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Historia··13 min de lectura

¿Por qué tantos peruanos pelearon la batalla del Pichincha? Ensayo y crónica de la Expedición de Santa Cruz

El 24 de mayo de 1822 se decidió la libertad de Quito. Pero una parte enorme del ejército patriota no venía del Ecuador: venía del Perú.

Por Edgar Landívar

¿Por qué tantos peruanos pelearon la batalla del Pichincha? Ensayo y crónica de la Expedición de Santa Cruz

Cuando uno piensa en la Batalla del Pichincha, lo natural es imaginarla como una gesta ecuatoriana.

Y lo fue, por supuesto.

El 24 de mayo de 1822, en las faldas del volcán Pichincha, se decidió la libertad de Quito. La antigua Real Audiencia quedaba fuera del dominio español y se abría el camino para su incorporación a la Gran Colombia, y más tarde, para el nacimiento del Ecuador como república.

Pero hay un detalle que suele sorprender cuando uno revisa con cuidado la composición del ejército patriota: una parte enorme de las tropas que pelearon junto a Sucre venía del Perú.

No eran unos pocos voluntarios románticos ni una pequeña ayuda simbólica. Era una división completa. La llamada División del Perú, comandada por Andrés de Santa Cruz, estuvo formada por aproximadamente 1.600 hombres y fue enviada por el Protectorado de San Martín para apoyar la campaña final de Quito. Esa división incluía sobre todo tropas peruanas, aunque también había rioplatenses, chilenos y alto-peruanos.

Entonces aparece la pregunta inevitable:

¿Por qué tantos peruanos vinieron a pelear una batalla que hoy recordamos como ecuatoriana?

La respuesta corta es que, en 1822, la independencia no era todavía una colección de historias nacionales separadas. Era una sola guerra, enorme, desordenada, continental.

Y la respuesta larga es bastante más interesante.

Todavía no existían nuestras fronteras mentales

Hoy miramos el pasado con mapas modernos.

Vemos Ecuador, Perú, Colombia, Bolivia, Chile, Argentina. Cada país con sus colores, sus himnos, sus libros escolares y sus feriados. Pero en 1822 ese mapa todavía no existía del modo en que lo imaginamos ahora.

Ecuador no era aún Ecuador. Quito era parte de la antigua Real Audiencia. Guayaquil se había declarado independiente en 1820 y discutía su propio destino. La Gran Colombia intentaba consolidar su poder en el norte. El Perú había proclamado su independencia, pero todavía tenía encima una presencia realista muy fuerte. Bolivia ni siquiera existía todavía como república.

En ese mundo, decir “peruanos en Pichincha” no era lo mismo que decir “soldados extranjeros peleando una guerra ajena”. Era más bien una fuerza auxiliar enviada desde uno de los grandes frentes de la independencia americana hacia otro frente estrechamente conectado.

Las guerras de independencia fueron guerras de rutas, de puertos, de cordilleras, de ciudades estratégicas y de ejércitos que se movían por territorios que todavía no habían terminado de convertirse en países.

Por eso Pichincha no debe verse únicamente como una batalla local, sino como una pieza de una operación más grande.

Sucre necesitaba hombres

Antonio José de Sucre no estaba sobrado de tropas.

Después de los reveses sufridos en la campaña de Quito, sus fuerzas eran insuficientes para avanzar con seguridad hacia la Sierra. Las fuentes describen que, antes de unirse con Santa Cruz, Sucre contaba con unos 1.700 hombres. El 9 de febrero de 1822, en Saraguro, se encontró con la División peruana, enviada por San Martín, y el ejército patriota pasó a tener alrededor de 3.000 hombres.

Eso cambiaba por completo la situación.

No se trataba solo de sumar soldados como quien suma fichas en una mesa. La campaña hacia Quito exigía atravesar una geografía difícil, sostener líneas de abastecimiento, ocupar ciudades, perseguir fuerzas realistas y, finalmente, combatir en condiciones durísimas de altura.

El Pichincha no fue un campo de batalla cómodo. No era una llanura amplia donde dos ejércitos pudieran desplegarse con elegancia. Fue una batalla en laderas, entre quebradas, vegetación, cansancio y falta de aire.

En ese contexto, la presencia de una división auxiliar grande no era un lujo. Era casi una necesidad.

El Perú también se jugaba su propia independencia

Hay algo que a veces se olvida: en 1822 el Perú no estaba completamente liberado.

La independencia proclamada por San Martín en Lima no significaba que la guerra hubiese terminado. Los realistas conservaban enorme fuerza en los Andes. El virreinato del Perú había sido, durante mucho tiempo, el principal bastión español en Sudamérica.

Desde esa perspectiva, liberar Quito no era un gesto de cortesía hacia los vecinos del norte. Era una forma de reducir la capacidad de maniobra del enemigo.

Mientras existieran fuerzas realistas activas en Quito, Cuenca o el sur de la actual Colombia, la amenaza podía proyectarse hacia otras regiones. Las guerras no respetaban las fronteras que todavía no existían. Un frente abandonado podía reanimarse, cortar comunicaciones, aislar aliados o complicar la campaña general.

De hecho, Sucre había concebido su avance hacia Cuenca y luego hacia Quito como una forma de evitar un choque frontal desfavorable y, al mismo tiempo, impedir las comunicaciones entre Quito y Lima. También necesitaba esperar los refuerzos que San Martín había prometido enviar desde el Perú.

