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Etimología·Curiosidades·Historia··4 min de lectura

Serendipia: la palabra que nació en una carta de 1754

Pocas palabras tienen partida de nacimiento exacta. Serendipia nació el 28 de enero de 1754, en una carta — y su raíz es el nombre de Sri Lanka.

Por Edgar Landívar

Serendipia: la palabra que nació en una carta de 1754

Las palabras, por regla general, no tienen partida de nacimiento: se cocinan durante siglos en bocas anónimas y cuando alguien las escribe ya llevan generaciones rodando. Por eso serendipia es una rareza de coleccionista: sabemos el día exacto en que nació —el 28 de enero de 1754—, sabemos quién la inventó, en qué documento, y hasta de qué humor estaba el autor. Es la palabra que usamos para los hallazgos felices que no estábamos buscando, y su propia historia es, apropiadamente, una cadena de casualidades: un conde ocioso, un cuento persa y el nombre antiguo de Sri Lanka.

Un conde con demasiado tiempo libre

Horace Walpole era hijo del primer ministro británico, dueño de un castillito gótico de capricho y autor de la primera novela de terror de la historia. Pero su gran obra fue su correspondencia: miles de cartas deliciosas que escribió durante décadas a sus amigos. En una de ellas, dirigida a su amigo Horace Mann, diplomático en Florencia, Walpole le contaba —encantado consigo mismo— un pequeño descubrimiento que acababa de hacer por pura chiripa investigando un escudo de armas. Y como el inglés no tenía palabra para ese tipo de hallazgo, fabricó una en el acto: serendipity, explicando que la tomaba de un cuento de hadas que había leído, «Los tres príncipes de Serendip», cuyos protagonistas «siempre andaban descubriendo, por accidente y por sagacidad, cosas que no estaban buscando».

Los príncipes detectives

El cuento merece su propio párrafo. Publicado en Venecia en 1557 como traducción de relatos orientales, narra el viaje de tres príncipes de Serendip — y Serendip es ni más ni menos que el nombre antiguo, persa y árabe, de Sri Lanka, derivado a su vez del sánscrito. En el episodio más famoso, los príncipes se cruzan con un mercader que ha perdido un camello, y sin haberlo visto nunca lo describen al detalle: tuerto, sin un diente, cojo, cargando mantequilla de un lado y miel del otro. Acusados de robarlo, explican sus deducciones: la hierba comida solo del lado del camino donde estaba más fea (tuerto), los bocados mal cortados (el diente), las huellas de una pata arrastrada (cojo), las hormigas a un lado del camino y las moscas al otro (mantequilla y miel). Sherlock Holmes, ciento treinta años antes de Sherlock Holmes — y de hecho Voltaire les copió el episodio para su Zadig. El detalle importa: los príncipes no eran suertudos a secas; eran observadores feroces de accidentes ajenos. Walpole eligió bien su cuento.

La palabra dormida

Lo que siguió es la segunda rareza de esta historia: la palabra no le interesó a nadie. Durmió en esa carta privada durante décadas, se usó un puñado de veces en el siglo XIX entre bibliófilos excéntricos, y solo despertó de verdad en el siglo XX, cuando los científicos —que sabían perfectamente cuántos de sus grandes descubrimientos habían llegado de costado— la adoptaron como término técnico del azar fecundo. De ahí explotó al idioma común. Al español llegó tan tarde que la RAE recién la admitió en su diccionario en 2014: una palabra con doscientos setenta años de edad que aquí es prácticamente una recién nacida. Ya conocimos en esta serie otra palabra con partida de nacimiento — petricor, inventada por dos químicos en 1964; serendipia es su tía abuela literaria.

El accidente no basta

La nómina de serendipias célebres es el argumento de la palabra: la penicilina, que llegó en un moho que arruinó el cultivo de Fleming; el horno de microondas, descubierto porque un radar le derritió la barra de chocolate a un ingeniero; los rayos X, el post-it, el velcro. Pero el matiz de Walpole —ese «por accidente y por sagacidad»— es lo que separa la serendipia de la simple suerte: a Fleming el moho le cayó a él como le pudo caer a cualquiera; lo que no era de cualquiera fue mirar el plato arruinado y ver un antibiótico. Como diría Pasteur, el azar favorece a las mentes preparadas.

Y queda la ironía final, muy de este lado del mundo: el descubrimiento accidental más grande de la historia ocurrió cuando un genovés salió a buscar las Indias y se topó con un continente entero — el nuestro. Colón protagonizó la serendipia suprema y falló en la mitad de la receta: tuvo el accidente, pero no la sagacidad, y murió convencido de haber estado en Asia. Los tres príncipes de Serendip habrían deducido la verdad con tres huellas y un par de hormigas.


¿Te gustan las historias detrás de las palabras? Sigue con el escalofriante origen de «defenestrar» y la historia detrás de la palabra «boicot», o explora toda la serie de etimología.

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