus manos casi todo el futuro de la informática personal y, por razones comerciales, no supo aprovecharlo, una historia que se repite en la forma en que Unix se propagó por el mundo lejos de la empresa que lo vio nacer.

Apple: el mouse de 15 dólares que conquistó el mundo

En 1979, un joven Steve Jobs visitó Xerox PARC y quedó fascinado con aquella interfaz gráfica que se manejaba con un mouse. De vuelta en Apple, encargó a los diseñadores del estudio Hovey-Kelley (germen de la futura IDEO) un reto muy concreto: fabricar un mouse que costara una fracción del de Xerox —hablaba de unos 15 dólares—, que funcionara de forma fiable y que fuera lo bastante sencillo para producirse en masa y limpiarse con facilidad.

El equipo lo consiguió: un solo botón, una bola de goma sobre una de acero y un mecanismo mucho más simple y barato. Ese mouse acompañó primero al costoso Lisa (1983), que fracasó en el mercado, y después al Macintosh en 1984, que sí triunfó y convirtió la interfaz gráfica —y el mouse— en el estándar de la industria. A partir de ahí, escribir con un teclado y señalar con un mouse se volvió la forma natural de usar una computadora, tan asumida como el orden de las letras del teclado QWERTY.

De la bola a la luz: el mouse óptico

Durante casi dos décadas, el mouse de bola reinó sobre las alfombrillas del mundo, con su inevitable ritual de destaparlo para rascar la mugre de los rodillos. El cambio llegó en 1999, cuando la empresa Agilent (una escisión de HP) desarrolló un sensor óptico capaz de leer el movimiento fotografiando la superficie cientos de veces por segundo, sin ninguna pieza móvil.

Ese mismo año, Microsoft lanzó el IntelliMouse Explorer con esa tecnología: adiós a la bola, a la pelusa y a la alfombrilla especial. Poco después llegaron los mouse láser, aún más precisos, y el mouse dejó de ser un aparato mecánico para convertirse en un pequeño ojo que mira la mesa. Sin ruedas ni bola, el aparato se volvió casi indestructible.

El gesto invisible: cuando el mouse desapareció

La última etapa de esta historia es la de la desaparición del propio objeto. Los portátiles ya habían incorporado el trackpad, una superficie sensible al tacto que hacía las veces de mouse. Pero el salto definitivo llegó con las pantallas táctiles multitáctiles de los teléfonos y tabletas, a partir de 2007: de pronto, la mano señalaba directamente sobre la imagen, y gestos como el «pellizco» para ampliar o el deslizamiento para pasar de página hicieron innecesario cualquier dispositivo intermedio.

El mouse no ha muerto —sigue siendo insustituible para diseñar, editar o jugar con precisión—, pero su función esencial, señalar y seleccionar, se ha vuelto un gesto invisible que hacemos con el dedo sin pensar. Aquella caja de madera de 1964 cumplió, medio siglo después, el sueño de Engelbart: que la máquina se apartara del camino y quedara solo la intención humana. De la primera computadora que cabía en una habitación a la que llevamos en la mano, el mouse fue el puente; si te interesa ese recorrido, sigue con la discusión sobre cuál fue la primera computadora personal.

Referencias

  1. «The computer mouse and interactive computing», SRI International. sri.com
  2. «Douglas Engelbart Invents the Computer Mouse», History of Information. historyofinformation.com
  3. «Mighty Mouse», Stanford Magazine. stanfordmag.org
  4. «Computer Mouse: Complete History», History-Computer. history-computer.com

¿Te gusta la historia oculta de la tecnología? Sigue con Grace Hopper y el origen del «bug» informático o explora toda la sección de Ciencia y Tecnología.

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