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Curiosidades·Historia·Ciencia y Tecnología··5 min de lectura

El Quinto Sueño: cuando dormíamos en dos tandas

Durante siglos no dormimos ocho horas de un tirón, sino en dos sueños con una vigilia en medio. La historia del sueño segmentado, de Cervantes a la ciencia.

Por Edgar Landívar

El Quinto Sueño: cuando dormíamos en dos tandas

Mi abuela tenía una forma exacta de decir que alguien dormía como un tronco: «está en el quinto sueño». No el primero ni el segundo: el quinto, allá en el fondo, donde ya no llegan ni los ruidos ni las preocupaciones. De niño me imaginaba que el sueño tenía pisos, como un edificio, y que el quinto era el sótano más hondo, el cuarto al que uno baja cuando de verdad se entrega.

Años después averigüé dos cosas. La primera, algo decepcionante: ese «quinto» no cuenta sueños. Es el mismo «quinto» de «vive en el quinto pino» o «se fue al quinto infierno», un numeral exagerado que en español no enumera nada: solo significa «lejísimos», «en el extremo», «en lo más hondo». Mi abuela no describía una quinta fase del sueño; decía, con la elegancia del refranero, que aquel dormía en lo más profundo que se puede dormir.

La segunda cosa que descubrí, en cambio, me dejó pensando. Porque resulta que hubo un tiempo en que los sueños sí se contaban. No cinco. Dos.

Cuando la noche tenía dos mitades

Durante la mayor parte de la historia de Occidente, la gente no durmió ocho horas de un tirón. Dormía en dos tandas. Se acostaba al caer la noche, dormía unas cuatro horas —lo que llamaban el «primer sueño»— y entonces despertaba. No por insomnio ni por angustia: despertaba porque así era. Pasaba una hora, a veces dos, en una vigilia tranquila en plena madrugada, y luego volvía a acostarse para el «segundo sueño», hasta el amanecer.

El historiador Roger Ekirch reconstruyó esta costumbre olvidada rastreando más de quinientas referencias en diarios, expedientes judiciales, manuales de medicina, oraciones y poemas, desde la Odisea hasta el siglo XVII. La conclusión era inequívoca: el sueño partido en dos no era una rareza ni una dolencia. Era, sencillamente, como dormía el mundo.

La hora robada al centro de la noche

¿Y qué hacía la gente en esa hora arrancada a la mitad de la noche? De todo. Rezaba; existían manuales con oraciones escritas para ese preciso momento de vigilia. Conversaba en la cama con quien tuviera al lado. Atendía el fuego, echaba un vistazo a los animales, visitaba al vecino. Reflexionaba sobre lo que acababa de soñar en el primer sueño, todavía fresco. Y hacía el amor: un manual médico francés del siglo XVI recomendaba a las parejas que el mejor momento para concebir no era al meterse en cama, agotados por la jornada, sino después del primer sueño, descansados, cuando «lo hacen con más gusto y les sale mejor». La hora intermedia tenía su propia vida, sus propios usos, su propia intimidad.

Don Quijote dormía el primer sueño

Y aquí viene lo que más me gustó descubrir, porque estaba escondido en un libro que todos creemos conocer. En la segunda parte del Quijote, Cervantes describe una de esas noches con total naturalidad:

Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana.

Ahí está, redondo: don Quijote duerme el primer sueño y despierta, como cualquier hombre de su época; Sancho, en cambio, dormilón de una sola pieza, se salta el despertar y enlaza hasta el alba. Cervantes lo cuenta como quien menciona algo evidente, porque para sus lectores de 1615 lo era. Curiosamente, Ekirch reunió decenas de testimonios ingleses y se le escapó este, que es de los más claros y, además, de los nuestros.

Cómo perdimos el segundo sueño

¿Por qué dejamos de dormir así? Por la luz. Mientras la noche fue oscura y cara de iluminar, acostarse temprano y partir el sueño en dos era lo natural. Pero llegaron el alumbrado de gas, los cafés que abrían hasta tarde, la vida nocturna de las ciudades y, sobre todo, la Revolución Industrial con sus horarios de fábrica. La noche se acortó, la vigilia del medio empezó a verse como tiempo perdido, y el primer sueño se fue comiendo al segundo. Las menciones a los «dos sueños» se desvanecen desde el siglo XVII, y hacia los años veinte del siglo pasado la costumbre se había borrado por completo de la memoria. Nacimos creyendo que ocho horas seguidas eran la única manera natural de dormir. No lo son: son, apenas, la manera moderna.

El cuerpo no lo ha olvidado

Lo más hermoso es que el cuerpo no lo ha olvidado del todo. En los años noventa, el psiquiatra Thomas Wehr hizo un experimento en los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos: sometió a un grupo de voluntarios a catorce horas de oscuridad cada noche, como en un invierno largo y sin electricidad. Al cabo de unas semanas, sin que nadie se lo pidiera, su sueño se partió solo en dos tandas, con una o dos horas de vigilia serena en medio, exactamente el patrón que describían los textos antiguos. El sueño en dos tiempos no era un capricho cultural: estaba dormido dentro de nosotros, esperando a que apagáramos la luz el tiempo suficiente.

Así que la próxima vez que despierte a las tres de la mañana y se angustie creyendo que tiene insomnio, considere otra posibilidad: que no le pasa nada, que simplemente terminó su primer sueño y su cuerpo, fiel a una costumbre de siglos, le ha abierto una pequeña ventana de quietud en mitad de la noche. No encienda el teléfono. Quédese ahí, en esa vigilia mansa que durante milenios fue de los pensamientos, de las oraciones y del amor. Y cuando vuelva a dormirse, para el segundo sueño, hágalo tranquilo.

Que llegue, esta vez sí, hasta el quinto.

Referencias

  1. Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., entradas «pino» y «infierno» (locuciones «el quinto pino» y «el quinto infierno»: ‘lugar muy distante o lejano’). dle.rae.es
  2. A. Roger Ekirch, «Sleep We Have Lost: Pre-industrial Slumber in the British Isles», The American Historical Review, vol. 106, n.º 2, 2001, pp. 343-386. DOI: 10.1086/ahr/106.2.343. doi.org
  3. A. Roger Ekirch, At Day’s Close: Night in Times Past, Nueva York, W. W. Norton, 2005.
  4. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, cap. LXVIII, 1615.
  5. Thomas A. Wehr, «In short photoperiods, human sleep is biphasic», Journal of Sleep Research, vol. 1, n.º 2, 1992, pp. 103-107. DOI: 10.1111/j.1365-2869.1992.tb00019.x. doi.org
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