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Etimología·Historia·Curiosidades históricas··4 min de lectura

El origen de la palabra «sibarita»

Síbaris fue la ciudad más rica y lujosa de la Grecia antigua, hasta que sus caballos bailarines la perdieron. Así nació la palabra sibarita.

El origen de la palabra «sibarita»

Hoy llamamos sibarita al que pide el vino preguntando la cosecha, al que no concibe un café que no sea de origen único, al amigo que viaja dos horas por un ceviche «que vale la pena». Un refinado del placer. Lo que casi nadie sabe es que el sibarita original no era un tipo de persona, sino un gentilicio: el habitante de Síbaris, una ciudad griega tan escandalosamente rica y tan entregada al lujo que su nombre se volvió adjetivo. Y su historia —ascenso, decadencia y un final digno de fábula— es de las mejores que dejó el mundo antiguo.

La ciudad donde estaba prohibido el gallo

Síbaris fue fundada hacia el 720 a.C. por colonos griegos en el sur de Italia, sobre una llanura tan fértil entre dos ríos que la riqueza llegó casi sin esfuerzo. En su apogeo era posiblemente la ciudad más próspera del Mediterráneo griego, y sus habitantes decidieron que tanta fortuna había que disfrutarla con método.

Las crónicas antiguas —hay que decir que escritas por sus vecinos, no precisamente imparciales— cuentan maravillas. Los sibaritas prohibieron los gallos dentro de la ciudad para que nadie les interrumpiera el sueño, y por la misma razón desterraron a herreros y carpinteros a las afueras: el ruido del trabajo era una agresión al descanso. Dicen que las calles principales estaban techadas con toldos para que el sol no molestara, y que los anfitriones invitaban a sus banquetes con un año de anticipación, para que las cocineras tuvieran tiempo de prepararse y las invitadas de mandarse a hacer el vestido.

Mi favorita: si un cocinero inventaba un plato nuevo, la ciudad le concedía el derecho exclusivo de prepararlo durante un año, para que la gloria y las ganancias fueran solo suyas. Es decir, los sibaritas inventaron la patente gastronómica dos mil quinientos años antes de la propiedad intelectual.

El hombre del pétalo de rosa

El sibarita más célebre fue Esmindírides, de quien Heródoto cuenta que viajó a cortejar a la hija de un tirano griego llevándose —según añade Diodoro Sículo— mil sirvientes, entre cocineros, pescadores y cazadores de aves; por si acaso en casa ajena se comiera mal. Séneca, siglos después, lo convirtió en el símbolo eterno de la blandura: Esmindírides se quejó una noche de no haber podido dormir, y al preguntarle por qué, explicó que uno de los pétalos de rosa sobre los que descansaba estaba doblado.

Los caballos que bailaban

Tanta exquisitez tenía que pagarse, y la factura llegó en el 510 a.C. Síbaris entró en guerra con su vecina Crotona —la ciudad del famoso atleta Milón, que comandó el ejército en persona—. Y aquí las crónicas registran uno de los finales más absurdos y memorables de la historia militar antigua.

Resulta que los sibaritas, en su afán de refinamiento, habían enseñado a sus caballos de guerra a bailar al son de la flauta para los desfiles y festivales. Los crotoniatas lo sabían. Así que en plena batalla, en lugar de tocar trompetas de guerra, sacaron flautistas. Los caballos sibaritas, al oír la música, se pusieron a bailar. La caballería más elegante del Mediterráneo se deshizo en una coreografía, y detrás de ella, la ciudad.

Crotona no se conformó con ganar: desvió el río Cratis para que pasara por encima de las ruinas y borrara Síbaris del mapa. Lo consiguió tan a fondo que los arqueólogos tardaron hasta los años 1960 en encontrar la ciudad, sepultada bajo metros de sedimento en la actual Calabria. Del imperio del placer no quedó más que el nombre — los mismos griegos que inventaron mecanismos tan serios como el ostracismo convirtieron «sibarita» en proverbio, los romanos lo heredaron, y veinticinco siglos después seguimos usándolo sin sospechar que detrás hay una ciudad entera ahogada por un río.

Conviene decirlo: los historiadores modernos sospechan que buena parte de estas historias fue propaganda de los vencedores, exageraciones para justificar la destrucción de una rival demasiado rica. Puede ser. Pero si la mitad fuera cierta, los sibaritas habrían estado encantados de saber que, dos mil quinientos años después, su nombre sigue siendo sinónimo de vivir bien.

Referencias

  1. Ateneo de Náucratis, Deipnosophistae (El banquete de los eruditos), libro XII, 520c–521a (citando a Aristóteles, Constitución de los sibaritas): los crotoniatas tocaron con flautas la melodía de los desfiles y los caballos sibaritas se pusieron a bailar y se pasaron al enemigo. Trad. C. D. Yonge (libro XII, cap. 19), Perseus Digital Library. perseus.tufts.edu
  2. Heródoto, Historia VI, 127: Esmindírides de Síbaris, hijo de Hipócrates, «el hombre más entregado al lujo de su tiempo», acudió como pretendiente de Agarista, hija de Clístenes, tirano de Sición. Trad. A. D. Godley, en Perseus/Scaife Viewer. scaife.perseus.org
  3. Estrabón, Geografía VI, 1, 13: los crotoniatas tomaron Síbaris en setenta días y desviaron el río Cratis sobre la ciudad para sumergirla. Trad. H. C. Hamilton y W. Falconer, Perseus Digital Library. perseus.tufts.edu
  4. Real Academia Española y ASALE, «sibarita», Diccionario de la lengua española, 23.ª ed. (versión en línea): del lat. Sybarīta y este del gr. συβαρίτης, de Síbaris, 'ciudad del golfo de Tarento célebre por la riqueza y el refinamiento de sus habitantes'. dle.rae.es

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