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Curiosidades·Historia·Salud··4 min de lectura

El síndrome de Estocolmo nació para callar a una rehén

El famoso síndrome no salió de un estudio: lo acuñó el psiquiatra de la policía para desacreditar a una rehén que lo criticó. Y no figura en el DSM.

Por Edgar Landívar

El síndrome de Estocolmo nació para callar a una rehén

Todo el mundo sabe qué es el síndrome de Estocolmo: ese fenómeno por el cual los rehenes se enamoran psicológicamente de sus captores. Aparece en películas, en canciones, en discusiones de sobremesa y en diagnósticos de aficionado sobre cualquier relación tóxica. Lo que casi nadie sabe es lo que vamos a contar aquí: que el famoso síndrome no nació de ningún estudio científico, que no figura en los manuales de diagnóstico psiquiátrico, y que fue acuñado por un experto al que la rehén más famosa del caso acababa de criticar en público. Esta es la historia del diagnóstico más exitoso jamás inventado para no darle la razón a una mujer.

Seis días en una bóveda

Estocolmo, 23 de agosto de 1973. Jan-Erik Olsson, un convicto en libertad condicional, entró con una metralleta al banco Kreditbanken de la plaza Norrmalmstorg y tomó cuatro rehenes — tres mujeres y un hombre. Exigió que trajeran de la cárcel a su antiguo compañero Clark Olofsson, y la policía aceptó. Durante seis días, captores y rehenes convivieron en una bóveda del banco, mientras afuera se montaba el primer gran espectáculo mediático de la historia sueca: cámaras en vivo, francotiradores, y una policía improvisando sobre la marcha — taladros en el techo, amenazas de gas, planes que cambiaban por hora.

Dentro de la bóveda pasó algo que escandalizó a Suecia: los rehenes empezaron a confiar más en los asaltantes que en sus rescatadores. Y la voz de ese escándalo fue Kristin Enmark, una empleada de 23 años que hizo algo extraordinario: telefoneó en plena crisis al primer ministro Olof Palme y le exigió que dejara salir a los rehenes con los captores, en quienes —dijo— confiaba plenamente. A Palme le soltó una frase que merece bronce: «Estás ahí sentado jugando a las damas con nuestras vidas». Cuando el 28 de agosto la policía finalmente entró con gas, los rehenes salieron por su propio pie y ninguno había sufrido daño físico de manos de los captores.

El diagnóstico del aludido

Y aquí viene el pliegue que cambia toda la historia. El asesor psiquiátrico de la policía durante el asedio era el criminólogo Nils Bejerot, corresponsable de las tácticas que Enmark había despedazado por teléfono y por radio. Cuando los periodistas le preguntaron cómo explicaba que los rehenes defendieran a sus captores y desconfiaran de la policía, Bejerot tenía dos opciones: considerar que la crítica era razonable, o considerar que la crítica era un síntoma. Eligió lo segundo: bautizó el comportamiento como «síndrome de Norrmalmstorg» —pronto rebautizado síndrome de Estocolmo— sin haber entrevistado jamás a Kristin Enmark. La mujer que lo había criticado quedó convertida, por definición, en una enferma incapaz de juzgar su propia experiencia. No se puede perder un debate contra alguien cuyo desacuerdo acabas de clasificar como patología.

¿Y era irracional la desconfianza de Enmark? Los hechos sugieren lo contrario: dentro de la bóveda, las amenazas concretas a su vida venían del exterior — si la policía gaseaba o asaltaba, los rehenes estaban en la línea de fuego. Confiar en el captor que la trataba con calculada amabilidad y desconfiar de un operativo caótico no era un delirio: era una lectura bastante lúcida del tablero. Ella misma lo ha repetido durante décadas, con cansancio creciente: no estaba enamorada de nadie; estaba tratando de sobrevivir.

El síndrome que no está en los manuales

El término despegó al año siguiente, cuando la heredera Patty Hearst, secuestrada y luego convertida en asaltante de bancos, le dio su caso más mediático. Pero medio siglo después, el saldo científico es incómodo: el síndrome de Estocolmo no figura en el DSM —el manual diagnóstico de la psiquiatría— ni en su equivalente europeo, los datos del FBI sugieren que la inmensa mayoría de los rehenes no desarrolla ningún vínculo con sus captores, y buena parte de la literatura moderna lo trata menos como un trastorno que como lo que describió Enmark: una estrategia de supervivencia perfectamente comprensible. Como vimos con «narcisista» y el mito de Narciso, las etiquetas psicológicas viajan mejor que sus letras chicas: el mundo adoptó el diagnóstico y olvidó preguntarse quién lo había emitido, y por qué.

La moraleja tiene más filo que la anécdota: cuando una explicación nos permite no escuchar a alguien, conviene revisar quién la fabricó. El «síndrome» más famoso de la cultura popular nació exactamente así — no en un laboratorio, sino en la rueda de prensa de un experto incómodo. Kristin Enmark, por su parte, lleva cincuenta años repitiendo su versión, que cabe en una línea y no necesita diagnóstico: la policía estuvo a punto de matarla, y ella se dio cuenta. A veces la explicación más loca es que la rehén tenía razón.

Referencias

  1. David King, Six Days in August: The Story of Stockholm Syndrome, W. W. Norton & Company, Nueva York, 2020. wwnorton.com
  2. Cecilia Åse, «Crisis Narratives and Masculinist Protection: Gendering the Original Stockholm Syndrome», International Feminist Journal of Politics, vol. 17, n.º 4, 2015, pp. 595–610. DOI: 10.1080/14616742.2015.1042296 doi.org
  3. Nathalie de Fabrique, Stephen J. Romano, Gregory M. Vecchi y Vincent B. Van Hasselt, «Understanding Stockholm Syndrome», FBI Law Enforcement Bulletin, vol. 76, n.º 7, julio de 2007, pp. 10–15. ojp.gov
  4. M. Namnyak, N. Tufton, R. Szekely, M. Toal, S. Worboys y E. L. Sampson, «'Stockholm syndrome': psychiatric diagnosis or urban myth?», Acta Psychiatrica Scandinavica, vol. 117, n.º 1, 2008, pp. 4–11. DOI: 10.1111/j.1600-0447.2007.01112.x doi.org
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