Cuando el plomo estaba en la gasolina y casi todo
Durante siglos el plomo estuvo en el vino, la pintura, la gasolina y hasta el maquillaje. La historia del metal tóxico que tardamos milenios en soltar.

Hoy tratamos al plomo como lo que es: un veneno. Lo sacamos de la pintura, de las cañerías y de la gasolina, y medimos con alarma cada microgramo que aparece en la sangre de un niño. Pero durante casi toda la historia humana ocurrió lo contrario: el plomo estuvo en todas partes precisamente porque era barato, blando, fácil de fundir y sorprendentemente útil. Estuvo en el vino, en el maquillaje, en los platos, en las tuberías y, ya en el siglo XX, dentro del tanque de casi todos los autos del planeta. Esta es la historia de cómo un metal tóxico se metió en casi todo lo que tocábamos, y de lo mucho que costó sacarlo.
El metal favorito de Roma
El romance con el plomo es antiquísimo. Los romanos lo adoraban: era fácil de moldear y no se oxidaba como el hierro, así que lo usaban para casi todo. Fabricaban con él las tuberías que llevaban agua a las ciudades —de ahí viene la palabra «plomería», del latín plumbum, plomo— y hasta la vajilla y las copas.
Lo peor no era el agua. Los romanos endulzaban el vino y conservaban la fruta con un jarabe llamado sapa o defrutum, que preparaban hirviendo mosto de uva en ollas de plomo. Al hervir, el metal formaba acetato de plomo, un compuesto de sabor dulce que hoy conocemos como «azúcar de plomo». En la práctica, la élite romana se envenenaba lentamente con cada copa. Los médicos de la Antigüedad ya describían los síntomas del saturnismo —el nombre clásico de la intoxicación por plomo— sin entender del todo su causa.
La cara blanca de la muerte
El plomo también entró en la cara de la gente, literalmente. Desde Grecia y Roma hasta la Europa del Renacimiento, un pigmento blanco llamado albayalde o «blanco de plomo» (ceruse) fue el maquillaje de moda para lograr una piel pálida e impecable. Reinas, cortesanas y actores se cubrían el rostro con él sin saber que se estaban intoxicando: el albayalde reseca y arruina la piel, lo que empujaba a aplicar aún más capas para disimular el daño, en un círculo vicioso venenoso.
Ese mismo pigmento tenía otra virtud comercial: cubría de maravilla. El blanco de plomo se convirtió en la base de la pintura durante siglos, apreciado por su opacidad, su durabilidad y su brillo. Estuvo en las paredes de las casas, en los juguetes y en las cunas. Su uso llegó al máximo hacia 1922, justo cuando la ciencia empezaba a comprender el daño que causaba, sobre todo en los niños que respiraban su polvo o mordían las paredes. Estados Unidos no prohibió la pintura con plomo en viviendas hasta 1977; buena parte de Europa esperó hasta 1992. Es la misma lógica de otras modas peligrosas de la época, como aquella en que nos lavábamos los dientes con pasta radioactiva: primero el producto, mucho después la advertencia.
El químico que metió plomo en la gasolina
El capítulo más asombroso llegó con el automóvil. En diciembre de 1921, un ingeniero de General Motors llamado Thomas Midgley Jr., bajo la dirección de Charles Kettering, descubrió que añadir plomo tetraetilo (TEL) a la gasolina eliminaba el molesto «cascabeleo» del motor y permitía fabricar autos más potentes. Era una solución elegante a un problema real de ingeniería.
El problema es que era plomo, y todos lo sabían. Tanto, que la empresa decidió venderlo bajo el nombre comercial de «Ethyl», evitando cuidadosamente la palabra «plomo» en los anuncios y los informes. La fábrica no tardó en cobrarse vidas: en 1924, en la planta de la Standard Oil en Bayway (Nueva Jersey), varios obreros enloquecieron y murieron entre alucinaciones tras respirar los vapores; a ese edificio lo apodaron «la casa de las mariposas» por los delirios de los trabajadores. Hubo muertos también en las plantas de Dayton y de DuPont en Deepwater. El propio Midgley sufrió intoxicación por plomo y, en una rueda de prensa, se lavó las manos con TEL y aspiró sus vapores para «demostrar» que era seguro.
