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Ecuador·Curiosidades·Historia··6 min de lectura

El Año Viejo: el mito y la historia real de la quema

Todos repiten que la quema del Año Viejo nació en una epidemia de 1895. La evidencia histórica cuenta algo distinto y más curioso sobre esta tradición.

Por Edgar Landívar

El Año Viejo: el mito y la historia real de la quema

Pocas imágenes resumen el fin de año en Ecuador como la de una familia entera, ya pasada la medianoche, mirando arder en plena calle un muñeco de aserrín y ropa vieja. Es la quema del Año Viejo: un monigote que representa los doce meses que se van —o al político, al futbolista o al personaje de moda que los marcó— y que se incendia entre petardos para dejar atrás lo malo. Casi todos repiten la misma explicación de su origen: que la costumbre nació en Guayaquil durante una epidemia de fiebre amarilla, en 1895. Es una historia redonda. El problema es que, cuando los historiadores fueron a los archivos, encontraron algo bastante distinto.

Qué se quema cada 31 de diciembre

El protagonista es el monigote —el «año viejo» propiamente dicho—, tradicionalmente relleno de aserrín, viruta, paja, papel y la ropa que ya nadie usa. Antes eran figuras modestas, de tamaño humano; hoy, sobre todo en Guayaquil, conviven con gigantes de cartón que retratan caricaturas, caudillos y superhéroes, y que se venden por las calles desde Navidad. A la medianoche del 31 de diciembre se le prende fuego, muchas veces con petardos escondidos dentro, en una mezcla de catarsis y espectáculo.

Pero el Año Viejo no viaja solo. Lo acompaña el testamento, un documento humorístico que el difunto «año» deja por escrito y que alguien lee en voz alta, repartiendo herencias, reproches y pullas a vecinos y autoridades. Y lo lloran las viudas: hombres disfrazados de mujer, de luto exagerado, que bailan y piden «una caridad para el viudo» a los carros que pasan. Tres elementos —el muñeco, el testamento y la viuda— que, como veremos, no nacieron a la vez.

La leyenda de la fiebre amarilla

La versión más difundida —la que repiten desde portales de turismo hasta sobremesas familiares— dice así: en 1895, ante un brote de fiebre amarilla en Guayaquil, las autoridades habrían recomendado quemar muñecos rellenos con la ropa de los parientes muertos por la peste, como medida de higiene. Aquella quema sanitaria se habría cargado luego de simbolismo —el fuego que purifica, el año que se va— hasta convertirse en fiesta.

Es una explicación atractiva porque lo une todo: la enfermedad, el miedo, el fuego liberador. Pero es justamente el tipo de relato del que conviene desconfiar: demasiado limpio, demasiado perfecto. Pasa con muchas historias que aceptamos sin revisar, como el supuesto pánico colectivo por «La guerra de los mundos», que también se repite porque suena mejor que la verdad.

Lo que dicen los archivos

Quien fue a comprobarlo fue el historiador guayaquileño Ángel Emilio Hidalgo, autor del estudio Los Años Viejos (2007), basado en la prensa de Guayaquil del siglo XIX, en relatos de viajeros y en la tradición oral. Su conclusión sobre el origen remoto de la fiesta es honesta y desinflante: «todo queda en el plano de la especulación y la leyenda». De la epidemia de 1895 como partida de nacimiento, no hay prueba documental.

Lo que sí hay es una fecha verificable. La referencia escrita más antigua a la quema de un monigote de fin de año en Ecuador la dejó el naturalista italiano Enrico Festa, que describió el Guayaquil del 31 de diciembre de 1897: calles llenas de gente enmascarada y bulliciosa que cargaba un «fantoche» —hecho de viruta, aserrín, paja y ropa vieja— en un singular cortejo que parodiaba un funeral, hasta quemarlo a medianoche «con disparos de petardos, salvas y repique de campanas». Es decir: para 1897 la costumbre ya estaba formada y tenía su forma teatral completa. Hidalgo apunta que un brote anterior de fiebre amarilla, el de 1842 —no el de 1895—, pudo reforzar el simbolismo del fuego como purificación, pero advierte que ni eso puede afirmarse de manera concluyente.

