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Historia·Ciencia del pasado·Curiosidades··5 min de lectura

Mayas y aztecas ya fabricaban papel antes de Colón

Siglos antes de Colón, mayas y aztecas ya fabricaban papel de corteza: el amate, la piel de los códices que los conquistadores quemaron.

Mayas y aztecas ya fabricaban papel antes de Colón

Cuando los españoles entraron en Mesoamérica se encontraron con algo que no esperaban: pueblos que fabricaban papel, escribían libros y guardaban bibliotecas. Los mayas y los aztecas producían papel siglos antes de la llegada de Colón, sin haber tenido contacto alguno con China, donde el papel se inventó, ni con Europa, que lo había recibido de los árabes. Lo llamaban āmatl en náhuatl —de ahí viene la palabra amate— y huun en maya, y sobre él anotaron su astronomía, sus calendarios, sus tributos y sus dioses.

Un papel que crecía en los árboles

El amate se fabricaba con la corteza interior de varias especies de higuera silvestre (los Ficus que en México todavía se llaman amates, y que los mayas conocían como kopo'). El proceso era sorprendentemente parecido al de otras grandes tradiciones del papel: se desprendían tiras de corteza, se hervían en agua con cal o con ceniza para ablandar la fibra —la misma idea que la nixtamalización del maíz—, y luego las tiras se disponían entrecruzadas sobre una tabla y se golpeaban con una piedra estriada hasta que las fibras se soldaban en una hoja continua.

Secada al sol, la hoja quedaba flexible y resistente. Para escribir sobre ella, los escribas la recubrían con una fina capa de estuco de cal que dejaba una superficie blanca y lisa, lista para recibir tinta y pigmentos. El resultado no tenía nada que envidiar al papiro egipcio o al pergamino europeo.

Más antiguo de lo que parece

No fue una ocurrencia tardía. Los arqueólogos han encontrado golpeadores de corteza de piedra —la herramienta clave del oficio— en yacimientos mesoamericanos de hace más de dos mil años, y los mayas del período Clásico ya usaban su huun para escribir mucho antes de que existiera el imperio azteca. Es decir: mientras Europa todavía copiaba manuscritos en pergamino carísimo, en América ya existía una tradición papelera independiente, inventada sin ningún contacto con el resto del mundo.

Ese detalle es el que suele olvidarse: el papel se inventó al menos dos veces en la historia de la humanidad. Una en China, de donde pasó al mundo islámico y de ahí a Europa; y otra en Mesoamérica, por su cuenta. La América precolombina era mucho más sofisticada de lo que la vieja caricatura escolar sugiere, igual que aquella Amazonia densamente poblada que los primeros cronistas describieron y nadie quiso creer.

Libros plegados como acordeón

Con ese papel se hacían los códices: tiras largas de amate, a veces de varios metros, plegadas en zigzag como un biombo o un acordeón, pintadas por ambas caras y protegidas en ocasiones con tapas de madera o piel de jaguar. Los aztecas los llamaban āmoxtli, y a las casas donde se guardaban, āmoxcalli: literalmente, «casas de libros». Bibliotecas, siglos antes de que llegara ningún europeo.

El más famoso de los libros mayas que sobreviven, el Códice de Dresde, contiene tablas del planeta Venus y predicciones de eclipses de una precisión asombrosa. Y el llamado Códice Maya de México, autentificado en 2018 tras décadas de sospechas, fue fechado entre los años 1021 y 1154: es el libro legible más antiguo del continente americano, elaborado unos cuatro siglos antes del primer viaje de Colón.

Medio millón de hojas al año

Para los aztecas, el papel no era una curiosidad de escribas: era un producto industrial y un bien de tributo. Los registros fiscales del imperio, como el Códice Mendoza, muestran que los pueblos productores enviaban a Tenochtitlan cientos de miles de hojas de amate al año —las cifras habituales rondan las 480.000—, igual que otros enviaban granos de cacao, que servían literalmente de moneda.

¿Para qué tanto papel? Para la administración de un imperio: registros de tributos, censos, mapas, genealogías. Y para la religión: banderas y vestiduras rituales, figuras recortadas, y hojas salpicadas con gotas de hule que se quemaban como ofrenda. El papel impregnaba la vida mesoamericana de una forma que a los propios europeos del siglo XVI les resultó familiar y desconcertante a la vez.

El fuego de Maní

Esa familiaridad no salvó a los libros. En 1562, el franciscano Diego de Landa ordenó quemar en el pueblo yucateco de Maní decenas de códices mayas por considerarlos obra del demonio. Él mismo lo contó sin rodeos: «Hallámosles gran número de libros… y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena».

Entre hogueras, humedad y saqueos, de toda la producción libresca maya sobreviven hoy apenas cuatro códices. De los libros aztecas anteriores a la conquista casi no queda ninguno: la mayoría de los códices que conocemos son copias y recopilaciones hechas ya en época colonial. Es una de las pérdidas documentales más grandes de la historia: bibliotecas enteras de un mundo que se escribía a sí mismo, reducidas a un puñado de supervivientes.

¿Era papel «de verdad»?

Un purista de la historia del papel pondría aquí un matiz honesto: técnicamente, el papel «verdadero» se hace macerando fibras hasta suspenderlas en agua y recogiéndolas con un tamiz, como lo inventaron los chinos. El amate, hecho de corteza golpeada, es pariente más cercano de la tapa polinesia, igual que el papiro egipcio tampoco es papel en sentido estricto. Pero el matiz es de fabricación, no de función: el amate era una superficie ligera, plegable, portátil y escribible, producida en masa y usada para hacer libros. Todo lo que le pedimos a un papel, lo cumplía.

El amate no murió

La corona colonial persiguió el amate precisamente por su uso ritual —era «papel de idolatría»— y su fabricación casi desapareció. Casi. En la Sierra Norte de Puebla, los otomíes de San Pablito mantuvieron viva la técnica durante siglos, y hoy el amate resurgido se pinta y se vende como una de las artesanías más reconocibles de México. Cuando compras una pintura sobre amate estás sosteniendo, sin saberlo, la continuación directa de una industria papelera más de mil años anterior a Colón.

La próxima vez que alguien dé por hecho que la escritura y los libros llegaron a América en las carabelas, ya sabes la respuesta: los libros ya estaban aquí. Lo que llegó en 1492 fue, entre otras cosas, el fuego que los quemó.

Referencias

  1. «Amate», Wikipedia. es.wikipedia.org
  2. «Maya codices», Wikipedia. en.wikipedia.org
  3. «Maya Codex of Mexico», Wikipedia. en.wikipedia.org
  4. Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán (1566). Véase «Auto de fe de Maní», Wikipedia. es.wikipedia.org

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