El médico que brindó con bacterias y ganó un Nobel
Nadie le creía que una bacteria causaba las úlceras. Harto, Barry Marshall se bebió un cultivo, se enfermó a propósito y cambió la medicina.

En 1984, un médico australiano de 32 años entró a su laboratorio, preparó un caldo turbio con miles de millones de bacterias sacadas del estómago de un paciente enfermo, y se lo bebió de un trago. No fue un accidente ni un acto de locura: fue, posiblemente, el experimento más terco y elegante de la medicina moderna. Se llamaba Barry Marshall, estaba furioso porque nadie le creía, y veintiún años después ese vaso de bacterias lo llevó a Estocolmo a recibir el premio Nobel.
El dogma que todos repetían
Hay que entender contra qué peleaba. En los años 80, «todo el mundo sabía» que las úlceras de estómago las causaban el estrés, la comida picante y el exceso de ácido. Era una de las certezas más sólidas de la medicina: el estómago, con su acidez brutal, era un ambiente estéril donde ninguna bacteria podía sobrevivir. Los tratamientos calmaban el ácido temporalmente, la úlcera volvía, y un negocio farmacéutico de miles de millones de dólares vivía cómodamente de esa recaída perpetua. El paciente nunca se curaba del todo, pero el modelo funcionaba — para todos menos para el paciente.
Las bacterias que no debían existir
Marshall, un médico joven, se cruzó con un patólogo mayor y meticuloso, Robin Warren, que llevaba tiempo viendo algo imposible bajo el microscopio: bacterias con forma de espiral viviendo tan campantes en el estómago de pacientes con gastritis y úlceras. El organismo —que hoy llamamos Helicobacter pylori— no solo sobrevivía a la acidez: parecía causar el daño. Juntos formularon una hipótesis herética: las úlceras son una infección, y se curan con antibióticos.
La reacción del establecimiento médico fue el desprecio. Los trabajos de Marshall y Warren fueron rechazados, ridiculizados en congresos, tratados como ocurrencias de provincianos —trabajaban en Perth, en la otra punta del mundo académico—. El problema, además, era real: por ética no podían infectar a propósito a una persona sana para probar la causalidad, y en los animales la bacteria no prendía. La hipótesis estaba atascada por falta de una cobaya.
«Yo soy la cobaya»
Aquí Marshall tomó la decisión que lo hizo leyenda. Si no podía infectar a nadie, se infectaría a sí mismo. Se hizo primero una endoscopia para probar que su estómago estaba sano, y entonces se bebió el cultivo de H. pylori. A los pocos días empezó el calvario: náuseas, vómitos, mal aliento, agotamiento. La endoscopia de control lo confirmó: su estómago sano se había llenado de inflamación y de las mismas bacterias, en cuestión de días. Había demostrado en su propio cuerpo, sin posibilidad de discusión, que el microbio causaba la enfermedad. Luego se curó con antibióticos — cerrando el experimento con la prueba final: si los antibióticos lo curaban a él, curaban la causa.
Cuenta la anécdota que ni siquiera le avisó a su esposa antes de bebérselo; se enteró cuando él llegó a casa enfermo. La ciencia heroica rara vez es considerada con la familia.
De hereje a laureado
La evidencia era tan brutal que el dogma empezó a ceder, aunque le tomó años a la medicina tragarse el orgullo. Hoy las úlceras se curan en una o dos semanas con antibióticos — una enfermedad crónica y rentable convertida en algo que se resuelve y no vuelve. En 2005, Barry Marshall y Robin Warren recibieron el Premio Nobel de Medicina por haber demostrado que un microbio, y no el estrés, estaba detrás de una de las dolencias más comunes de la humanidad.
Marshall pertenece a una estirpe que en este blog admiramos: la de los obsesivos que cambian el mundo desde los márgenes, sin permiso y contra la corriente. Su lección no es que uno deba beberse bacterias —por favor, no lo haga—, sino algo más incómodo: que las certezas más unánimes de cada época suelen ser, justamente, las menos examinadas. A veces hace falta un terco en Perth, dispuesto a usar su propio estómago como argumento, para que la verdad se abra paso. La próxima vez que «todo el mundo sepa» algo, acuérdese del vaso de Marshall.
Categorías
También te puede interesar

El origen de la palabra «petricor»
El olor a lluvia tiene nombre desde 1964: petricor, «la sangre de los dioses que brota de las piedras». Esta es su historia y su ciencia.

Por qué creo que pronto habrá un apagón de internet
Hay algo que se está volviendo más frecuente en las últimas semanas y son los ataques de hackers

¿Podrá un computador cuántico decodificar todas nuestras contraseñas?
La criptografía es una técnica que se utiliza para proteger la información y mantenerla segura frente a posibles