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Ciencia y Tecnología·Historia·Curiosidades··4 min de lectura

La historia del fósforo: fuego en el bolsillo

El fósforo de fricción nació en 1826 por accidente, envenenó a miles de obreras y solo después se volvió el fuego seguro que llevamos en el bolsillo.

La historia del fósforo: fuego en el bolsillo

Encender un fuego fue, durante casi toda la historia humana, un trabajo. Había que frotar maderas, golpear pedernal contra acero o mantener vivas las brasas del día anterior. Que hoy baste un gesto de un segundo —raspar un palito contra una caja— es una conquista tan reciente que cabe en apenas dos siglos. Y esa conquista, la del fósforo, empezó como tantas otras: por un accidente, y con un coste humano que tardamos décadas en reconocer.

El palito que se prendió solo

La escena ocurrió en 1826 en Stockton-on-Tees, Inglaterra. El químico y boticario John Walker revolvía una mezcla de sustancias inflamables con un palo de madera cuando notó que en la punta se había secado un grumo. Al intentar rasparlo contra el suelo para limpiarlo, el grumo estalló en llamas. Walker acababa de tropezar, sin buscarlo, con el primer fósforo de fricción práctico de la historia.

Su cabeza mezclaba clorato de potasio y sulfuro de antimonio pegados con goma arábiga sobre astillas de tres pulgadas. Walker los vendió en su botica desde 1827 bajo el nombre de «Congreves» —en honor al inventor de cohetes William Congreve— dentro de una caja con un trozo de papel de lija por el que había que pasar el palito. Como en tantos hallazgos, fue un caso de libro de serendipia: encontrar algo valioso mientras se busca otra cosa. Walker nunca patentó su invento; dijo que sería «un beneficio para el público, así que dejemos que lo tengan».

«Lucifers» y el olor a azufre

Ese desinterés tuvo consecuencias. En 1829, el londinense Samuel Jones copió la idea y la vendió con un nombre mucho más comercial: «Lucifers». Eran ruidosos, soltaban chispas y despedían un olor sulfuroso tan penetrante que las cajas advertían a las personas «de pulmones delicados» que no los usaran. Aun así, la comodidad era irresistible, y por un tiempo la palabra lucifer se volvió sinónimo de cerilla en el inglés callejero.

El siguiente salto llegó desde Francia y Austria: añadir fósforo blanco a la cabeza. El resultado encendía con suavidad, sin el estruendo de los lucifers, y encendía además con demasiada facilidad —bastaba frotarlo contra casi cualquier superficie áspera—. A mediados del siglo XIX el fósforo blanco se había impuesto en las fábricas de medio mundo. Y con él llegó el lado oscuro de esta historia.

La mandíbula de fósforo

El fósforo blanco es un veneno. Las obreras que fabricaban cerillas —muchas de ellas adolescentes— respiraban sus vapores durante jornadas de doce y catorce horas, y empezaron a desarrollar una enfermedad espantosa: la «mandíbula de fósforo» (phossy jaw). Comenzaba con dolores de muelas, seguía con abscesos y putrefacción del hueso maxilar, que brillaba en la oscuridad con un fulgor verdoso, y en cerca de uno de cada cinco casos terminaba en la muerte. El único tratamiento solía ser extirpar la mandíbula.

Esa injusticia estalló en 1888 en la fábrica Bryant & May de Londres. Unas 1.400 trabajadoras se declararon en huelga contra los salarios miserables, las multas abusivas y las condiciones que las enfermaban. La huelga de las cerilleras (matchgirls' strike) ganó: la empresa abolió las multas y el episodio se convirtió en un hito temprano del sindicalismo femenino. Como en la época de cuando el plomo estaba en casi todo, una sustancia útil escondía un daño que la sociedad tardó demasiado en admitir. El fósforo blanco no se prohibió del todo hasta comienzos del siglo XX.

La cerilla segura que aún usamos

La solución química ya existía. En 1844, el sueco Gustaf Erik Pasch tuvo la idea clave: sacar el veneno de la cabeza del fósforo y repartir la mezcla en dos partes. Su compatriota Johan Edvard Lundström la perfeccionó y patentó la cerilla de seguridad, que triunfó en la Exposición Universal de París de 1855, donde recibió una medalla porque sus obreros ya no se envenenaban.

El truco sigue vivo en cualquier caja moderna. La cabeza lleva un oxidante (clorato de potasio) y combustible, pero el fósforo se traslada a la lija del costado, en su forma roja, mucho menos peligrosa. Al raspar, el calor del roce convierte una pizca de fósforo rojo en blanco, que reacciona con el clorato y desata la llama. Por eso una cerilla de seguridad solo enciende en su propia caja: los dos ingredientes están separados hasta el instante del roce. Los hermanos Lundström inventaron incluso la caja de cajón que seguimos usando, con la lija en los laterales.

Un gesto de un segundo

Cuesta valorar lo que significó. Antes del fósforo, encender una vela o una estufa exigía tiempo, destreza o una brasa guardada; después, cualquiera podía llevar fuego en el bolsillo. Fue una de esas invenciones discretas que —como más tarde la electricidad que iluminó las ciudades— cambiaron la vida cotidiana sin hacer ruido. La próxima vez que raspes una cerilla, piensa en el palito de John Walker, en las cerilleras de Londres y en el químico sueco que separó el veneno de la llama para que ese gesto de un segundo fuera, por fin, seguro.

Referencias

  1. «John Walker (inventor)», Wikipedia: el accidente de 1826, los «Congreves» y la renuncia a patentar el fósforo de fricción. wikipedia.org
  2. «Phossy jaw and the matchgirls», Royal College of Surgeons: la enfermedad del fósforo blanco y su impacto en las obreras del siglo XIX. rcseng.ac.uk
  3. «Matchgirls' strike», Wikipedia: la huelga de 1888 en Bryant & May y su victoria contra las multas y las condiciones insalubres. wikipedia.org
  4. «The invention of safety matches», Sharing Sweden: Gustaf Erik Pasch, Lundström y el paso del fósforo blanco al rojo en la lija. sharingsweden.se

¿Te gustan estas historias de inventos cotidianos? Sigue con la historia del teflón y cuando el plomo estaba en todo, o explora toda la sección de ciencia y tecnología.

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