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Historia·Curiosidades históricas··3 min de lectura

La maldición de Tutankamón: los números no cuadran

De los presentes en la apertura de la tumba en 1922, la gran mayoría vivió décadas. La maldición del faraón fue real — pero la inventó la prensa.

Por Edgar Landívar

La maldición de Tutankamón: los números no cuadran

La historia la conocemos todos: en noviembre de 1922, Howard Carter abrió la tumba de Tutankamón, la más intacta jamás encontrada de un faraón, y a partir de ese momento una maldición milenaria fue cobrándose, una a una, las vidas de los profanadores. Es una de las historias más contadas del siglo XX. Tiene momias, oro, muertes misteriosas y justicia poética. Solo le falla un detalle, el mismo que le falló a la tulipomanía: cuando uno va a los registros y cuenta, los números no cuadran.

El muerto que encendió la leyenda

La maldición tuvo un padrino involuntario: Lord Carnarvon, el aristócrata que financiaba la excavación, murió en El Cairo en abril de 1923 — cinco meses después de la apertura. La causa fue tan poco sobrenatural como dolorosa: se cortó al afeitarse una picadura de mosquito infectada, vino la septicemia y luego una neumonía. Pero el contexto era perfecto para otra cosa. Los diarios contaron que a la hora de su muerte se apagaron las luces de El Cairo (los apagones eran rutina en la ciudad) y que en Inglaterra su perra aulló y cayó muerta (lo contó la familia; nadie pudo verificarlo jamás). Arthur Conan Doyle —sí, el creador del racionalísimo Sherlock Holmes, que en sus últimos años creía en hadas y espíritus— declaró a la prensa que «elementales» protectores del faraón podían ser responsables. El combo era irresistible.

Una exclusiva, muchos despechados

Aquí viene la parte que explica todo. Carnarvon había vendido la exclusiva mundial de la tumba al Times de Londres. Todos los demás periódicos del planeta, incluidos los egipcios, quedaron afuera del descubrimiento del siglo... y necesitaban algo que vender. La maldición fue la respuesta perfecta: no requería acceso a la tumba, no se podía desmentir y vendía muchísimo. Pronto circuló la supuesta inscripción «la muerte llegará con alas veloces a quien perturbe la paz del rey» — una frase que suena magnífica y que no existe en ninguna pared de la tumba: nadie la ha encontrado jamás, porque fue un invento periodístico. Desde entonces, cada vez que moría cualquier persona remotamente conectada con Egipto, la prensa sumaba una víctima a la cuenta del faraón.

Contemos, entonces

Décadas más tarde, un investigador hizo lo que nadie había hecho con seriedad: agarrar la lista de los presentes y revisar cuánto vivieron. Un estudio publicado en el British Medical Journal siguió a los occidentales que estuvieron en los momentos «malditos» —la apertura de la tumba, del sarcófago, el examen de la momia— y los comparó con los que estaban en Egipto sin esa exposición. Resultado: ninguna diferencia significativa de supervivencia. De las casi sesenta personas presentes en las aperturas, solo ocho murieron en la docena de años siguiente — mortalidad perfectamente normal para adultos de esa época.

Los casos individuales son aún más elocuentes. Howard Carter, el hombre que más horas pasó dentro de la tumba, el profanador en jefe, vivió diecisiete años más y murió en Londres de un linfoma, a los 64, en la tranquilidad de su cama. Lady Evelyn Herbert, hija de Carnarvon y una de las primeras personas en entrar, murió en 1980, casi sesenta años después. El sargento que custodió la cámara funeraria durante años murió en 1982. La maldición, curiosamente, perdonó a todos los que más la provocaron y se ensañó con un financista de salud frágil que ya había sufrido un accidente automovilístico casi fatal años antes.

La maldición que sí existió

¿Significa que no hubo maldición? Al contrario: hubo una, y funcionó espléndidamente — solo que no era egipcia sino tipográfica. La inventó la prensa despechada de 1923, la amplificó el espiritismo de posguerra (Europa acababa de perder una generación entera y necesitaba creer que los muertos hablaban), y la consolidó Hollywood con cada película de momias vengativas. Cien años después sigue cobrando víctimas: cada lector que la repite sin contar los muertos. Es el mismo mecanismo que ya vimos con el supuesto pánico de la Guerra de los Mundos: cuando una historia es lo bastante buena, los hechos le quedan debiendo. Tutankamón, pobre, no maldijo a nadie — era un muchacho de diecinueve años con la tumba más pequeña del Valle de los Reyes. Su verdadera venganza fue otra: ser el faraón menos importante de su dinastía y, gracias a la leyenda, terminar siendo el más famoso de todos.

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