En 1925, el Servicio de Salud Pública de EE. UU. convocó una conferencia para decidir el asunto. Se suspendió la venta durante un año mientras se estudiaba, pero el comité concluyó que no había pruebas suficientes para prohibirlo. La gasolina con plomo siguió su marcha triunfal y, en pocas décadas, llenó el aire del mundo entero con un veneno neurotóxico. Midgley, por cierto, tiene un récord siniestro: años después inventaría también los CFC, los gases que agujerearían la capa de ozono. Pocos seres humanos han alterado tanto la atmósfera del planeta.
El hombre que midió el veneno del aire
Sacar el plomo de la gasolina costó medio siglo y el empeño de un científico obstinado. En los años cincuenta, el geoquímico estadounidense Clair Patterson intentaba calcular la edad de la Tierra midiendo isótopos de plomo en meteoritos. Para lograrlo tuvo que inventar las primeras «salas limpias» de la historia, porque el plomo contaminaba todas sus muestras. De paso, logró la cifra que hoy damos por buena: la Tierra tiene unos 4.550 millones de años.
Pero aquella contaminación omnipresente lo intrigó. Analizando capas de hielo de Groenlandia y la Antártida —una especie de archivo congelado de la atmósfera—, Patterson demostró que los niveles de plomo en el aire se habían disparado justo después de introducir el TEL, hasta alcanzar cerca de cien veces el nivel natural. El plomo del planeta no era antiguo: lo habíamos puesto nosotros, en una sola generación. Como en la historia del litio, ese otro metal que cambió de oficio varias veces, aquí un elemento pasó de promesa industrial a problema global.
Patterson dedicó el resto de su vida a una cruzada solitaria contra la industria del plomo, que lo atacó y trató de silenciarlo. Ganó. A partir de los años setenta, Estados Unidos empezó a retirar el TEL; la venta de gasolina con plomo para autos de calle terminó por completo el 1 de enero de 1996. Japón lo prohibió antes que nadie, en 1986; el último país del mundo en abandonarlo fue Argelia, en 2021. Un siglo después de Midgley, el planeta por fin dejó de quemar plomo.
La factura invisible
¿Valió la pena tanta demora? Los números son escalofriantes. El plomo es un neurotóxico: daña el cerebro en desarrollo, reduce el coeficiente intelectual y afecta el control de los impulsos. Estudios recientes calculan que la exposición al plomo restó cientos de millones de puntos de coeficiente intelectual a la humanidad y contribuyó a millones de muertes cardiovasculares. Existe incluso la «hipótesis del plomo y el crimen», que relaciona la subida y bajada de la violencia en muchos países con la subida y bajada del plomo en la gasolina, con un desfase de unos veinte años: la generación que creció respirándolo.
Es una lección que se repite en la historia de la ciencia, como con tantos remedios que parecían milagrosos: una sustancia se adopta por su utilidad inmediata y su daño solo se entiende, y se paga, mucho tiempo después. El plomo estuvo en el vino de Roma, en la cara de las reinas, en las paredes de las casas y en el aire de todo el siglo XX. Nos costó milenios entender que aquello tan útil nos estaba envenenando, y apenas unas décadas —y unos cuantos científicos tercos— para empezar, por fin, a soltarlo.
Referencias
- «Tetraethyllead», Wikipedia. en.wikipedia.org
- «Thomas Midgley Jr.», Wikipedia. en.wikipedia.org
- «Clair Patterson», Wikipedia. en.wikipedia.org
- «How the world eliminated lead from gasoline», Our World in Data. ourworldindata.org
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