Dicho de otro modo: el destino de Quito influía en el destino del Perú, y el destino del Perú influía en el destino de Quito.

Era una guerra de vasos comunicantes.

Guayaquil estaba en el centro del tablero

Pero hay otra razón, más política y delicada: Guayaquil.

Guayaquil se había declarado independiente el 9 de octubre de 1820. Su posición era crucial. Era puerto, entrada comercial, punto militar y pieza simbólica. Su destino no estaba decidido de antemano. Había sectores que veían con simpatía una unión con el Perú, otros preferían la Gran Colombia y otros imaginaban una vía autónoma.

San Martín tenía interés en Guayaquil. Bolívar también.

Sucre no solo estaba haciendo una campaña militar hacia Quito. También estaba participando, directa o indirectamente, en una disputa geopolítica por el futuro de Guayaquil y de toda la región.

La Expedición de Santa Cruz debe entenderse en ese ambiente. Era ayuda militar, sí. Pero también era presencia política. Cuando un ejército envía una división de más de mil hombres a un territorio en disputa, no está enviando únicamente fusiles. Está enviando influencia.

Esto no reduce el mérito de la colaboración peruana. Al contrario. La vuelve más humana, más histórica y más real. Las guerras de independencia no fueron cuentos puros de mármol. Fueron procesos llenos de ideales, ambiciones, necesidades, temores, cálculos y urgencias.

Como casi todo en la historia.

La ruta desde el Perú tenía sentido

También hay una explicación muy práctica: la geografía.

La División de Santa Cruz partió del Callao hacia Paita y desde allí inició su avance terrestre. Luego salió desde Piura, cruzó el río Macará, entró por Loja y terminó reuniéndose con Sucre en Saraguro el 9 de febrero de 1822.

Visto en un mapa, tiene todo el sentido.

El norte del Perú era una plataforma natural para entrar al sur de la Audiencia de Quito. Piura, Loja, Cuenca, Riobamba, Latacunga, Quito. La campaña avanzaba por una especie de columna vertebral andina.

No era fácil, por supuesto. Nada en los Andes lo es. Pero era una ruta posible, y sobre todo una ruta militarmente lógica.

Además, la presencia peruana permitió que el avance de Sucre no dependiera únicamente de tropas enviadas desde el norte por Bolívar. Era una pinza continental: desde la Gran Colombia hacia el sur, y desde el Perú hacia el norte.

Quito quedaba en el centro de esa presión.

No todos eran “peruanos” en sentido moderno

Aquí conviene hacer una precisión.

Cuando decimos que hubo muchos peruanos en Pichincha, estamos simplificando un poco. La División del Perú era una fuerza del ejército del Perú, pero no todos sus hombres eran peruanos en el sentido nacional moderno. Había peruanos, sí, pero también argentinos, chilenos y alto-peruanos. El propio Santa Cruz era alto-peruano, es decir, nacido en el territorio que después sería Bolivia.

Esto era normal en los ejércitos independentistas.

Los batallones se armaban con hombres de distintos orígenes. Había oficiales que habían servido antes al rey y luego cambiaban de bando. Había veteranos de campañas anteriores. Había voluntarios extranjeros. Había soldados reclutados en ciudades que hoy pertenecen a países distintos, pero que entonces estaban dentro de un mundo político mucho más fluido.

Por eso, mirar Pichincha con categorías demasiado actuales puede confundirnos.

La pregunta no es solo “¿cuántos eran peruanos?”, sino “¿qué significaba ser peruano, colombiano, quiteño o guayaquileño en 1822?”.

La respuesta es incómoda, pero hermosa: significaba algo todavía en construcción.

Una batalla para toda América

A veces los países, cuando recuerdan sus gestas, tienden a encerrarlas dentro de sus propias fronteras. Es comprensible. Las naciones necesitan símbolos, fechas, héroes y relatos comunes.

Pero la Batalla del Pichincha no fue obra de un solo pueblo.

Pelearon guayaquileños, quiteños, cuencanos, grancolombianos, venezolanos, neogranadinos, peruanos, argentinos, chilenos, británicos, irlandeses, escoceses. Cada grupo llegó por razones distintas, bajo banderas distintas, con mandos distintos y expectativas distintas.

Sin embargo, por unas horas, en la ladera de un volcán, todos empujaron en la misma dirección.

Y tal vez esa sea una de las cosas más interesantes de Pichincha: que la independencia del territorio que después sería Ecuador no fue solamente un acto ecuatoriano, porque el Ecuador todavía no existía. Fue el resultado de una alianza continental, tejida con urgencia, necesidad y visión estratégica.

Los peruanos pelearon allí porque Quito importaba para el Perú. Porque Guayaquil importaba para el Perú. Porque derrotar a los realistas en los Andes era indispensable para todos. Porque San Martín entendía que la guerra no podía ganarse mirando únicamente hacia Lima. Y porque Sucre necesitaba esa fuerza para completar la campaña.

Hoy, dos siglos después, puede sorprendernos ver tantos peruanos en la batalla que liberó Quito.

Pero quizá lo sorprendente no debería ser eso.

Quizá lo sorprendente es que hayamos olvidado que, antes de ser países separados por fronteras, fuimos pueblos mezclados en una misma guerra. Una guerra difícil, imperfecta, ambiciosa y continental.

Pichincha fue ecuatoriana por sus consecuencias.

Pero fue americana por su composición.

Y peruana, también, por la sangre que dejó en la montaña.

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