Una herencia que cruzó el Atlántico

Si no fue la peste, ¿de dónde salió? La pista la da la propia escena que describió Festa: un cortejo fúnebre paródico que termina con un muñeco en llamas. Esa estructura —enterrar y quemar una figura para cerrar un ciclo— no es ecuatoriana, sino vieja herencia ibérica y católica. El antecedente más claro es la quema de Judas, el muñeco que en Semana Santa se incendia o se «ajusticia» en pueblos de España y de toda Hispanoamérica.

Algunos cronistas tiraron de ese hilo. Modesto Chávez Franco, en sus Crónicas del Guayaquil antiguo (1930), vinculaba la costumbre a tradiciones traídas por los misioneros españoles; décadas después se planteó incluso una influencia de Las Fallas de Valencia —donde también se queman grandes muñecos— llegada con inmigrantes. Ninguna de las dos hipótesis tiene respaldo de archivo, así que siguen siendo conjeturas; pero ambas apuntan a lo mismo: un viejo gesto europeo de quemar efigies que, trasplantado al Guayaquil decimonónico, se reinventó como despedida del año. Es el mismo Guayaquil bullicioso que se asoma en las imágenes del Guayaquil antiguo.

El monigote como arma política

Desde muy temprano, el Año Viejo fue también un desahogo político. Se cuenta —lo recogió Rodrigo Chávez González en 1961— que ya en 1871 unos jóvenes guayaquileños armaron un monigote con el parecido del presidente Gabriel García Moreno para quemarlo, y que la autoridad los detuvo: señal de que el poder entendió pronto el filo subversivo de la costumbre.

Ese filo se afiló a mediados del siglo XX, cuando sindicatos, barrios y, más tarde, el célebre concurso de monigotes del diario El Universo convirtieron al Año Viejo en un espacio de crítica social explícita. Quemar al gobernante de turno, al funcionario corrupto o al personaje ridículo del año es, en un país de larga inestabilidad política, una forma barata y catártica de ajustar cuentas. El monigote dice en voz alta lo que muchos callan los otros 364 días.

Viudas, testamentos y el día después

Los otros dos personajes llegaron después. Los testamentos satíricos —esa última voluntad burlona del año que muere— se incorporaron como pieza literaria popular, leída a gritos en cada esquina. Y las viudas aparecen en la prensa recién desde mediados del siglo XX: hombres vestidos de negro que fingen llorar al «difunto» y, de paso, recogen monedas. Lo que empezó como un acompañamiento del cortejo terminó siendo, en muchos barrios, el número estrella de la noche.

Al amanecer del 1 de enero solo quedan cenizas en el asfalto y, para muchos, un soberano chuchaqui. Pero el rito ya cumplió su función: la de muchas supersticiones de fin de año, que es darnos la sensación de poder cerrar algo con las manos. Quemar un muñeco no cambia el calendario, pero sí nos deja creer que el año malo se fue con el humo. Y esa, más que la fiebre amarilla, es probablemente la verdadera razón por la que seguimos haciéndolo.

Referencias

  1. Ángel Emilio Hidalgo, Los Años Viejos, Guayaquil, 2007 (investigación sobre prensa decimonónica, relatos de viajeros y tradición oral).
  2. Enrico Festa, Nel Darien e nell'Ecuador. Diario di viaggio di un naturalista, Turín, 1909 (descripción del 31 de diciembre de 1897 en Guayaquil).
  3. Modesto Chávez Franco, Crónicas del Guayaquil antiguo, Guayaquil, 1930 (antecedente de la quema de Judas).
  4. EcuadorChequea, «Origen de la quema del Año Viejo en Ecuador: historia, mitos y evidencias». ecuadorchequea.com
  5. Primicias, «La primera referencia a la quema de un monigote en Ecuador incluye un cortejo fúnebre con enmascarados». primicias.ec

¿Te gustan las historias detrás de nuestras costumbres? Sigue con el origen de la palabra «chuchaqui» o explora más sobre Ecuador.

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