El samurái que llegó a Acapulco
En 1614 un galeón japonés ancló en Acapulco con un embajador samurái a bordo. Cruzó México, llegó a Roma y dejó descendientes en un pueblo de Sevilla.

En enero de 1614, cuando México todavía no se llamaba México sino Nueva España, un barco japonés cruzó el Pacífico y apareció en el puerto de Acapulco. Y no venía cualquier persona a bordo. Venía un samurái.
Se llamaba Hasekura Tsunenaga.
Acapulco en 1614 no era el de los hoteles ni el de los clavadistas, sino un puerto colonial caluroso, lleno de funcionarios, comerciantes, cargadores, religiosos, soldados, rumores y mercancías que llegaban desde Asia en la ruta del Galeón de Manila. Y de pronto, en la bahía, apareció el San Juan Bautista, un galeón construido en Japón.
A bordo venían unas 180 personas. La misión había salido del puerto de Tsukinoura en octubre de 1613 y llegó a Acapulco después de más de tres meses cruzando el Pacífico. Para la gente de la Nueva España, aquello debió ser una aparición casi fantástica: hombres venidos de Japón, con ropas, modales e idioma extraños, y un embajador samurái que no venía a pelear, sino a negociar.
Cuando pensamos en samuráis pensamos en espadas, duelos y películas con viento entre los bambúes. Pero Hasekura no cruzó el océano para una batalla. Lo hizo para abrir una ruta comercial. Era, en otras palabras, un samurái diplomático.
El dragón tuerto que lo mandó
Detrás de Hasekura había otro personaje que merece su propia mención: Date Masamune, señor de Sendai, conocido como “el dragón tuerto del norte” por haber perdido el ojo derecho a la viruela siendo niño. Era uno de los daimyos más poderosos del Japón de comienzos del siglo XVII, ambicioso, calculador, simpatizante del cristianismo, y con la curiosidad suficiente para querer hablar de tú a tú con el rey de España y con el papa.
Masamune mandó construir el San Juan Bautista en sus propios astilleros, eligió a Hasekura —vasallo suyo de cuna samurái— como embajador, y lo despachó al otro lado del mundo con cartas, regalos y la esperanza de convertir a su feudo del norte de Japón en una potencia comercial conectada con Acapulco, Sevilla y Roma.
La misión se conoce hoy como Embajada Keichō, por el periodo imperial japonés en que se llevó a cabo.
Japón quería comerciar con México
La misión buscaba algo muy concreto: abrir comercio directo entre Japón y Nueva España. También había intereses religiosos y tecnológicos, entre ellos el envío de misioneros y el acceso a conocimientos relacionados con la producción de plata.
Esto obliga a mirar a México de otra manera. Hoy solemos pensar en el país como parte de América, sin más. Pero en el siglo XVII, Nueva España era también una puerta hacia Asia. Acapulco no era un puerto secundario: era una de las bisagras del mundo. Por un lado Manila, por el otro Veracruz, y México en medio. Las mercancías podían venir de Asia, entrar por Acapulco, cruzar el territorio novohispano y salir por Veracruz hacia Europa.
Por eso Hasekura no llegó a Acapulco por casualidad. Llegó porque Acapulco era una de las grandes entradas al sistema imperial español en el Pacífico.
Después de desembarcar, la misión no se quedó en la costa. Viajó hacia el centro de la Nueva España, pasó por varias ciudades —entre ellas Cuernavaca— y llegó a la capital, la actual Ciudad de México, donde Hasekura se entrevistó con el virrey y con autoridades religiosas. Más tarde salió hacia Veracruz, pasando por Puebla, para embarcar rumbo a Europa.
Esta parte me parece casi más poderosa que la llegada misma, porque significa que, durante algunos meses de 1614, un grupo de japoneses cabalgó o fue trasladado por caminos novohispanos. Pasaron por pueblos, conventos, plazas, caminos polvorientos y ciudades donde seguramente fueron observados como si fueran personajes salidos de otro planeta. La historia oficial casi siempre registra tratados, nombres de reyes, fechas y embarques; pero esa otra historia —la cara de quienes los vieron pasar— también existió, aunque nadie la haya pintado.
