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Historia·Curiosidades históricas··4 min de lectura

Tulipomanía: cuando una flor se convirtió en burbuja financiera

En la Holanda de 1637, un solo bulbo de tulipán llegó a valer más que una casa en Ámsterdam. La historia de la primera gran burbuja financiera.

Por Edgar Landívar

Tulipomanía: cuando una flor se convirtió en burbuja financiera

En el invierno de 1637, en Holanda, un solo bulbo de tulipán —una cosa parecida a una cebolla, enterrada y sin flor a la vista— llegó a cotizarse en más de lo que costaba una buena casa junto a un canal de Ámsterdam. Un artesano calificado ganaba unos trescientos florines al año; por un bulbo de la variedad Semper Augustus se llegaron a pedir diez mil. La tulipomanía entró a los diccionarios como sinónimo de locura financiera colectiva, y cada vez que algo sube de precio sin explicación —acciones puntocom, criptomonedas, lo que toque esta década— alguien la saca del cajón. Pero la historia real es más rara, y más interesante, que la fábula.

De Estambul a Ámsterdam

El tulipán no es holandés: llegó a Europa desde el Imperio Otomano a mediados del siglo XVI, donde era la flor de los sultanes. Hasta el nombre lo delata: viene del turco tülbend —turbante—, por la forma de la flor. El botánico Carolus Clusius lo plantó en el jardín de la Universidad de Leiden hacia 1593, con tan buena fortuna que los primeros tulipanes comerciales de Holanda fueron, literalmente, robados de su jardín una noche.

En la Holanda del Siglo de Oro —recién enriquecida por el comercio mundial, llena de mercaderes con dinero fresco y ganas de mostrarlo— el tulipán se convirtió en el símbolo de estatus perfecto: bello, exótico, escaso y difícil de cultivar. Una sociedad entera entregada al exceso no era novedad en la historia, los sibaritas ya habían patentado el género, pero los holandeses le agregaron algo nuevo: ingeniería financiera.

La flor enferma que valía oro

Aquí viene la primera ironía. Los tulipanes más codiciados eran los «quebrados» (broken tulips): los de pétalos veteados con llamas de color sobre fondo blanco o amarillo, como el legendario Semper Augustus, rojo y blanco, del que se decía que existían apenas una docena de bulbos. Lo que nadie sabía entonces es que esas llamas espectaculares eran el síntoma de un virus —el virus del mosaico del tulipán, transmitido por pulgones— que de paso debilitaba el bulbo y lo hacía multiplicarse más lento. Es decir: Holanda enloqueció por una enfermedad. La flor más cara del mundo valía tanto, precisamente, porque estaba enferma.

El comercio del viento

El bulbo de tulipán pasa la mayor parte del año bajo tierra, y ahí está la segunda rareza: casi nadie compraba flores; se compraban promesas. Los contratos se firmaban en invierno por bulbos que se desenterrarían meses después, y esos papeles empezaron a revenderse de mano en mano, cada vez más caros, sin que el bulbo se moviera de su hueco. Los holandeses le pusieron un nombre perfecto: windhandel, «el comercio del viento». Todo esto no pasaba en la bolsa de Ámsterdam, sino en las tabernas, entre cerveza y tabaco, en subastas informales llamadas «colegios».

Un panfleto de la época calculó lo que valía un solo bulbo de la variedad Virrey: dos carretadas de trigo, cuatro de centeno, cuatro bueyes gordos, ocho cerdos, doce ovejas, dos barricas de vino, cuatro toneles de cerveza, dos de mantequilla, mil libras de queso, una cama completa, un traje y una copa de plata. Todo junto, por una cebolla con pedigrí.

El martes que se acabó la música

El 3 de febrero de 1637, en una subasta en Haarlem —una ciudad que por esos días, detalle macabro, estaba azotada por la peste—, los bulbos no encontraron compradores. Por primera vez en meses, nadie ofreció más. La noticia corrió de taberna en taberna, y en cuestión de días el castillo de promesas se desplomó: precios un noventa por ciento abajo, contratos que nadie pensaba honrar, compradores desaparecidos. Al final, las autoridades cortaron por lo sano: permitieron anular los contratos pagando una multa de alrededor del tres y medio por ciento. El comercio del viento se liquidó con viento.

La otra burbuja: la del cuento

Y aquí la tercera ironía, la mejor. Las historias que todos conocemos —familias arruinadas en masa, suicidios en los canales, el marinero que se comió por error un bulbo carísimo creyendo que era una cebolla, la economía holandesa destruida— provienen casi todas de panfletos moralistas de la época, escritos para escarmentar a los codiciosos, y fueron amplificadas dos siglos después por el escocés Charles Mackay en su famosísimo libro sobre los delirios de las multitudes (1841). La investigación moderna en los archivos holandeses encontró otra cosa: el comercio de tulipanes involucró a un círculo más bien pequeño de mercaderes acomodados, las quiebras documentadas fueron pocas y la economía holandesa siguió tan campante — los años siguientes fueron de los más prósperos del siglo.

La tulipomanía existió, los precios fueron reales y la caída también. Pero la catástrofe nacional fue, en buena parte, una segunda burbuja: la del relato, que se siguió revendiendo —cada vez más inflado, como los bulbos— durante casi cuatrocientos años. En este blog ya hemos visto el patrón con otras historias demasiado buenas para verificarlas: cuanto mejor es el cuento, más conviene revisar las fuentes.

Posdata para cerrar el círculo: el Semper Augustus, la flor más cara de la historia, ya no existe. El mismo virus que pintaba sus llamas terminó por extinguir la variedad. La burbuja por la que Holanda perdió la cabeza era, literalmente, insostenible — hasta para la propia flor.

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