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Historia·Curiosidades históricas·Ecuador··3 min de lectura

El pánico de la Guerra de los Mundos nunca existió

La noche en que Orson Welles aterrorizó a Estados Unidos es un mito fabricado por la prensa. El pánico real ocurrió once años después — en Quito.

Por Edgar Landívar

El pánico de la Guerra de los Mundos nunca existió

La escena es un clásico de la historia de los medios: la noche del 30 de octubre de 1938, Orson Welles dramatiza por radio La guerra de los mundos como si fuera un noticiero en vivo, millones de norteamericanos creen que los marcianos están invadiendo Nueva Jersey, las carreteras se llenan de autos en fuga, hay ataques de pánico, abortos, suicidios. Es la demostración eterna del poder de los medios masivos, citada en mil aulas de comunicación. Y es, casi en su totalidad, mentira. El pánico de 1938 nunca ocurrió. Aunque la historia tiene una segunda parte que casi nadie cuenta — y esa sí ocurrió, con muertos de verdad, mucho más cerca de casa.

El problema de base: casi nadie estaba escuchando

Empecemos por el dato demoledor. Esa misma noche, las mediciones de audiencia telefónicas registraron que apenas un 2% de los hogares estaba sintonizando el programa de Welles — un espacio cultural sin auspiciantes, de los que no movían la aguja. La inmensa mayoría del país estaba en la cadena rival escuchando al ventrílocuo Edgar Bergen, la estrella del momento. Y del puñado que sí escuchaba el Mercury Theatre, la mayoría sabía perfectamente que era teatro: el programa se anunció como ficción al inicio, hubo recordatorios, y la segunda mitad abandona el formato noticiero por completo.

¿Y las consecuencias? Los investigadores que revisaron los archivos no encontraron ni un solo muerto, ni un suicidio, ni una oleada de hospitalizaciones atribuible a la emisión. Las llamadas a comisarías y emisoras aumentaron esa noche, sí — gente preguntando si era cierto, que es exactamente lo contrario del pánico: es escepticismo funcionando. Las carreteras estuvieron normales. Nueva Jersey no se vació.

¿Entonces de dónde salió la leyenda?

De los periódicos, otra vez. Al día siguiente, la prensa escrita —que llevaba años perdiendo lectores y publicidad a manos de la radio, su competidora directa— encontró el regalo perfecto: «Radioescuchas en pánico» en primera plana, editoriales sobre la irresponsabilidad del nuevo medio, exigencias de regulación. El supuesto pánico masivo se construyó con un puñado de anécdotas sueltas, infladas y repetidas en cadena. Si esto le suena familiar, es porque es el mismo mecanismo de la maldición de Tutankamón: una prensa con incentivos para inventar y una historia demasiado buena para verificarla. Dos años después, un estudio académico de Princeton le puso números dudosos («un millón de asustados», extrapolados de encuestas tardías con preguntas inductivas) y le dio respetabilidad eterna al mito.

El gran beneficiado fue el propio Welles: el «hombre que aterrorizó a América» firmó contrato con Hollywood al poco tiempo, y tres años después estrenó El ciudadano Kane. Con los años, el viejo zorro alimentó la leyenda encantado — nadie va a desmentir el mito que lo hizo famoso.

El pánico que sí existió fue en Quito

Y ahora la parte que esta historia siempre omite. Once años después, el 12 de febrero de 1949, Radio Quito —la emisora del diario El Comercio— transmitió su propia adaptación de La guerra de los mundos, producida por el locutor y artista Leonardo Páez, con marcianos aterrizando en Cotocollao. La hicieron demasiado bien: sin las advertencias suficientes, con imitaciones de autoridades y boletines falsos impecables. Y en Quito el pánico sí fue real: gente en las calles, rezos masivos, alarma genuina en media ciudad.

Lo trágico vino con el desenlace. Cuando la emisora, viendo el caos, interrumpió el drama para aclarar que era ficción, el miedo de la multitud se transformó en furia. Una turba marchó al edificio que compartían Radio Quito y El Comercio y le prendió fuego con el personal adentro. Murieron alrededor de seis personas —algunas fuentes elevan la cifra— entre trabajadores de la radio y del periódico; varios sobrevivieron saltando desde los pisos altos. Páez, que perdió colegas esa noche, terminó exiliándose en Venezuela. La ironía es perfecta y amarga: el pánico estadounidense de 1938, el famoso, el de los libros de texto, fue un invento de la prensa; el ecuatoriano de 1949, el de verdad, el que dejó un edificio en cenizas y familias de luto, quedó reducido a nota al pie fuera de nuestras fronteras.

Moraleja doble, entonces. La primera: los medios no son tan todopoderosos como ellos mismos cuentan — el público de 1938 fue bastante más sensato de lo que dice la leyenda. La segunda, quiteña y dolorosa: bajo las condiciones equivocadas, la ficción sí puede incendiar la realidad. La diferencia entre las dos noches no estuvo en los marcianos, que eran los mismos. Estuvo en los detalles — y en quién contó la historia después.

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