De México a Roma
Hasekura siguió viaje. Salió por Veracruz, pasó por La Habana, llegó a España y eventualmente fue recibido en Roma. Su misión buscaba el apoyo del rey Felipe III y del papa Paulo V para concretar los planes de comercio y religión que traía desde Japón.
Allí obtuvo un documento extraordinario: un certificado de ciudadanía romana y nobleza. El nombre cristiano latinizado que figura en él —Philippo Francisco Faxecura Rocuyemon— es, todavía hoy, una de las firmas más insólitas que se conservan en los archivos de la ciudad de Roma.
El mundo cambió mientras él viajaba
Lo trágico de esta historia es que Hasekura salió de Japón en un momento en que todavía parecía posible abrir ese puente con el mundo hispánico. Pero mientras él cruzaba océanos, cortes y ciudades, Japón estaba cambiando: el cristianismo comenzó a ser perseguido con más fuerza y el país avanzó hacia una política de aislamiento estricta.
Para cuando la misión volvió, las condiciones políticas que habían hecho posible el viaje ya se habían evaporado. Tras siete años de viaje, la Embajada Keichō regresó sin lograr sus propósitos principales porque Japón había cambiado internamente. Date Masamune, el dragón tuerto, tuvo que aceptar que su apuesta global había llegado tarde.
Hasekura volvió a Sendai en 1620 y murió poco después, según la mayoría de las versiones siendo cristiano, en un país donde el cristianismo ya era una herejía perseguida.
Los Japón de Coria del Río
Pero la historia tiene una nota a pie de página extraordinaria, y está al otro lado del Atlántico.
En el camino de vuelta, mientras la misión esperaba en Sevilla noticias que no llegaban, un grupo de tripulantes japoneses se quedó. No regresó al barco. Se asentaron en Coria del Río, un pueblo a orillas del Guadalquivir, y se casaron con mujeres locales. Sus descendientes siguen allí hasta hoy: en el censo de Coria del Río y de localidades vecinas hay cerca de setecientas personas con el apellido Japón (en algún registro antiguo, Jaapón o Xapón).
Es decir: la Embajada Keichō fracasó como proyecto político, pero dejó genoma. La misión perdida de Date Masamune sigue caminando por las calles de un pueblo andaluz cuatrocientos años después.
La globalización empezó desde antes
Esta historia me gusta porque nos recuerda que la globalización no comenzó con internet, ni con los aviones, ni con los contenedores. Ya en 1614 había personas cruzando el planeta con cartas, regalos, intérpretes, ambiciones comerciales, promesas religiosas y una cantidad enorme de incertidumbre. La diferencia es que entonces todo eso ocurría con barcos de madera, mapas incompletos y meses enteros de océano.
No sé si Hasekura vio a México como nosotros lo vemos hoy. Probablemente no. Para él era Nueva España, una pieza fundamental del imperio español, una escala necesaria en una misión mucho más grande.
Pero para nosotros, cuatro siglos después, la imagen resulta irresistible: un hombre que salió de Japón, llegó a Roma y volvió a su tierra con documentos, recuerdos y la sensación amarga de haber viajado demasiado lejos para regresar a un mundo distinto.
No está nada mal para una historia que casi nunca nos contaron en la escuela.
Fuentes consultadas
- Wikipedia — Hasekura Tsunenaga
- Wikipedia — Date Masamune
- Wikipedia — Coria del Río (apellido Japón)
- UNESCO Memory of the World — Materials Related to the Keichō-era Mission to Europe (inscrito en 2013).
- Colegio de San Ildefonso — Somos Pacífico: Hasekura Tsunenaga
- Revista de Historia — La embajada Keichō (1613-1620)
Referencias
- UNESCO, «Materials Related to the Keicho-era Mission to Europe» (Embajada Keichō de Hasekura Tsunenaga, enviada por Date Masamune, 1613-1620), Registro Memoria del Mundo, inscrito en 2013. unesco.org
- UNESCO, «Materials Related to the Keicho-era Mission to Europe» — «Certificate of Citizenship of Rome Conferred onto Hasekura Tsunenaga» (Museo de la Ciudad de Sendai), Registro Memoria del Mundo, 2013. unesco.org
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