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Ciencia y Tecnología·Historia··5 min de lectura

La historia del ascensor y la ciudad vertical

La historia del ascensor: del freno de seguridad de Elisha Otis en 1854 al invento que hizo posibles los rascacielos y la ciudad vertical moderna.

La historia del ascensor y la ciudad vertical

Damos por sentado que basta apretar un botón para subir treinta pisos en un minuto. Pero durante casi toda la historia humana, subir fue un lujo agotador: cuanto más alto vivías, peor era tu dirección. La historia del ascensor no es solo la de una máquina que sube y baja, sino la del invento que dio la vuelta a las ciudades y las obligó a crecer hacia arriba. Y su momento decisivo no fue una idea genial, sino un truco de circo: un hombre parado sobre una plataforma, ordenando que cortaran la cuerda que lo sostenía.

Máquinas que subían cosas desde la Antigüedad

La idea de elevar cargas con cuerdas y poleas es muy antigua. Se atribuye a Arquímedes, hacia el año 236 a. C., uno de los primeros aparatos de este tipo: un montacargas con cuerdas enrolladas en un tambor y movido por fuerza humana. En el Coliseo de Roma había, según los arqueólogos, entre 28 y 30 elevadores de madera que subían fieras —leones, osos, leopardos— por pozos de unos siete metros hasta trampillas que se abrían de golpe en la arena.

Siglos después, la realeza tuvo sus propios caprichos verticales. En 1743, Luis XV mandó construir en Versalles una «silla voladora» para que una de sus amantes subiera a sus habitaciones del tercer piso. Todos estos ingenios compartían un problema: eran lentos, dependían de músculos o contrapesos y, sobre todo, no eran seguros. Si la cuerda se rompía, la carga —o la persona— caía al vacío. Por eso, durante siglos, los ascensores sirvieron para mover mercancías, no gente.

El problema no era subir, era no caerse

A mediados del siglo XIX, la Revolución Industrial llenó las fábricas de máquinas de vapor capaces de mover plataformas pesadas entre pisos. La tecnología para subir ya existía. Lo que faltaba era una respuesta a la pregunta que impedía que nadie confiara su vida a una de esas plataformas: ¿qué pasa cuando la cuerda se rompe?

Ese fue el nudo que desató un mecánico estadounidense llamado Elisha Graves Otis. Trabajando en una fábrica de camas de Yonkers, Nueva York, buscaba una forma segura de subir maquinaria a los pisos superiores. Hacia 1852 dio con una solución tan simple como brillante: un resorte de acero, como los de los carruajes, conectado a la plataforma. Si la cuerda se tensaba, el resorte permanecía plegado; pero si la cuerda se rompía y la tensión desaparecía, el resorte se abría de golpe y clavaba unos trinquetes en unos rieles dentados a los lados del hueco, frenando la caída en seco.

1854: el hombre que ordenó cortar su propia cuerda

Otis tenía el invento, pero nadie quería comprarlo: la gente seguía viendo los ascensores como trampas mortales. Necesitaba convencer al público, y para eso montó uno de los actos publicitarios más audaces del siglo. En la Exhibición de las Industrias de Todas las Naciones, celebrada en el Crystal Palace de Nueva York en 1854, Otis instaló una plataforma abierta y se subió a ella ante una multitud.

Frente a todos, hizo que la plataforma se elevara varios metros sobre el suelo. Entonces ordenó a un ayudante que cortara la cuerda de un hachazo. La multitud gritó, esperando ver caer al inventor. Pero la plataforma solo bajó unos centímetros antes de que el freno de seguridad la sujetara en el aire. Otis se quitó el sombrero y pronunció la frase que quedó para la historia: «Todo seguro, caballeros, todo seguro». Aquel golpe de teatro hizo por los ascensores lo que ninguna patente habría logrado: convertir el miedo en confianza.

Del montacargas al ascensor de personas

La demostración funcionó. En 1857, Otis instaló el primer ascensor de pasajeros con freno de seguridad en la tienda de E. V. Haughwout & Co., en el Broadway de Nueva York. Era una máquina de vapor, lenta para lo que hoy conocemos, pero por primera vez la gente entraba a un ascensor sin sentir que arriesgaba la vida. El propio Otis obtuvo su patente en 1861 y murió pocos meses después, sin llegar a ver la escala descomunal que alcanzaría su idea.

El siguiente salto fue eléctrico. En 1880, el alemán Werner von Siemens presentó en Mannheim el primer ascensor movido por electricidad. Motores eléctricos más limpios, rápidos y silenciosos sustituyeron al vapor y al hidráulico, en la misma época en que la electricidad empezaba a transformarlo todo —una historia que contamos en la guerra de las corrientes entre Edison y Tesla—. El ascensor dejó de ser una curiosidad para volverse infraestructura.

El invento que puso las ciudades de cabeza

Aquí está la parte que casi nadie asocia con un ascensor: sin él, no habría rascacielos. Antes, la altura de un edificio la fijaban las piernas de sus inquilinos. Nadie quería alquilar un quinto piso al que había que subir a pie, así que los edificios rara vez pasaban de seis o siete plantas. El ascensor rompió ese límite y permitió que las ciudades, sin espacio para crecer a lo ancho, crecieran hacia arriba.

El cambio fue tan profundo que invirtió el valor de los inmuebles. Durante siglos, el piso más caro y codiciado había sido el bajo, el que no obligaba a subir escaleras; los sirvientes y los inquilinos pobres vivían arriba, bajo el tejado. Con el ascensor, la lógica se dio la vuelta: el último piso, con sus vistas y su tranquilidad, se convirtió en el penthouse, lo más caro del edificio. Un simple botón reordenó la jerarquía social de la vivienda.

La máquina que casi no notamos

Hoy el ascensor es probablemente la máquina en la que más confiamos sin pensarlo. Subimos a una caja colgada de un cable, apretamos un número y ni se nos ocurre imaginar la caída, precisamente porque el freno que inventó Otis sigue ahí, plegado, esperando una rotura que casi nunca llega. Estadísticamente, es uno de los medios de transporte más seguros que existen.

Como tantos objetos cotidianos, el ascensor esconde una historia de siglos y un giro inesperado —en este caso, un truco de feria—. Si te gusta esta arqueología de lo que usamos todos los días, sigue con la máquina de escribir y su guerra contra la mala caligrafía o con la historia del mouse, otro botón que cambió el mundo sin que nos diéramos cuenta.

Referencias

  1. «Elisha Otis», Encyclopædia Britannica. britannica.com
  2. «Who Invented the Elevator?», HISTORY. history.com
  3. «Elisha Otis History», Otis Worldwide. otis.com
  4. «The Electric Elevator», Engineering and Technology History Wiki (ETHW). ethw.org

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