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Etimología·Historia·Curiosidades históricas··3 min de lectura

El origen de la palabra «ostracismo»

En la Atenas clásica, escribir un nombre en un pedazo de cerámica rota podía desterrar a un hombre por diez años. Así nació el ostracismo.

El origen de la palabra «ostracismo»

Cuando hoy decimos que alguien «cayó en el ostracismo» —el futbolista que ya no convoca el técnico, el político que su partido esconde— usamos la palabra en un sentido vago: lo marginaron, le hicieron el vacío. Suena abstracta. Pero su origen es de lo más concreto que se puede pedir: un pedazo de cerámica rota con un nombre rayado encima.

Una vacuna contra los tiranos

Pongámonos en situación. Atenas, principios del siglo V antes de Cristo. La democracia era un invento recién estrenado y frágil, y los atenienses tenían fresquísimo el recuerdo de los tiranos que habían gobernado la ciudad por la fuerza. Así que se inventaron un mecanismo de defensa preventivo, atribuido al reformador Clístenes: una vez al año, la asamblea votaba si convenía celebrar un ostracismo. Si la respuesta era sí, unas semanas después los ciudadanos se reunían en el ágora y cada uno rayaba un nombre en un tiesto de cerámica: el del hombre que consideraba más peligroso para la democracia.

Si se juntaban al menos seis mil votos, el «ganador» tenía diez días para empacar y marcharse al destierro por diez años. Y aquí viene lo notable: no había juicio, ni cargos, ni defensa posible, pero tampoco castigo adicional. El desterrado conservaba sus propiedades, su ciudadanía y su honor, y al cumplirse el plazo volvía como si nada. No era una condena por un crimen cometido, sino una vacuna contra un crimen futuro: quitarle de las manos a un hombre demasiado popular la posibilidad de convertirse en tirano.

El papel de borrador de la antigüedad

¿Y por qué cerámica? Porque el papiro era caro, importado de Egipto, y nadie iba a gastarlo en una papeleta electoral. En cambio, vasijas rotas había por todas partes: eran la basura doméstica de la época. Cada fragmento se llamaba óstrakon (ὄστρακον), y de ahí el nombre del procedimiento: ostrakismós, que el latín nos pasó como «ostracismo». Por cierto, óstrakon comparte raíz con óstreon, la concha del molusco — sí, la misma de nuestra palabra ostra. El destierro más famoso de la historia y el plato más elegante del menú son parientes etimológicos.

Arístides el Justo y el voto del cansancio

La anécdota más deliciosa del ostracismo la cuenta Plutarco. Durante la votación del año 482 a.C., un campesino analfabeto se acercó a un desconocido y le pidió que escribiera «Arístides» en su tiesto. El desconocido, que era precisamente Arístides —el estadista apodado «el Justo»—, le preguntó intrigado: «¿Y qué daño te ha hecho Arístides?». La respuesta del campesino es inmortal: «Ninguno. Ni siquiera lo conozco. Es que ya me cansé de oír que en todas partes le digan El Justo». Arístides, fiel a su apodo, escribió su propio nombre en el tiesto, se lo devolvió y resultó desterrado.

La historia tiene final amable: cuando los persas invadieron Grecia, Atenas lo llamó de vuelta antes de tiempo, y Arístides peleó con distinción en Salamina y comandó a los atenienses en Platea. Hay políticos que ni el ostracismo logra arruinar.

Fraude electoral, edición siglo V a.C.

Los arqueólogos le añadieron al cuento un capítulo que Plutarco no conocía. En una excavación cerca de la Acrópolis aparecieron 190 óstraka con el nombre de Temístocles, el héroe naval de Salamina... escritos por apenas un puñado de manos distintas. Es decir: papeletas prefabricadas en serie, listas para repartir entre votantes que no sabían escribir. Manipulación electoral organizada, dos mil quinientos años antes de las fake news. Temístocles, en efecto, terminó ostracizado alrededor del 471 a.C., y la ironía fue cruel: el hombre que salvó a Grecia de los persas acabó sus días al servicio del rey persa.

El ostracismo como institución murió joven —hacia el 417 a.C. los políticos aprendieron a pactar entre ellos para desviar los votos hacia terceros, y el mecanismo quedó en ridículo—, pero la palabra sobrevivió al procedimiento. Hoy ya nadie raya nombres en cerámica: el destierro es metafórico, de vestuarios, oficinas y grupos de WhatsApp. Aunque pensándolo bien, el método tampoco ha cambiado tanto: al capitán Boycott, 2.300 años después, su comunidad le aplicó esencialmente lo mismo — y de paso también le convirtió el apellido en palabra.


¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con el origen de la palabra «sibarita» y el origen de la palabra «petricor», o explora toda la serie de etimología.

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