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Ciencia y Tecnología·Historia··5 min de lectura

El primer mensaje enviado por internet fue «LO»

El 29 de octubre de 1969, el primer mensaje de la historia de internet iba a ser «login», pero la red se cayó tras dos letras: «LO».

El primer mensaje enviado por internet fue «LO»

Cuando pensamos en el nacimiento de internet imaginamos algo solemne: una frase histórica, un titular, quizá una foto oficial. La realidad fue mucho más humilde y mucho más humana. La noche del 29 de octubre de 1969, el primer mensaje que viajó por la red que se convertiría en internet no llegó completo. Iba a ser la palabra «login», pero el sistema se cayó después de dos letras. Así, por accidente, la primera palabra que cruzó internet fue «LO». Esta es la historia de esa noche.

Qué era ARPANET y por qué existía

A finales de los años sesenta, en plena Guerra Fría, el Departamento de Defensa de Estados Unidos financiaba a través de su agencia ARPA (Advanced Research Projects Agency) un proyecto extraño para la época: conectar computadoras distintas, en universidades distantes, para que compartieran recursos y datos. Las computadoras de entonces eran enormes, carísimas y no se hablaban entre sí. La idea de que una máquina en California pudiera «entrar» en otra a cientos de kilómetros sonaba casi a ciencia ficción.

Ese proyecto se llamó ARPANET, y es el ancestro directo de internet. En lugar de conectar los grandes ordenadores directamente, la red usaba unos equipos intermedios llamados IMP (Interface Message Processor), fabricados por la empresa BBN a partir de un robusto miniordenador Honeywell DDP-516. Cada IMP era, en esencia, el bisabuelo del router: recibía los datos de su computadora local, los troceaba en paquetes y los enviaba por la línea telefónica al siguiente nodo. Aquella idea de trocear la información viajó por la misma clase de líneas que, años después, usaría el módem para hacer sonar internet por teléfono.

Dos computadoras, 500 kilómetros y una línea de 50 kbps

La primera conexión de ARPANET unió dos nodos: la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), donde trabajaba el profesor Leonard Kleinrock, y el Stanford Research Institute (SRI), unos 500 kilómetros al norte. En UCLA había una computadora SDS Sigma 7; en SRI, una SDS 940. Entre ambas, una línea telefónica alquilada a 50 kbps —una velocidad que hoy nos parecería una tortura, pero que entonces era un lujo.

El plan era sencillo sobre el papel: desde UCLA, iniciar sesión en la computadora de SRI, como si un usuario de Los Ángeles se sentara frente a la máquina de Stanford. Para lograrlo había que teclear el comando login. Del lado de UCLA estaba el estudiante de posgrado Charley Kline; del lado de SRI, el programador Bill Duvall. Cada uno tenía además un teléfono en la mano, porque para probar si la red funcionaba… necesitaban hablar por la línea de voz de siempre.

La noche del «LO»

Eran cerca de las 22:30 del 29 de octubre de 1969. Charley Kline empezó a teclear el comando y, por teléfono, iba confirmando letra por letra con Bill Duvall al otro lado. La escena, contada por sus protagonistas, es deliciosamente doméstica:

Kline tecleó la «L». «¿Recibiste la L?», preguntó por teléfono. «Sí, recibí la L», respondió Duvall. Tecleó la «O». «¿La O?» «Sí, la O.» Entonces tecleó la «G»… y la computadora de SRI se cayó. Un fallo en el software del SDS 940 hizo colapsar la conexión justo en la tercera letra. El sistema no llegó a completar la palabra.

Así que el primer «mensaje» que viajó por la red que hoy llamamos internet fue, literalmente, «LO». Como bromearía después el propio Kleinrock, sin proponérselo habían transmitido algo casi bíblico: «lo!», como en la vieja expresión inglesa «lo and behold» («he aquí»). No hubo discurso preparado ni frase para la posteridad; hubo un error de programación y dos letras. Alrededor de una hora después, ya reparado el fallo, Kline logró enviar el login completo, pero la primera palabra de internet ya estaba escrita por accidente.

La frase que la historia habría preferido

Existe una ironía encantadora en todo esto. Meses antes, cuando el primer IMP llegó a UCLA, el equipo de Kleinrock había fantaseado con qué mensaje inaugural sería digno de la ocasión. Cuando Samuel Morse estrenó el telégrafo en 1844 envió una cita solemne: «What hath God wrought» («Lo que Dios ha forjado»). Cuando Alexander Graham Bell probó el teléfono, llamó a su ayudante: «Mr. Watson, come here». Grandes frases para grandes inventos.

ARPANET, en cambio, nos dejó un «LO» partido a la mitad por un cuelgue del sistema. Y quizá sea el símbolo perfecto de cómo se construyó todo esto: no con solemnidad, sino con ingenieros probando, fallando y volviendo a intentarlo. La misma cultura de «arreglarlo sobre la marcha» que veríamos décadas después en tantos hitos técnicos, desde el nacimiento de Unix hasta el primer «bug» informático de Grace Hopper.

De dos nodos a toda una red

Aquella conexión de dos nodos no se quedó sola mucho tiempo. Para el 5 de diciembre de 1969, ARPANET ya tenía cuatro nodos: a UCLA y SRI se sumaron la Universidad de California en Santa Bárbara y la Universidad de Utah. Cuatro computadoras muy distintas, de fabricantes distintos, hablando por primera vez el mismo idioma de paquetes. Era una red diminuta —cabía en un dibujo hecho a mano—, pero contenía en germen todo lo que vendría.

De esos cuatro nodos saldrían, con los años, el correo electrónico, los protocolos TCP/IP, la World Wide Web y, finalmente, el internet que hoy llevamos en el bolsillo. Miles de millones de mensajes cruzan la red cada segundo, la mayoría triviales, algunos importantes, casi ninguno recordado. Pero el primero de todos, el que abrió la puerta, fue apenas media palabra rota por un error: «LO». Un comienzo tan imperfecto como profundamente humano.

Referencias

  1. «Internet First Words», Leonard Kleinrock (UCLA). lk.cs.ucla.edu
  2. Novak, Matt. «The First Internet Message Ever Sent Was "LO"», Paleofuture / Gizmodo. paleofuture.com
  3. «The First Message Transmission», ICANN. icann.org
  4. «Interface Message Processor», Wikipedia. en.wikipedia.org

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