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Historia·Curiosidades históricas·Ecuador··4 min de lectura

El ajedrez de Atahualpa es leyenda; el manto de murciélagos, no

Dos historias del cautiverio de Atahualpa: la partida de ajedrez que todos citan y un manto tejido con pelo de murciélago. Solo una está documentada.

Por Edgar Landívar

El ajedrez de Atahualpa es leyenda; el manto de murciélagos, no

Del cautiverio de Atahualpa en Cajamarca —los ocho meses entre su captura en 1532 y su ejecución en 1533— circulan dos historias extraordinarias. Una la cita todo el mundo: la del Inca que aprendió ajedrez mirando jugar a sus captores y humilló a un español con una sola jugada. La otra casi nadie la conoce: la del manto tejido con pelo de murciélago, más suave que la seda. Y aquí viene el quiebre que hace a esta dupla perfecta para este blog: la historia famosa es literatura, y la historia inverosímil está documentada por un testigo presencial. Vamos por partes, que las dos lo merecen.

La partida que todos citan

La versión célebre viene de Ricardo Palma, el gran tradicionista peruano, en «Los incas ajedrecistas». Según Palma, Atahualpa observaba en silencio, tarde tras tarde, las partidas de ajedrez entre sus carceleros. Un día, mientras Hernando de Soto jugaba contra el tesorero Riquelme, el Inca rompió su silencio para sugerirle a Soto una jugada — «el castillo», la torre — con la que ganó la partida. Desde entonces Soto jugaba con él dándole ventaja de un caballo, y Atahualpa resultó un rival más que digno. El remate es de tragedia perfecta: Riquelme, humillado, habría sido después uno de los votos decisivos en el consejo que condenó a muerte al Inca. Conclusión irónica de Palma: a Atahualpa le costó la vida saber jugar al ajedrez.

Es una joya. El problema es que Palma la escribió a fines del siglo XIX, más de 350 años después de los hechos, en sus Tradiciones peruanas — un género que mezcla deliberadamente historia, rumor y ficción, y ahí está su gracia. Ningún cronista presente en Cajamarca —ni Jerez, ni Estete, ni Pedro Pizarro— menciona la partida, la jugada ni la venganza de Riquelme. Lo que sí registran las crónicas es el núcleo plausible: que Atahualpa aprendió a jugar ajedrez y dados durante el cautiverio, y que aprendía todo con una rapidez que asombraba a los españoles. El Inca ajedrecista es creíble; la partida con moraleja mortal es, casi con certeza, invención de Palma — tan bien contada que lleva un siglo colándose en libros serios como si fuera historia.

El manto que nadie creería (y es verdad)

La segunda historia la cuenta Pedro Pizarro —primo del conquistador, testigo directo de Cajamarca— en su Relación de 1571. Un día, Atahualpa apareció con un manto oscuro de una suavidad que desconcertó al español: más suave que la seda al tacto. Pizarro le preguntó de qué estaba hecho, y la respuesta del Inca es de las mejores líneas de toda la conquista: de pelo de murciélagos — de los que vuelan de noche en Puerto Viejo y Tumbes, cuya gente los cazaba y recolectaba su pelo como tributo.

Deténgase un momento en la logística, que es donde vive el asombro: ¿cuántos murciélagos hay que «esquilar» para tejer un manto entero? La prenda era un imposible práctico para cualquier mortal — y exactamente por eso la vestía el Sapa Inca. Era el aparato tributario del Tahuantinsuyo convertido en tela: provincias enteras de la costa —la costa del actual Ecuador, dicho sea de paso— pagando impuestos en pelo de murciélago. Y el mismo pasaje de Pedro Pizarro guarda otro detalle alucinante: la ropa del Inca se usaba una sola vez. Todo lo que Atahualpa tocaba, vestía o dejaba —incluidos restos de comida y cabellos— se guardaba en petacas y se quemaba ritualmente: nadie podía tocar lo que había tocado el hijo del Sol, y nada suyo podía quedar al alcance de la hechicería. El hombre que vestía murciélagos de un solo uso era prisionero de gente que llevaba meses sin cambiarse la camisa.

Por qué creemos la leyenda y no la crónica

Queda la pregunta de fondo, que ya es vieja conocida de esta casa: ¿por qué la historia inventada circula como hecho y la documentada duerme en las crónicas? Por la misma razón de siempre, la que vimos con la maldición de Tutankamón: la leyenda del ajedrez es una historia perfecta — tiene ingenio, humillación, venganza y moraleja en cuatro actos. La realidad del manto, en cambio, no tiene trama: es solo un dato — pero un dato tan extraño, tan revelador de lo que era el Tahuantinsuyo, que vale por diez tragedias. Esa es quizás la lección de Cajamarca para los contadores de historias: cuando la verdad incluye murciélagos ecuatorianos esquilados como tributo imperial y vestuario sagrado de un solo uso, no hace falta inventar nada. Palma, que era un genio, lo sabía — por eso firmaba «tradiciones», no historia. Somos nosotros los que dejamos de leer la letra chica.

Referencias

  1. Ricardo Palma, «Los incas ajedrecistas», en Tradiciones peruanas (cuarta serie, 1877; recopilada en Tradiciones peruanas completas, Madrid, Aguilar).
  2. Pedro Pizarro, Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Perú [1571], ed. Guillermo Lohmann Villena, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1978. archive.org
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