La hermana de Nietzsche fundó una colonia aria en Paraguay
En 1886, Elisabeth Nietzsche y su esposo antisemita se llevaron familias alemanas «puras» a la selva paraguaya. Salió exactamente como merecía.

En el departamento de San Pedro, Paraguay, a unos doscientos cincuenta kilómetros de Asunción, existe un pueblo agrícola llamado Nueva Germania. Hoy es un lugar humilde de yerbales y ladrilleras donde se habla guaraní, español y restos de alemán, y donde apellidos como Fischer y Kück aparecen entre los productores de la zona. Pocos de sus visitantes sospecharían su partida de nacimiento: Nueva Germania fue fundada en los años 1880 como un laboratorio de «pureza racial» aria — por el agitador antisemita más estridente de Alemania y su esposa, que llevaba un apellido incómodamente célebre: Elisabeth Nietzsche, hermana del filósofo.
El matrimonio que Friedrich no quiso ver
Bernhard Förster era un exprofesor berlinés famoso por sus campañas antisemitas, tan virulentas que le costaron la carrera docente. Elisabeth, hermana menor y devota de Friedrich Nietzsche, se casó con él en 1885 — y el filósofo, asqueado, no asistió a la boda. La correspondencia de Nietzsche no deja lugar a dudas: despreciaba el antisemitismo de su cuñado, se burlaba del proyecto paraguayo y llegó a romper con su hermana por esa causa. El detalle importa, y mucho, porque el siglo XX se encargaría de invertir los papeles, como veremos.
Förster tenía un sueño que hoy se lee como advertencia: ya que Alemania estaba «contaminada», fundaría en otro continente una colonia de sangre alemana pura que germinara lejos de judíos y de la modernidad. Eligió Paraguay, que tras la guerra de la Triple Alianza había perdido buena parte de su población y recibía colonos con los brazos abiertos. En 1886 zarparon de Hamburgo las primeras familias sajonas — un puñado al inicio, catorce en total—, y en 1887 quedó fundada oficialmente Nueva Germania, a orillas del río Aguaray-Guazú.
La selva no lee panfletos
El trópico procedió a desmontar la teoría racial con su eficiencia habitual. Los cultivos europeos fracasaron; los colonos, campesinos pobres reclutados con promesas infladas, descubrieron que las tierras prometidas estaban enredadas en deudas y papeles; el clima, los insectos y las enfermedades hicieron el resto. La colonia que debía demostrar la superioridad germánica no lograba ni cosechar. Tres años después de la fundación, ahogado por las deudas y el fracaso, Bernhard Förster se envenenó en el hotel del Lago de San Bernardino, en junio de 1889. Elisabeth, fiel a su estilo de toda la vida, maquilló el suicidio de «ataque nervioso» y sostuvo la ficción del paraíso ario un tiempo más antes de abandonar a los colonos a su suerte y volver a Alemania en 1893.
El segundo proyecto de Elisabeth fue peor
Y aquí esta historia se vuelve verdaderamente importante. De regreso en casa, Elisabeth encontró a su hermano incapacitado por el colapso mental que sufrió en 1889, y tomó el control total de su obra: fundó el Archivo Nietzsche, administró sus manuscritos y editó sus papeles póstumos con la misma honestidad con que había administrado Nueva Germania. De sus tijeras salió una versión de Nietzsche al gusto del nacionalismo más rancio — el filósofo que despreciaba el antisemitismo, convertido póstumamente en su santo patrono. Cuando Elisabeth murió en 1935, cargada de honores, Hitler en persona asistió a su funeral. Friedrich, que se había negado a ir a la boda, no pudo negarse a que el Tercer Reich fuera a su archivo.
Nueva Germania, mientras tanto, siguió su propio camino, que es el mejor epílogo posible: los descendientes de los colonos «puros» se mezclaron con los paraguayos, adoptaron el guaraní y la yerba mate, y hoy viven del campo como cualquier comunidad rural del país, a años luz de la ideología de los fundadores. Este blog ya contó la historia de la Venezuela alemana y la de la Escocia panameña; la moraleja de la trilogía es consistente: América tiene una larga tradición de digerir delirios europeos y convertirlos en pueblos normales. La selva paraguaya se tragó el experimento ario en una generación. Lo verdaderamente peligroso de aquel matrimonio no fue la colonia — fue la editora.
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